Desde el momento en que Ricardo Barreda decide cambiar la versión del robo y confesar los cuatro asesinatos se pone en el papel de víctima. Así buscó instalar una versión que todavía perdura en el imaginario social: la de un hombre maltratado y humillado que actuó por emoción violenta. ¿Fue realmente así?
La película recientemente estrenada en Amazon Prime reproduce la confesión del odontólogo que en 1992 mató a escopetazos a su esposa, sus dos hijas y su suegra en su casa de la ciudad de La Plata, con algunos pasajes que no están en el expediente. Pero otros que sí.
Mientras Barreda intentaba sostener su inocencia frente al jefe de la Comisaría Primera, apareció un dato que lo sacó de su lugar de confort: el comisario le preguntó por el curso de criminología que había realizado en el Colegio de Abogados de la capital provincial. Nunca lo puso en duda. Y el dato lo descolocó.

La escena recupera un episodio que aparece desde hace años en las reconstrucciones del caso, aunque con diferencias. Algunas versiones hablan de un curso de criminología y otras aportan un dato más preciso: pocos días antes del 15 de noviembre de 1992, Barreda había asistido a una charla de Derecho Procesal Penal en el Colegio de Abogados de La Plata.
¿Qué sabía Barreda sobre la investigación de un crimen antes de cometer la masacre? Uno de los hombres que aportó una pieza de esa historia es Juan Losinno, por entonces un joven abogado y funcionario judicial.
Según reconstruyó años después el recordado letrado que falleció en mayo de 2022, había visto a Barreda en una charla de Derecho Procesal Penal realizada en el Colegio de Abogados de La Plata y decidió comunicárselo a la Policía cuando se enteró de la masacre.
La actividad había estado a cargo del abogado Carlos Alberto Irisarri. El dato revela otra particularidad: años más tarde, Irisarri terminaría integrando la defensa de Barreda durante el juicio oral.
La película habla concretamente de un curso de criminalística. En otras reconstrucciones del caso, en cambio, aquel conocimiento aparece mencionado como un curso de criminología, mientras que el testimonio atribuido a Losinno refiere a la presencia del odontólogo en una charla sobre Derecho Procesal Penal.

No necesariamente se trata de datos incompatibles: Barreda pudo haber participado de distintas actividades. Pero tampoco existen elementos suficientes para asegurar que todas esas referencias correspondan a un mismo curso.
Lo que sí aparece repetidamente en la historia del caso es que el interés del odontólogo por cuestiones vinculadas con el delito y su investigación se convirtió en un dato relevante aquella misma noche.
Para entonces, la versión de Barreda ya despertaba sospechas. Después de los asesinatos había alterado el escenario de la casa para intentar instalar la hipótesis de un robo. Luego salió en su Ford Falcon. Descartó vainas y se desprendió de la escopeta Víctor Sarrasqueta utilizada en la masacre, que arrojó en la zona del Arroyo del Gato, camino a Punta Lara.
El resto de su recorrido de aquel domingo también se volvería célebre: pasó por el cementerio, estuvo en el zoológico, se encontró con su amante, fue con ella a un hotel alojamiento y cenó en una pizzería. Recién después regresó a su casa y llamó a la Policía.
Cuando llegaron los investigadores, encontraron asesinadas a Gladys McDonald, de 57 años; Elena Arreche, de 86; y Cecilia y Adriana Barreda, de 26 y 24 años. El odontólogo aseguró que había descubierto los cuerpos al regresar y habló de un robo.

Pero la escena presentaba inconsistencias y la mirada de los investigadores comenzó a posarse sobre él.
Barreda terminó en la Comisaría Primera, en pleno centro de la ciudad de La Plata. Allí, el comisario Ángel Petti decidió avanzar sobre sus contradicciones y utilizó también el dato que había recibido sobre su interés por cuestiones penales.
Una de las reconstrucciones más difundidas sostiene que Petti dejó durante un momento a Barreda solo y puso delante suyo un Código Penal abierto en el artículo 34, vinculado con los supuestos de inimputabilidad. El odontólogo lo leyó.
Cuando el policía regresó, puso sobre la mesa aquello que sabía sobre sus conocimientos previos. Le mencionó el curso que había realizado y también otro elemento que resultaría particularmente significativo: sabía que Barreda había probado la escopeta antes de la masacre.
La reacción del odontólogo no fue negar todo. Quiso saber quién había hablado.
Petti convirtió entonces esa curiosidad en una herramienta de interrogatorio. Le ofreció revelar la identidad de quien había aportado la información a cambio de que Barreda respondiera otra pregunta: dónde estaba la escopeta con la que había matado a su familia.
La respuesta derrumbó definitivamente el papel de víctima. Barreda indicó que la había arrojado camino a Punta Lara.
Los investigadores fueron hasta el lugar señalado y recuperaron el arma. La Víctor Sarrasqueta dejaba de ser solamente un objeto desaparecido de la casa y pasaba a convertirse en una evidencia clave de un caso que todavía sigue asombrando a todos.