por Redacción NewsDigitales
Nota editorial: “Eternos 16” es un relato de ficción. Sus personajes y acontecimientos forman parte de una construcción narrativa que busca promover una reflexión sobre el suicidio adolescente, la escucha y la importancia de pedir ayuda.
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* Por Francisco Coda.
El tiempo que lo traté fue breve, su recuerdo (el que me va a atormentar hasta el último de mis días) probablemente eterno. Ninguno de los dos sabíamos nada del otro, nos encontrábamos en el mismo lugar más o menos a la misma hora. Con determinadas personas suele pasar que tenemos relaciones de ámbitos pero desconocemos completamente quiénes son; así era este el caso.
Nos empezamos de a poco (como muchas de las relaciones interpersonales): una mirada, un saludo respetuoso, un gesto ameno y complaciente, una sonrisa. Pasaba por al lado mío y yo por al lado de él. Voy a omitir cuál era el lugar donde nos encontramos, ahora consumado solo a un triste recuerdo. Tal vez mi inconsciente lo omita una vez más para que la culpa no me invada, no me sofoque al menos por un ratito.
Era un adolescente, era un niño. Yo rompí el hielo y me acerqué a él. Lo noté distraído y lo quise ayudar; ahí alzó su cabeza y me miró con sus ojos de miel, de la más dulce miel, y me habló. La voz era pausada, el sentido de sus palabras articulaba a la perfección, pero al acercarme un poco más pude comprobar en el acto que ese joven al respirar inhalaba dolor y exhalaba tristeza. Esas pausas, esos entrecortados silencios en sus palabras parecían nudos que su garganta debía desatar con angustiosa dificultad para poder continuar.
Advertí que con esfuerzo intentaba sonreír ante las pavadas (y las ironías) que en cada encuentro intercambiaba con él. De algún modo, por algún motivo, ese joven me recordaba a alguien. Intenté sutilmente entender la causa de su tristeza, como si eso fuese tan sencillo; además, nuestros encuentros eran espontáneos y las charlas fugaces, variadas, anacrónicas y del todo banales; sumado a que yo era un extraño para él, ¿por qué debería abrir su intimidad, esa que yo suponía que era portadora de su tristeza, en ese entorno y sobre todo a mí? Alguna extraña y misteriosa arrogancia, quizá, me hizo insistir.
Hablamos sobre la escuela; bueno, a decir verdad, hablé. Pasamos por varios tópicos: las materias propias de estudio; las profesoras y profesores, la dificultad de entender los modos de algunos de ellos; sus compañeros; y sus anhelos al terminar la secundaria. Yo buscaba algún detalle que me permitiera reconocer si algo andaba mal en ese lugar, pero lo noté bien parado. Incluso dijo que la escuela era un lugar al que no volvería y que la quería disfrutar.
Me pareció importante esa sencilla conclusión. Solemos no disfrutar de lo que nos toca y solo vemos un tiempo después que eso no volverá y que, al fin, no era tan malo. Cuesta detenerse en el ahora y nuestras acciones y pensamientos se dirigen a hacer algo para tal o cual cosa, sin disfrutar la cosa en sí, que nos posibilita la otra cosa. Yo no estaba seguro si lo había pensado o se lo había dicho.
Análogamente, indagué como pude en nuestros espontáneos encuentros sobre su familia, sus amigos, algún que otro tema de actualidad. Si bien lo notaba cada vez más cercano, con más confianza para charlar conmigo, no terminaba de comprender cuál era el problema que, a mi modo, lo aquejaba.
Busqué otro método. Primero pensé en ir directo al grano y contarle cuáles eran mis sensaciones respecto a él y preguntarle directamente: “¿Me querés contar si te pasa algo?”, “¿Tenés algún problema?”. Y, en todo caso, ofrecerle mi ayuda, esa que a todos se nos hace sencilla cuando el problema no es nuestro. Me interpelé a mí mismo y quizá yo no aceptaría que me hicieran una pregunta tan directa e intentaría evadirla con sutileza.
