Desde el regreso de la democracia en 1983, la Argentina mantuvo una constante en su política exterior: el reclamo de soberanía sobre las Islas Malvinas. Lo que cambió de manera significativa fue la estrategia utilizada para intentar avanzar sobre ese objetivo.
En poco más de cuatro décadas hubo períodos de fuerte confrontación diplomática, etapas de acercamiento con el Reino Unido, intentos de seducción hacia los isleños, acuerdos de cooperación y políticas destinadas a aumentar el costo económico de la presencia británica en el Atlántico Sur.
El gobierno de Javier Milei volvió a modificar el enfoque. Su apuesta combina un fuerte alineamiento con Estados Unidos, una relación menos confrontativa con Londres y una posición diferente respecto del papel que deberían tener los habitantes de las islas en una eventual solución. Este jueves a las 21 horas encabezará una cadena nacional sobre el tema y hay máxima expectativa por lo que pueda comunicar.
Raúl Alfonsín asumió la Presidencia en diciembre de 1983, poco después de la derrota argentina en la guerra de 1982 y del final de la última dictadura militar. Su gobierno buscó diferenciarse explícitamente del régimen que había iniciado el conflicto.
La estrategia, conducida por el canciller Dante Caputo, tuvo como eje la diplomacia multilateral. Argentina llevó el reclamo a la Organización de las Naciones Unidas (ONU), la Organización de los Estados Americanos (OEA) y el Movimiento de Países No Alineados.
La idea era presentar a la Argentina como una democracia que retomaba un reclamo histórico y pacífico frente a un Reino Unido que se negaba a negociar la soberanía.
Otro de los puntos centrales fue denunciar la militarización británica del Atlántico Sur y la construcción de la base de Mount Pleasant.
El gobierno de Alfonsín también mantuvo una posición rígida: no avanzar en una normalización de las relaciones comerciales o diplomáticas si Londres no aceptaba incluir la cuestión de la soberanía en la agenda.
El resultado fue contradictorio. Argentina consiguió un importante respaldo internacional y sucesivas resoluciones de la Asamblea General de la ONU que llamaron a ambos países a negociar. En la OEA también obtuvo un fuerte acompañamiento.
Sin embargo, esas resoluciones no eran vinculantes y el Reino Unido mantuvo su negativa.
El único intento de diálogo bilateral directo durante ese período, la reunión de Berna de 1984, terminó rápidamente cuando la delegación británica rechazó discutir la soberanía.
La política permitió evitar una nueva escalada militar y consolidó el reclamo argentino en los organismos internacionales, pero no produjo avances concretos sobre la cuestión territorial. En 1986, además, Londres estableció unilateralmente una zona de conservación pesquera de 150 millas alrededor de las islas.
Con Carlos Menem, a partir de 1989, se produjo uno de los cambios más profundos.
El gobierno abandonó la estrategia de confrontación diplomática de Alfonsín y buscó normalizar la relación con Londres. El instrumento central fue la fórmula del “paraguas de soberanía”, acordada en las reuniones de Madrid de 1989 y 1990.
La fórmula permitía avanzar en cuestiones comerciales, diplomáticas y de cooperación sin que ninguna de las partes interpretara esos acuerdos como una renuncia o reconocimiento de la posición de la otra sobre la soberanía.
El segundo componente fue la denominada “política de seducción”, impulsada especialmente por el canciller Guido Di Tella. La estrategia buscaba mejorar la percepción de los isleños sobre la Argentina.
En ese marco hubo gestos que luego se convirtieron en símbolos de aquella política, como el envío de tarjetas navideñas, cartas y materiales relacionados con la cultura argentina.
El objetivo era generar confianza y, a largo plazo, modificar la actitud de los habitantes de las islas. La estrategia produjo avances concretos en la normalización bilateral. En 1990 se restablecieron las relaciones diplomáticas y se recuperaron canales comerciales y consulares.
El punto más destacado llegó en 1999, con una declaración conjunta sobre comunicaciones que permitió el ingreso de argentinos a las islas con pasaporte, restableció vuelos comerciales y avanzó en la construcción del monumento a los soldados argentinos en el cementerio de Darwin. También hubo acuerdos de cooperación sobre pesca y exploración de hidrocarburos.
Pero el objetivo central no se alcanzó: el Reino Unido no aceptó negociar la soberanía. Además, la estrategia de seducción tuvo escaso impacto entre los isleños y recibió fuertes críticas dentro de la Argentina por considerar que otorgaba ventajas económicas sin obtener una contraprestación territorial.
Fernando de la Rúa asumió en 1999 y mantuvo la fórmula del “paraguas de soberanía”, aunque modificó el tono de la política exterior.
