06/09/2026 - Edición Nº1307

Opinión


Rebelión contra las redes

Neoludismo y Generación Z: la rebelión contra las redes que también llegó al país

06/09/2026 | De Nueva York a Buenos Aires, jóvenes y trabajadores tecnológicos ensayan una vida con menos redes, celulares y plataformas que administren su tiempo.



Hace unas semanas, la gran aparición de la política argentina fue una treintena de personas disfrazadas de Gandalf que caminaron por Buenos Aires hasta la puerta de la casa de Peter Thiel. Túnicas grises, barbas de utilería, bastones de madera, una ocurrencia genial que generó imágenes que dieron la vuelta al mundo cuando coronaron la escena con la bandera del "You shall not pass", un guiño a los fanáticos del universo Tolkien, entre los que se cuentan muchos de estos tecnomagnates de Silicon Valley. Por momentos, si uno se alejaba dos pasos, entendía que lo que estaba presenciando no era ni más ni menos que una interna entre fanáticos de El Señor de los Anillos.

Pero había otro detalle, menos vistoso, que forma parte de una trama más larga y lateral a este evento ya canónico de la internet argentina. La convocatoria no circuló por Instagram ni por X. Los integrantes de la Yihad contra las Corporaciones de la Distracción, cuyo nombre ya avisa cuánto se toman en serio a sí mismos, se organizaron por correo electrónico, prepararon los disfraces en reuniones presenciales y trataron de preservar el anonimato de los participantes. Unos días después, la escena diseñada para escapar de las plataformas terminó circulando dentro de ellas. Algunos podrían leerlo como una excentricidad porteña, pero conviene mirar antes lo que viene pasando en otras ciudades.

Unos meses antes, cientos de personas se habían juntado en Tompkins Square Park, en el East Village neoyorquino, para el Summer of Ludd, una semana de actividades organizada deliberadamente al margen de las grandes redes. No había cuenta de Instagram donde consultar el cronograma. Los organizadores imprimieron más de quince mil guías y las repartieron en librerías y cafeterías, pegaron afiches en la calle y habilitaron una línea telefónica, después de meses de preparación cara a cara. El festival arrancó el 28 de junio y convirtió el parque en sede de meditaciones, música, teatro, talleres y encuentros sin teléfono.

Summer of Ludd reunió en Nueva York actividades, talleres y encuentros organizados fuera de las grandes redes sociales, con la vida presencial como protagonista.

Hubo películas proyectadas en 16 milímetros, talleres de reparación de ropa, radio de onda corta, producción de fanzines, fiestas donde no se podía sacar fotos y hasta clases para aprender a tener citas sin Tinder ni Hinge. También hubo debates sobre inteligencia artificial, centros de datos y el poder de las tecnológicas. La regla principal era una sola y bien simple. Nada de teléfonos, fotos ni grabaciones. La idea era menos discutir o reflexionar extensamente sobre lo que los celulares y las plataformas de extracción de datos hacen con nosotros que ensayar durante unos días cómo sería, o cómo fue, esa vida anterior a la Matrix.

Los técnicos contra la tecnología

"Ludita" se usa habitualmente como insulto, sinónimo de alguien incapaz de adaptarse al progreso técnico y al avance de la historia. Buena parte de los que pasaron por Tompkins Square está lejos de esa caricatura y varios, dicho sea de paso, trabajan en el sector tecnológico. Entre ellos está Damian Thomas, desarrollador web que dirige Unplatform, una guía para abandonar las redes sociales y recuperar una web más independiente. Es una web extraña, que recuerda a la internet 1.0 y que en estilo se parece bastante a la que tiene la yihad criolla.

Thomas va a comentar que fue su experiencia dentro del sector la que lo acercó al movimiento, y es que estos nuevos luditas no proponen apagar Internet, usan páginas web, correo, servidores, radios y teléfonos. Lo que cuestionan es una forma bastante específica que la tecnología adoptó en las últimas dos décadas, la de plataformas cerradas cuyo negocio depende de capturar cada vez más tiempo, datos y atención. Es un problema de infraestructura, porque nadie puede abandonar sin más WhatsApp, Google o las herramientas digitales con las que se gana la vida, así que la salida, dice, pasa por construir espacios que permitan depender un poco menos de ellas.

