El gran incendio de Londres comenzó durante la madrugada del 2 de septiembre de 1666 en la panadería de Thomas Farriner, ubicada en Pudding Lane. Una chispa que parecía controlada se convirtió pocas horas después en un frente impulsado por el viento, capaz de avanzar entre las estrechas calles de una de las ciudades más pobladas de Europa.
Londres había atravesado un verano largo y seco. Sus casas estaban construidas principalmente con madera, cubiertas con brea y separadas por espacios mínimos; los pisos superiores incluso sobresalían hasta casi tocar el edificio de enfrente. Patios y depósitos guardaban heno, carbón, aceite y grasa. La ciudad entera reunía combustible, sequedad y un sistema incapaz de responder a una emergencia de semejante escala.
No existía una brigada organizada. Vecinos y autoridades utilizaban baldes de cuero, pequeños chorros de agua, hachas y ganchos para derribar construcciones. Al principio, el alcalde dudó en demoler viviendas para crear cortafuegos porque temía reclamos de propietarios. Cuando llegó la autorización, las llamas ya habían alcanzado almacenes cercanos al Támesis.
El diarista Samuel Pepys observó el avance y recomendó al rey Carlos II volar edificios con pólvora. La Marina ejecutó esa estrategia y abrió espacios que ayudaron a detener la propagación. El fuego quedó mayormente controlado el miércoles 5, aunque el suelo permaneció caliente y continuaron apareciendo focos durante varios días.
El balance físico fue enorme: 13.200 casas, 87 iglesias parroquiales, el Royal Exchange, el Guildhall y la antigua catedral de San Pablo quedaron destruidos. Decenas de miles de habitantes perdieron sus hogares. Los registros atribuyen pocas muertes directas, pero la cifra es discutida porque las víctimas pobres podían no ser contabilizadas y el calor dificultó identificar restos.

La reconstrucción abrió debates sobre calles más anchas, materiales menos combustibles y una capital completamente rediseñada. Los planes más radicales no se aplicaron porque era necesario respetar propiedades y reactivar rápidamente el comercio. Sin embargo, las nuevas normas redujeron el uso de madera, favorecieron ladrillo y piedra y modificaron la protección contra incendios.
Christopher Wren diseñó la nueva catedral de San Pablo y decenas de templos. También aparecieron seguros especializados y brigadas privadas financiadas por compañías, antecesoras de un servicio público que tardaría todavía siglos en consolidarse.
El episodio ocurrió un año después de una gran epidemia de peste. Durante mucho tiempo se dijo que las llamas terminaron con la enfermedad al matar ratas, pero esa explicación resulta demasiado simple: la peste ya retrocedía y varias zonas afectadas por contagios quedaron fuera del recorrido.
A 360 años, el incendio sigue siendo una historia sobre prevención. Una chispa destruyó la ciudad porque encontró decisiones postergadas, materiales peligrosos y responsabilidades dispersas. Londres se reconstruyó, pero su aprendizaje más vigente es que la emergencia empieza mucho antes de que alguien vea humo.