La estrategia de seducción quedó atrás. El gobierno adoptó una postura más formal, basada en el derecho internacional y en el reclamo argentino ante Naciones Unidas.
Al mismo tiempo, evitó desarmar los acuerdos alcanzados durante el menemismo. Se mantuvieron los vuelos y los mecanismos de comunicación que habían permitido recuperar cierta conectividad con las islas.
También se facilitaron viajes de familiares de soldados argentinos al cementerio de Darwin.
Sin embargo, el gobierno duró apenas dos años y quedó absorbido por una profunda crisis económica, política y social. No hubo avances sustanciales en la negociación por la soberanía y Londres mantuvo su posición.
Con Néstor Kirchner y luego Cristina Kirchner se produjo otro giro importante. El kirchnerismo abandonó definitivamente la política de seducción y profundizó una estrategia de presión diplomática y económica.
La llamada “Malvinización” convirtió la cuestión en una causa central de la política exterior y en un elemento de fuerte identidad nacional.
Argentina comenzó a cuestionar los acuerdos de cooperación alcanzados durante los años 90. En 2007 se dio por terminada la cooperación bilateral en materia de pesca e hidrocarburos.
También se endurecieron las medidas contra empresas vinculadas con la exploración petrolera en las aguas disputadas y se buscó aumentar el costo logístico de las islas.
Otro eje fue la regionalización del reclamo. La diplomacia argentina consiguió respaldos de países del Mercosur, Unasur y Celac, además de declaraciones de gobiernos latinoamericanos en apoyo a la posición argentina.
La estrategia alcanzó uno de sus puntos más visibles en 2013, cuando el gobierno rechazó el referéndum realizado en las islas sobre su estatus político.
En ese marco, Cristina Kirchner llevó reiteradamente el reclamo a la ONU y calificó la situación como un resabio del colonialismo.
El resultado fue un fuerte respaldo regional y una mayor visibilidad internacional del reclamo. Sin embargo, tampoco se consiguió modificar la posición británica respecto de la soberanía.
Mauricio Macri volvió a modificar el rumbo a partir de diciembre de 2015. Su gobierno consideró que la confrontación de los años anteriores no había producido avances y buscó recuperar el diálogo con Londres.
El punto central fue el Comunicado Conjunto Foradori-Duncan de 2016, que impulsó la cooperación en pesca, hidrocarburos, comercio y navegación.
El reclamo de soberanía continuó formalmente, pero con un tono menos confrontativo.
Uno de los resultados más importantes fue el avance del Proyecto Humanitario, que permitió identificar a más de un centenar de soldados argentinos enterrados en Darwin que permanecían sin identificación.
También se recuperaron mecanismos de cooperación científica sobre recursos pesqueros y se amplió la conectividad aérea.
La estrategia, sin embargo, recibió críticas de sectores opositores que consideraban que Argentina estaba facilitando la actividad económica de las islas sin obtener avances en materia de soberanía.
Alberto Fernández volvió a endurecer la política sobre Malvinas. Su gobierno puso el foco nuevamente en la soberanía, el derecho internacional y la necesidad de aumentar la presión sobre las actividades económicas desarrolladas en el archipiélago.
En 2023, Argentina anunció el fin del acuerdo Foradori-Duncan, al considerar que sus términos habían sido perjudiciales para los intereses nacionales.
La administración también creó el Consejo Nacional Asesor de Políticas sobre Malvinas, con la intención de darle mayor continuidad institucional al reclamo.
En 2022, además, desplegó una intensa agenda diplomática por los 40 años de la guerra.
La estrategia buscó restringir actividades vinculadas con la pesca y la explotación de hidrocarburos en las áreas disputadas y volvió a colocar a Malvinas como uno de los ejes de la política exterior argentina.
El resultado fue la recuperación de una línea de mayor presión diplomática, pero sin cambios en la posición británica.
El gobierno de Javier Milei introdujo otro cambio. La estrategia actual combina el reclamo de soberanía con un fuerte alineamiento con Estados Unidos y una política exterior menos orientada a la confrontación económica con el Reino Unido.
Uno de los principales objetivos es aprovechar la relación política entre Milei y Donald Trump para intentar que Washington tenga un papel más activo en la cuestión Malvinas.
El gobierno considera que un eventual cambio en la tradicional posición estadounidense podría aumentar la presión sobre Londres.
Otro elemento novedoso es el énfasis puesto por Milei en la voluntad de los habitantes de las islas. El Presidente sostuvo en entrevistas con medios británicos que una eventual recuperación de las islas debería producirse de manera consensuada y cuando sus habitantes así lo deseen.
Al mismo tiempo, el Gobierno mantiene el reclamo frente a la exploración petrolera británica en el Atlántico Sur, pero evita recurrir a políticas de bloqueo comercial o a una estrategia de aislamiento económico de las islas.