En el festival esa discusión tomó una forma bastante artesanal, ya que si Instagram se convirtió en el lugar donde una generación se entera de qué hacer un sábado, organizar algo sin Instagram obliga a volver a imprimir un calendario y a caminar la ciudad repartiéndolo. Este festival neoyorquino tampoco salió de la nada. En 2021, Logan Lane era una estudiante secundaria de Brooklyn cansada de pasar media vida en Instagram, TikTok y Snapchat, y la pandemia había empujado ese tiempo todavía más arriba. Terminó borrando sus redes, cambió el iPhone por un plegable y fundó el Luddite Club en la Edward R. Murrow High School. Los domingos se juntaban en Prospect Park.

Algunos llevaban libros, otros dibujaban, escribían o simplemente conversaban, y varios reemplazaron también el smartphone por un flip phone. Como no había grupo de WhatsApp que recordara el encuentro, regía una regla elemental. Para sostener el vínculo había que aparecer. "Social media and phones are not real life", resumía una de las integrantes en 2022. Que fueran adolescentes le dio al asunto una repercusión que de otro modo no habría tenido. Estaban renunciando por voluntad propia al aparato que durante años funcionó como carnet de pertenencia generacional. Y no quedó en una excentricidad de secundaria.

Integrantes del Luddite Club de Nueva York recuperaron los teléfonos básicos y los encuentros presenciales como una forma de reducir su dependencia de las redes sociales.

Varios siguieron con teléfonos básicos al llegar a la universidad, donde la decisión se vuelve bastante más cara, porque los códigos QR, la autenticación en dos pasos, los grupos de la cursada y las aplicaciones de transporte están diseñados suponiendo que todos tienen un smartphone, y te lo hacen saber en cada trámite. El club inspiró grupos parecidos y varios de sus protagonistas andan hoy por el ecosistema que rodea al Summer of Ludd.

Dónde está hoy la máquina

Hay una imagen sencilla para medir cuánto cambió el terreno. Durante buena parte del siglo XX, un chico al que se le pedía dibujar a un trabajador dibujaba a un obrero, y probablemente le agregaba una fábrica, un mameluco, una herramienta, quizás una chimenea. No es que todos los trabajadores fueran obreros industriales, pero existía una figura capaz de representar el trabajo de una época. Hoy la consigna sería mucho más difícil de resolver, y no por falta de imaginación del chico. ¿Una programadora frente a una notebook? ¿Un repartidor siguiendo las instrucciones de una aplicación? ¿Alguien contestando mails desde la cocina de su casa? ¿Un conductor de Uber? ¿Una chica produciendo contenido para una red social? También se volvió más difícil señalar la máquina. El ludita de 1811 sabía exactamente dónde estaba el artefacto que le estaba cambiando el oficio, podía entrar al taller y romperlo. Hoy la tecnología que organiza el trabajo está repartida entre un teléfono, un servidor, un algoritmo y una empresa que factura a miles de kilómetros. Y además dejó de limitarse al trabajo, porque el mismo dispositivo administra las amistades, las noticias, la música, las compras, el entretenimiento, los mapas, los vínculos afectivos y una porción creciente de la conversación política. Ahí aparece la diferencia con el ludismo original. Aquel discutía el control sobre el trabajo, este empieza a discutir también el control sobre el tiempo. Conviene volver un momento a aquella historia, porque el mote sobrevivió bastante mejor que los hechos. Entre 1811 y 1813, trabajadores textiles ingleses destruyeron máquinas en Nottinghamshire, Yorkshire y otras regiones industriales, y firmaban manifiestos y amenazas en nombre de Ned Ludd, o General Ludd, un personaje probablemente ficticio que terminó convertido en líder imaginario de la rebelión.