Después de meditar un poco opté entonces por hacer todo lo contrario. Decidí no acercarme a charlar y, si estábamos cerca, no sacar ningún tema. Dos o tres veces se repitió un esquema similar a este: un saludo, un gesto ameno, acto seguido: silencio; y cada uno en lo suyo.
Siempre he pensado que en el lenguaje hay palabras que, independientemente de los contextos y situaciones, tienen un poder increíble: pronunciarlas o escucharlas moviliza nuestra condición humana. Presupongo que en la creación de las mismas tal vez fueron exclamadas con vehemencia. En las miradas, los abrazos, los silencios, las distancias... encuentro un principio con igual poder arrollador.
Cuando yo estaba distraído o, más bien, muy concentrado en lo mío, cosa que suele pasar, por fin se acercó. Era solo cuestión de tiempo, como muchas cosas: solo hay que darles tiempo. Y, como si me quisiera contar un secreto, bajando su voz, me dijo: “¿Sabés por qué vengo yo acá?”. No dije nada; con una atenta mirada y mi silencio lo dejé continuar.
Me contó con su tenue voz y, por momentos, balbuceando, una reciente ruptura amorosa con una chica de su edad, y que, entre otras cosas, ese era el motivo por el cual iba a ese lugar. Para no pensar tanto, para distraerse; aunque me confesó que por momentos se le hacía muy difícil.
No hice, o más bien no quise hacer, alusión a su problema, que ahora era la clave que me permitía por fin entender la causa de su angustia, de su tristeza. Opté por resignificar la importancia de acudir a dicho lugar. Le argumenté que en algún lugar había leído hacía poco la siguiente frase: “Qué atropello este, el mío y el de los hombres, de buscar lugares que nos contengan como si no existiera el mundo entero para tal propósito”.
Me miró un tanto sorprendido. Continué diciéndole que a todos nos pasa que cuando tenemos problemas necesitamos habitar nuevos lugares que nos brinden una cierta contención. Yo también vengo acá porque tengo un millón de problemas y, al igual que a vos, me sirve para distraerme, para no pensar tanto. Tal vez quise, de algún modo, empatizar con él.
Continué diciendo que hay personas que encuentran en su casa un lugar de contención, pero hay otros que necesitan irremediablemente salir de las mismas; la soledad de una cama puede resultar como un lugar de contención; una charla con amigos; un club; una iglesia, un templo; una adicción lamentablemente también puede ser una contención. Y aseguré que buscamos lugares para huir de otros en los que, por distintos motivos, no estamos tan cómodos o que de algún modo nos son hostiles.
Le agradecí que me haya contado y le dije que había que amigarse con el tiempo. Me miró, sonrió optimista y por primera y única vez me dio una suerte de abrazo. Acaricié su cabello y le di una palmada en su espalda.
Poco a poco lo fui notando, a mi modo y solo por lo que en ese lugar podía ver, cada vez mejor, como si su semblante o, más bien, su espíritu al menos no parecieran contener la tristeza de las semanas atrás. Lo veía incluso relacionándose con la gente del lugar y hasta podía ver cómo, a través de un espejo, intentando no ser detectado, observaba a una chica.
Pensé para mí en la importancia del olvido, que es una herramienta de la psique totalmente infravalorada y hasta desvalorizada, y cómo nos permite reestructurar (cuando todo se nos viene abajo), de algún modo, nuestra vida.
Una tarde que charlábamos me preguntó por mi edad. “37 años”, le dije. Se mostró sorprendido, lo cual fue un mimo para mi vanidad, y me confesó que él se imaginaba unos 30 y pico, pero no 37. Le aseguré que eran raros los 37 porque, en mi caso, a veces sentía (o quería) tener 9, otras pedía entre lágrimas volver a tener 6; la mayoría, tener 17 y, algunas que otras, tener los 90 a los que no llegaré, ahí cerquita. Pero, en fin, 37, aseguré. Se sonrió.
