El 6 de septiembre de 1930 el teniente general José Félix Uriburu avanzó sobre la Capital Federal al frente de un grupo de cadetes del Colegio Militar y tropas que respondían al movimiento revolucionario. El objetivo era terminar con el segundo gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen, que atravesaba una profunda crisis política y económica.
El presidente radical tenía 76 años y su estado de salud se había deteriorado considerablemente. Yrigoyen había quedado cada vez más apartado de la conducción cotidiana del Gobierno, mientras su entorno filtraba la información que llegaba hasta él. A ese cuadro se sumó el impacto de la crisis económica internacional de 1929, que golpeó con fuerza a la economía argentina.
Un 6 de septiembre pero de 1930 se llevó a cabo el golpe de estado que encabezó el general José Félix Uriburu que derrocó al gobierno constitucional de Hipólito Yrigoyen.
— Argentina en la Memoria (@OldArg1810) September 6, 2021
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Yrigoyen se encontraba de licencia médica cuando los militares llegaron a Buenos Aires. En la Casa Rosada, el general golpista se entrevistó con el vicepresidente Enrique Martínez y lo conminó a abandonar el poder. La resistencia institucional fue insuficiente para detener el avance militar. La revolución había triunfado.
Consumado el golpe, Uriburu juró como presidente provisional y puso en marcha una serie de medidas destinadas a desmontar el orden constitucional. Lo primero que hizo fue decretar el estado de sitio en todo el territorio nacional. Después disolvió el Congreso, e intervino las provincias, cerrando legislaturas.
El nuevo gabinete quedó integrado por Matías Sánchez Sorondo, en Interior; Ernesto Bosch, en Relaciones Exteriores; Enrique Simón Pérez, en Hacienda; Ernesto Padilla, en Justicia e Instrucción Pública; Horacio Beccar Varela, en Agricultura; Octavio Sergio Pico, en Obras Públicas; Francisco Medina, en Guerra; y Abel Renard, en Marina.

La ruptura institucional no era algo nuevo en la Argentina, pero era la primera vez que pasaba desde la sanción de la Constitución Nacional -en 1853- con el agregado de que el gobierno de Yrigoyen había sido elegido mediante en elecciones no fraudulentas.
José Félix Uriburu tenía 62 años y pertenecía a una familia estrechamente vinculada con la historia política argentina. Era bisnieto de Juan Antonio Álvarez de Arenales, gobernador de Salta entre 1824 y 1827; sobrino del expresidente José Evaristo Uriburu y yerno de Eduardo Madero.
Su trayectoria militar también había tenido un capítulo político antes de convertirse en protagonista de la ruptura constitucional. Siendo un joven oficial, participó en la Revolución del Parque de 1890, vinculada a la Unión Cívica y al nacimiento del movimiento que posteriormente daría origen a la Unión Cívica Radical.

Su posición política cambió con el paso de los años. Durante la revolución radical de 1905 se mantuvo cercano al presidente Manuel Quintana. Veinticinco años después, fue él quien encabezó la interrupción del gobierno del partido al que alguna vez perteneció.
Las elecciones de 1928 abrieron el camino para el regreso de Yrigoyen a la presidencia de la Nación. El caudillo radical obtuvo una contundente victoria, pero su segundo mandato estaba condicionado por problemas económicos, conflictos políticos y el deterioro de su salud.
La crisis mundial de 1929 golpeó a una Argentina profundamente vinculada al comercio exterior. La caída de los precios y de la demanda internacional afectó las exportaciones, los ingresos fiscales y la actividad económica, mientras crecían las críticas contra el Gobierno radical.

En ese contexto nació también la leyenda del llamado “diario de Yrigoyen”, una supuesta publicación –de la que nunca apareció un ejemplar- preparada especialmente para el presidente, solamente con buenas noticias y elogios a su gestión. La expresión quedó instalada como símbolo del aislamiento político, cada vez que un mandatario da muestras de estar alejado de la realidad.
El 10 de septiembre de 1930, la Corte Suprema de Justicia de la Nación se pronunció sobre la legalidad del nuevo gobierno. El alto tribunal dictó una acordada que desde el minuto cero estaba llamada a tener una enorme trascendencia en la historia institucional del siglo XX.
Los ministros José Figueroa Alcorta, Roberto Repetto, Ricardo Guido Lavalle y Antonio Sagarna, con intervención del procurador general Horacio Rodríguez Larreta, reconocieron al gobierno revolucionario y admitieron la validez de sus actos, con fundamento en la necesidad de darle continuidad a la administración pública y reconocer los efectos jurídicos de sus actos, aunque el gobierno tenga ilegitimidad de origen.
Aquella decisión pasó a la historia como la Doctrina de Facto y se transformó en uno de los precedentes más discutidos de la historia de la Corte Suprema. Su influencia excedería ampliamente al gobierno de Uriburu y sería invocada nuevamente frente a posteriores interrupciones del orden constitucional.
La revolución septembrina no pasó inadvertida para la cultura popular. Carlos Gardel grabó “Viva la Patria”, tango con letra de Alberto Vacarezza y música de Antonio Scatasso, una obra asociada al clima político generado por la llamada Revolución de Septiembre.
Décadas más tarde, otro tango volvería sobre aquella época. “Yo soy del 30”, con letra de Héctor Méndez y música de Aníbal “Pichuco” Troilo, fue registrado en 1965 por la orquesta del “Bandoneón Mayor de Buenos Aires” con la voz de Tito Reyes. La canción evocaba, desde otra perspectiva temporal, aquel año que había quedado grabado en la memoria política argentina.