El Teatro Politeama vuelve a apostar por una historia que atraviesa generaciones con Los ojos del perro siberiano, la adaptación teatral de la reconocida novela de Antonio Santa Ana. Con libro y dirección de Nico Sorrivas y Martín Palladino, la obra logra trasladar al escenario una historia atravesada por los vínculos familiares, los prejuicios, el miedo y, sobre todo, el amor.
Desde el primer momento, uno de los grandes atractivos del espectáculo es su enorme puesta en escena. El escenario se transforma constantemente para acompañar el recorrido emocional de los protagonistas, con una propuesta visual que está a la altura de una historia que necesita amplitud, sensibilidad y movimiento.
Pero si hay algo que sostiene especialmente a Los ojos del perro siberiano es su elenco. El trabajo actoral es uno de los grandes puntos fuertes de la propuesta: hay entrega, química y una sensibilidad que consigue que los conflictos de los personajes no se sientan lejanos, sino profundamente humanos.

Basada en el bestseller de Antonio Santa Ana, la obra narra la historia de un joven que regresa a los recuerdos de su infancia, a comienzos de los años noventa, para intentar reconstruir el vínculo con su hermano mayor, Ezequiel. En ese regreso aparecen los silencios familiares, las heridas que nunca terminaron de cerrar y una época marcada por el miedo, la desinformación y los prejuicios alrededor del VIH. La obra pone en escena cómo esos prejuicios pueden instalarse dentro de una familia y generar distancias difíciles de reparar.
El viaje del protagonista no es solamente hacia el pasado: también es una búsqueda de respuestas. Necesita comprender qué ocurrió con su hermano y por qué fue expulsado del seno familiar. Y en ese recorrido aparece Sacha, el perro siberiano de Ezequiel, como una presencia fundamental. Los ojos del animal funcionan como un espejo. Allí los hermanos pueden descubrirse, reencontrarse y, finalmente, mirarse de igual a igual.
Uno de los mayores méritos de esta versión teatral es que consigue ser emotiva sin abusar del golpe bajo. La historia tiene todos los elementos para buscar una lágrima fácil, pero la puesta elige construir la emoción desde los vínculos, las miradas, los silencios y aquello que muchas veces no se dice.
Es una obra tierna, sensible y profundamente emotiva. Y justamente por eso consigue llegar al corazón. El perro está personificado de una forma impresionante que enamora a todos. A esto se suma un recurso que merece una mención especial: las canciones originales. La música no aparece simplemente como acompañamiento, sino que se integra a la narración y potencia varios de los momentos más importantes del espectáculo. Hay canciones que consiguen quedar resonando incluso después de que termina la función.
El elenco está integrado por Alan Madanes, Dante Barbera, Felipe Bou Abdo, Fabio Di Tomaso, Adriana Rolla, Maqui Figueroa, Matías Fernández Giannoni, Pedro Gallagher, Paloma Del Carril, Matías Bruno, Loli Basualdo, Facundo Basso, Julieta Strauch y Luciano Mansur.
La propuesta coral permite que cada personaje tenga su espacio dentro de una historia que necesita de múltiples miradas para construir ese universo familiar y social. El resultado es un espectáculo que combina actuaciones sólidas con una puesta ambiciosa y una dirección que entiende que Los ojos del perro siberiano no necesita reinventarse para emocionar: necesita ser contada con honestidad.
Más de tres décadas después del momento histórico en el que transcurre la historia, muchos de los prejuicios que aparecen en la obra pueden parecer lejanos, pero el espectáculo encuentra justamente allí uno de sus mayores valores: recordar cuánto daño pueden provocar el desconocimiento, el miedo y la discriminación. Los ojos del perro siberiano es, en definitiva, una obra sobre la familia, el amor y las segundas oportunidades. Una propuesta que combina una gran producción con un relato íntimo y sensible.