Continué diciendo: bueno, el número 37 en general es raro. Podés creer que cuando a las personas les piden que elijan un número del 1 al 100 hay un altísimo porcentaje de que elijan el número 37; hay versiones (que se pueden comprobar en los evangelios perdidos) que afirman que la verdadera edad de Jesús al morir era 37 años y no 33; la ruleta, como verás, tiene 37 números, pero se decidió quitar el 37 y en su lugar poner el cero (0), para no contaminar al número en un juego no tan bien visto. Todo fue más evidente cuando la ruleta americana, que consta de 38 números, tampoco decidió poner al número 37 y, en su lugar, como si con el 0 no bastara, optó por irracional doble cero (00). En la astrología tiene un factor de orden divino, y continué con análogas e incoherentes comparaciones.
Me sonreí ante tantas pavadas y le pregunté: “¿Y vos cuántos años tenés?”. “16”, dijo.
Mi mente, mientras lo observaba, me llevó a mis propios 16 años. Argumenté que tendría que haber una máquina que nos permita detenernos en el tiempo. Los hombres parecen casi obsesionados con conocer el futuro y también, claro, con volver al pasado, pero no estaría mal una máquina, supongamos (o bien podría ser una píldora), que nos permita detenernos en una edad o en un momento de disfrute que no queremos que termine. No propongo un disfrute eterno, pero no estaría mal alargar un presente en el cual nos sentimos plenos. En mi caso sería, sin dudas, detenerme todo lo que pueda en mis 6 años.
Le conté un cuento de Borges, solo la trama, un poco por arriba. El cuento en cuestión se llama “El milagro secreto”, donde el protagonista, a punto de ser fusilado, pide a Dios en sueño que al menos en su imaginación se le conceda un año para terminar una obra literaria. Se produce el milagro y, si bien en la realidad pasa un instante, en su mente transcurre milagrosamente un año.
Me contó que su profesora de Geografía les dijo algo parecido: que aprovechen esa edad y algo así como que ella misma estaría dispuesta a resignar muchas cosas por volver a su adolescencia. Sin decir nada, asentí con mi cabeza y, por último, concluyó que en agosto cumpliría sus 17 años.
A modo de broma, pero con un gesto serio y de modo formal, le dije: “Bueno, no cumplas, quedate con 16”. Se rió y me preguntó: “¿Cómo hago? Eso es imposible, ¿no?”. “No sé, a ver, dejame pensar. Estamos a principios de junio. ¿Qué día de agosto cumplís los años?”. “El 24 de agosto”, respondió. “Bueno, tenés poquito más de dos meses para buscar una forma de seguir teniendo 16”, dije entre irónico y sagaz. Me miró sorprendido y ambos reímos.
Nos vimos la semana siguiente. Me dio una serie de ideas que había pensado para no cumplir los 17 años o, más bien, para quedarse en sus 16: recuerdo que pensó en poner en su torta de cumpleaños otra vez el número 16, en la cara que pondrían sus compañeros y amigos, pero sobre todo sus padres; también en simplemente no festejarlo y seguir diciendo que él tenía 16; cambiar la fecha de su documento.

Como verán, eran las respuestas de un niño puesto a prueba por un adulto, o más bien por un idiota.
Semana tras semana, en algún momento de nuestros encuentros, le preguntaba sobre si había encontrado nuevas posibilidades para no cumplir años, para detenerse en este presente. Recuerdo y me arrepiento: “¡Estamos entrando a mediados de agosto y nada!”, le dije. Nos sonreímos.
En algún momento, seguramente para dar por cerrado el caso, argumentó con cierto criterio que eso lamentablemente era imposible y que irremediablemente cumpliría 17 y luego 18; y así sin más.
Pensé para mí (aunque no estoy del todo seguro) sobre la categoría imposible, sobre sus implicancias, sobre cómo sin ningún sentido determina supuestos aconteceres; pero a la par supuse que múltiples imposibles fueron materia de análisis, de controversia, de asombro, de obsesión y también de tortuosos tormentos para muchos. Pensé también que hacer que algo que parece imposible se vuelva posible supondría el mismo proceso, tal vez la misma dificultad, que a la inversa: hacer que algo posible se vuelva imposible.
Probablemente solo era un misterioso juego de palabras, no más que eso.
