El teniente soviético Viktor Belenko despegó el 6 de septiembre de 1976 para una misión de entrenamiento cerca de Vladivostok, abandonó su formación y condujo un MiG-25 hacia Japón. Su aterrizaje inesperado en el aeropuerto civil de Hakodate entregó intacta una de las aeronaves más enigmáticas de la Unión Soviética y produjo una oportunidad de inteligencia irrepetible.
El MiG-25, llamado Foxbat por la OTAN, había alarmado a los estrategas occidentales por su enorme velocidad y capacidad para operar a gran altura. Su aparición contribuyó al desarrollo de nuevos cazas capaces de enfrentarlo. Sin embargo, gran parte de lo que se creía sobre el aparato dependía de fotografías, radares y cálculos indirectos.

Belenko descendió para evitar la detección soviética y cruzó el mar de Japón a baja altura. Los radares japoneses perdieron por momentos su trayectoria entre nubes, y los cazas enviados para interceptarlo no lograron establecer contacto. Con poco combustible, apareció sobre Hakodate, casi chocó con un avión comercial y se salió de la pista al aterrizar.
En pocas horas, un secreto protegido durante años quedó estacionado junto a una terminal de pasajeros. La policía arrestó al piloto por ingresar ilegalmente en el espacio aéreo y portar un arma. Él pidió asilo político y explicó que había preparado la fuga por su descontento con el sistema soviético.

Japón rechazó devolver inmediatamente el avión. Especialistas japoneses y estadounidenses lo trasladaron parcialmente desarmado a una base y examinaron sus motores, radar, armamento y materiales. Descubrieron una ingeniería distinta de la imaginada: el interceptor utilizaba abundante acero inoxidable y componentes electrónicos aparentemente anticuados, pero resistentes, potentes y adaptados a su misión.
El análisis confirmó que el Foxbat podía acercarse a Mach 3, aunque hacerlo dañaba sus motores. Era extraordinario para interceptar bombarderos y realizar reconocimiento, pero menos maniobrable y sofisticado de lo que se temía. La inspección no reveló una máquina atrasada, sino un diseño especializado que sacrificaba versatilidad para cumplir objetivos extremos.

La Unión Soviética exigió el regreso del aparato y afirmó primero que Belenko se había perdido. Japón devolvió sus piezas en cajas durante noviembre, después de completar las pruebas. Moscú debió revisar códigos, sistemas de identificación y procedimientos comprometidos por la fuga.
El episodio también expuso fallas en la defensa japonesa: una aeronave extranjera había penetrado el territorio sin ser acompañada hasta una base militar. Tokio fortaleció radares y coordinación para vigilar su frontera septentrional.
Belenko recibió asilo y construyó una nueva vida fuera de la URSS. Su decisión estuvo atravesada por intereses personales, propaganda e inteligencia. A medio siglo, su vuelo sigue representando una paradoja de la Guerra Fría: un solo hombre pudo alterar los cálculos militares de potencias enteras llevando un avión hasta el lugar equivocado.