Hakainde Hichilema inició el martes su segundo mandato como presidente de Zambia después de una elección marcada por acusaciones de irregularidades, interrupciones del recuento y detenciones opositoras. Su principal competidor, Brian Mundubile, permanece encarcelado bajo cargos de traición junto con su compañero de fórmula, Makebi Zulu, y otros dirigentes.
La ceremonia en el Estadio de los Héroes Nacionales de Lusaka mostró el contraste central de la jornada: mientras el mandatario inspeccionaba la guardia de honor, su rival no podía impugnar personalmente el resultado. La discusión no se concentra solamente en quién ganó, sino en las condiciones utilizadas para consolidar esa victoria.

Observadores locales e internacionales detectaron indicios de votos añadidos al total de Hichilema, aunque concluyeron que habría obtenido la mayoría incluso sin esas anomalías. También documentaron soldados en centros de votación, arrestos de legisladores, suspensión del escrutinio y restricciones que impidieron acceder a los tribunales cuando vencía el plazo para presentar reclamos.
La comisión electoral sostuvo que cualquier discrepancia debía ser examinada por la Justicia. Las autoridades, sin embargo, cerraron el acceso a las cortes y luego señalaron que no habían recibido recursos. Sobre los detenidos ofrecieron pocos detalles: los vincularon con amenazas a la seguridad nacional y afirmaron que algunos poseían armas, sin presentar públicamente pruebas que permitan evaluar esa versión.
Hichilema llegó al poder en 2021 después de cinco intentos electorales. Había sido detenido numerosas veces durante su trayectoria opositora y prometió terminar con la manipulación institucional, el hostigamiento y el encarcelamiento de adversarios. Su victoria fue presentada entonces como una renovación democrática en un país que celebra elecciones regulares desde la década de 1990.

Cinco años después, los métodos denunciados se parecen a aquellos que el propio presidente afirmó haber padecido. El riesgo supera a una sola elección: si tribunales, fuerzas armadas y acusaciones penales se convierten en herramientas partidarias, futuros gobiernos encontrarán más fácil conservar el poder y más difícil aceptar una derrota.
La inquietud política no frenó a los mercados. Los bonos internacionales de Zambia rindieron mejor que el promedio africano desde los comicios y algunos inversores aumentaron sus posiciones. Durante su primer mandato, Hichilema completó una compleja reestructuración de deuda y estabilizó una economía golpeada por el primer incumplimiento soberano africano de la pandemia.
Zambia es además un gran productor de cobre, mineral esencial para redes eléctricas, vehículos y transición energética. Su riqueza atrae inversiones y competencia internacional, lo que refuerza el interés exterior por la continuidad económica.
Pero la estabilidad financiera no sustituye a la institucional. Un gobierno puede ofrecer previsibilidad a corto plazo y debilitar al mismo tiempo las reglas que sostienen inversiones duraderas. El segundo mandato comienza por eso con una prueba inmediata: demostrar ante tribunales abiertos las acusaciones contra los opositores y permitir que cada cuestionamiento electoral sea examinado sin presión política.