Un imprevisto viaje a la costa y algunas implicancias laborales hicieron que me alejara por unos días de la ciudad y también, claro, de aquel lugar.
Era viernes al atardecer. Necesité, después de unos días agitados, volver a mi lugar, ese que por momentos solía contenerme después de ausentarme por unos días. Llegué abrigado; aún no se había ido el invierno en esta zona del hemisferio sur. Una vez dentro me saqué mi abrigo; sin embargo, creí que hacía más frío que en el exterior. Después me di cuenta de que esa sensación la irradiaba la gente del lugar.
Se me acercó una señora y lanzó, sin ningún preámbulo: “¡Qué tragedia!”. No entendí, pero emití una sonrisa como si fuera una expresión a la que le continuaría alguna pavada. No sucedió.
“¿Con vos charlaba mucho?”, me interrogó, pero más me interrogó con su mirada.
“¿Quién?”, pregunté, pero mi voz me jugó una mala pasada y creo que solo balbuceé.
“El chiquito, el de los ojitos claritos, el de los auriculares grandes que venía acá: es el nene que se mató el miércoles a la noche.”
No dije nada, no me salió nada. Imagino que un microestado de shock. Jacques Lacan diría que tuve un roce con lo real: son esos estados donde la realidad del evento, lo que vemos o escuchamos, se nos hace imposible de poner en palabras.
Estuve no más de 10 o 15 minutos en el lugar. Recuerdo la asfixia temporal y la descompostura del momento. ¿A quién preguntar? ¿A dónde ir?
Hace unos meses que, por motivos personales, no uso celular. Me conecto remotamente a través de un televisor o con un celular en la casa de mi madre, que uso ocasionalmente para dos redes sociales. Opté por ir a lo de mi madre. Tomé su celular y accedí a mi cuenta de Facebook. No encontré nada. Tampoco sabía el nombre del joven con el que durante meses había charlado.
Recordé que una cuenta de noticias que sigo por la red social Instagram publica los aconteceres necrológicos de la ciudad. Mi madre tomaba mates frente a mí y me preguntó qué me pasaba: mis manos sudorosas temblaban. “Qué mierda es esto”, pensé.
Ahí estaba: “Andrés Meireles, de 16 años, falleció en Benito Juárez, el día 23 de agosto de 2024”.
Con mis ojos entorpecidos por las innumerables lágrimas que brotaban en mí, continué leyendo. Mi madre no entendía nada; yo creo que tampoco.
Busqué, ahora que supe su nombre, su Instagram personal. Vi su foto de perfil, con una sonrisa en algún soleado atardecer de la costa; otra (una selfie) lo había detenido en su cama con una guitarra y unos enormes auriculares; otra quizá era en una plaza alzando una perrita negra.

Leí para mí, como pude, algunas de sus últimas publicaciones y el vértigo se apoderó de mí:
Eternos 16
Y su última publicación:
Ustedes no saben, no podrán saber qué pasó por mi mente, cómo se sucedieron este y otros hechos no menos atroces. Yo tampoco.
Por estos días sigo leyendo y sobre todo pensando en los cercanos, delicados y vertiginosos límites entre la realidad y la fantasía; entre lo posible e imposible; entre las causas y los efectos; entre la ironía y la reticencia; entre un último beso y una distancia. Entre el recuerdo y el olvido.
Entre la vida y la muerte.
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Si vos o alguien que conocés está atravesando una crisis emocional o necesita ayuda, no tiene que enfrentarla en soledad.
En Argentina funciona el Dispositivo Nacional de Orientación y Apoyo en la Urgencia de Salud Mental, a través del 0800-999-0091, gratuito, con atención profesional las 24 horas, los 365 días del año y alcance federal.
También se puede recurrir al Centro de Asistencia al Suicida: 135 desde CABA y Gran Buenos Aires, o (011) 5275-1135 / 0800-345-1435 desde todo el país. La atención es personal, confidencial y anónima.
Ante una emergencia o riesgo inmediato, se recomienda acudir a una guardia de salud o comunicarse con el servicio de emergencias correspondiente; también podes contactarte al 911 para emergencias y al 107/SAME.