El Partido Republicano entra en los últimos dos meses antes de las elecciones legislativas del 3 de noviembre con una paradoja. Donald Trump atraviesa uno de los momentos más difíciles de su segundo mandato en las encuestas y los demócratas mantienen una ventaja nacional en intención de voto al Congreso, pero la arquitectura electoral estadounidense ofrece al GOP instrumentos suficientes para evitar que esa diferencia se transforme automáticamente en una pérdida de sus dos mayorías. La batalla por Washington sigue abierta y dependerá menos del voto popular nacional que de unas pocas decenas de distritos y estados.
La encuesta Reuters/Ipsos más reciente situó la aprobación de Trump en 33%, con 63% de desaprobación, mientras los demócratas aventajaban a los republicanos 43% a 38% en la elección legislativa genérica. El promedio de sondeos recopilado por RealClearPolling también favorece a los demócratas, con aproximadamente 48,1% frente a 42,3%. Sin embargo, las mediciones no son uniformes: Harvard-Harris registró recientemente una ventaja republicana de dos puntos. La fotografía nacional es desfavorable para el oficialismo, pero todavía contiene suficiente volatilidad como para impedir una proyección definitiva.
La principal defensa republicana está en el terreno. La Cámara tiene actualmente una estrecha mayoría de 218 republicanos frente a 214 demócratas, pero la redistribución extraordinaria de distritos modificó considerablemente el campo de batalla. El análisis de Cook Political Report calcula que el escenario más probable otorga al GOP alrededor de cinco escaños adicionales únicamente por los nuevos mapas, aunque en un escenario particularmente favorable el beneficio podría ser mayor. En su clasificación del 25 de agosto, Cook tenía 209 distritos inclinados hacia los republicanos, 205 hacia los demócratas y otros 21 considerados toss-up.
Eso significa que una ventaja demócrata de cinco o seis puntos a nivel nacional no necesariamente produciría una mayoría amplia. La polarización territorial y la reducción del número de distritos verdaderamente competitivos hacen que pequeños cambios en participación puedan decidir el control de la Cámara. Los republicanos también poseen otra ventaja operacional: aunque los candidatos demócratas han recaudado más dinero individualmente en varias contiendas, los comités nacionales y los super PAC alineados con el GOP tienen recursos muy superiores. El comité político vinculado a Trump dispone de alrededor de USD 400 millones, una reserva excepcional para concentrar publicidad y movilización en las carreras más estrechas durante octubre.

El escenario resulta incluso más favorable para los republicanos en el Senado. Para arrebatarles el control, los demócratas tendrían que encadenar victorias en estados muy diferentes entre sí. Incluso suponiendo triunfos en Georgia, Maine, Michigan y Carolina del Norte, necesitarían conquistar al menos dos entre Alaska, Iowa, Ohio y Texas, cuatro estados que Trump ganó en 2024 y varios de ellos por márgenes de dos dígitos. El deterioro republicano en lugares como Iowa o Alaska ha convertido carreras antes consideradas seguras en elecciones competitivas, pero también obliga a los demócratas a ejecutar casi perfectamente su estrategia nacional.

Trump intentará cambiar la dinámica esta misma semana. Los republicanos celebrarán el 9 y 10 de septiembre en Dallas una inédita convención nacional de mitad de mandato, con el presidente participando las dos noches. La estrategia será trasladar la elección desde un referéndum sobre su aprobación hacia una comparación directa con los demócratas, destacando recortes fiscales, seguridad fronteriza y otras políticas de su administración. El desafío republicano es considerable: la economía, el costo de vida y la guerra con Irán están erosionando el respaldo presidencial. Pero con mapas más favorables, una estructura senatorial difícil para la oposición y cientos de millones de dólares disponibles para las carreras decisivas, los republicanos llegan debilitados al sprint final, no derrotados.