De todo eso quedó la estampa del trabajador ignorante que pretende frenar el progreso a martillazos, y la cosa fue bastante más complicada. Muchos luditas eran artesanos altamente calificados y no se oponían a toda innovación técnica, se rebelaban contra el uso que se les estaba dando a determinadas máquinas para reemplazar trabajo especializado por mano de obra más barata, bajar salarios y modificar las condiciones de producción. Algunos estaban dispuestos a aceptar la mecanización si podían participar de sus beneficios. Su conflicto era con la tecnología tanto como con quién decidía cómo usarla y quién se quedaba con la ganancia.

El gobierno británico mandó miles de soldados, convirtió la destrucción de máquinas en un delito castigado con la muerte y ejecutó o deportó a varios participantes. Para 1813 el movimiento estaba prácticamente liquidado.

Una corriente antes que un movimiento

Hay algo político en las prácticas de estos grupos que se pierde si uno las mira solamente como moda cultural. No se limitan a denunciar el problema, tratan de que la forma de la protesta sea coherente con lo que reclaman. Si critican la dependencia de Instagram, organizan sin Instagram. Si cuestionan que cada momento tenga que quedar registrado, hacen fiestas donde no se pueden sacar fotos. Si denuncian una vida mediada por pantallas, arman actividades que exigen cuerpos presentes, coser, bailar, leer, reparar cosas, escuchar una radio, repartir un volante.

La yihad criolla hace algo parecido con sus reuniones presenciales, sus correos, sus disfraces producidos en grupo y sus ejercicios de aburrimiento voluntario. Las contradicciones, por supuesto, están a la vista. Una protesta offline se vuelve famosa porque alguien subió el video a X. Una marca vende dumbphones a chicos que descubrieron el producto en TikTok. La estética Y2K termina convertida en otra góndola. Alguien pasa el sábado en una fiesta sin celulares y el domingo seis horas mirando reels, que es más o menos la biografía de cualquiera. Esas contradicciones también miden el tamaño del problema, porque no hay un afuera disponible al que mudarse.

De todos modos, sería exagerado hablar por ahora de un movimiento político neoludita. No hay organización internacional, ni programa común, ni siquiera acuerdo sobre qué habría que hacer con la tecnología. Algunos quieren irse de las redes, otros quieren regularlas, otros discuten la inteligencia artificial, otros protestan contra la instalación de centros de datos, otros solamente quieren bailar cuatro horas sin que nadie los apunte con una cámara.

De los luditas de 1811 a la Generación Z: cambian las máquinas, pero vuelve la discusión sobre el poder, la tecnología y sus reglas.

Lo que empieza a haber es un clima compartido. La primera generación que atravesó toda su adolescencia dentro de las plataformas está preguntándose si aquella experiencia, que recibió como inevitable, era efectivamente la única posible. Durante años, la respuesta política a los efectos de Internet consistió en pedirles mejores regulaciones a las mismas empresas que organizaban la vida digital. El neoludismo agrega otra pregunta. ¿Qué cosas podemos volver a hacer sin ellas? No es exactamente una rebelión contra la tecnología, sus protagonistas son demasiado tecnológicos para eso. Es una discusión sobre quién fija las reglas. Conviene decirlo sin vueltas, ninguno de estos gestos amenaza a Palantir ni a Meta.

Los luditas de 1811 tampoco frenaron un solo telar. Los ahorcaron o los deportaron, y la industria siguió su curso. Lo que dejaron abierto fue un conflicto que Inglaterra terminó procesando por otras vías, leyes de fábrica, límites a la jornada, sindicatos, sobre quién pagaba los costos de la máquina y quién se quedaba con sus ganancias. Dos siglos después nadie entra con un martillo a un centro de datos. En Nueva York imprimen fanzines, en Brooklyn cambian un iPhone por un teléfono peor, en Buenos Aires se ponen una túnica gris y caminan hasta la casa de un multimillonario.

Son gestos chicos, dispersos y a veces deliberadamente ridículos, pero todos parten de la misma sospecha, la de que una porción demasiado grande de la vida quedó organizada por empresas sobre las que sus usuarios tienen muy poco poder. Aquella pelea tardó décadas en encontrar quién la tradujera en leyes y en organizaciones. Esta, por ahora, tiene fanzines.

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