Alemania fue admitida en la Sociedad de Naciones el 8 de septiembre de 1926 y recibió un asiento permanente en su Consejo. El acontecimiento, celebrado en Ginebra, parecía confirmar que Europa podía dejar atrás las fracturas de la Primera Guerra Mundial mediante negociación, garantías colectivas y reconocimiento mutuo.
La organización había nacido en 1920 como parte del sistema internacional creado después del Tratado de Versalles. Su objetivo era resolver disputas antes de que se transformaran en guerras, promover el desarme y proteger la independencia de sus integrantes. Como potencia derrotada, Alemania quedó inicialmente fuera de la institución y del esquema de cooperación construido por los vencedores.
Esa marginación alimentó el resentimiento dentro de una república joven, golpeada por las reparaciones, la inflación y la violencia política. El ministro de Relaciones Exteriores Gustav Stresemann entendió que recuperar influencia exigía combinar la revisión gradual del orden de posguerra con la cooperación internacional. Su principal interlocutor fue el francés Aristide Briand.
El paso decisivo llegó con los tratados de Locarno de 1925. Alemania aceptó sus fronteras occidentales con Francia y Bélgica, mientras el Reino Unido e Italia ofrecieron garantías frente a una eventual agresión. La entrada a la Sociedad de Naciones formaba parte de ese acercamiento y permitió que Berlín volviera a participar formalmente en las grandes decisiones europeas.

La llegada de la delegación alemana a Ginebra se convirtió en un símbolo de reconciliación entre antiguos enemigos. Stresemann y Briand recibieron el Premio Nobel de la Paz de 1926 por sus esfuerzos para estabilizar las relaciones entre sus países.
Sin embargo, aquella arquitectura tenía debilidades. Las fronteras orientales de Alemania no contaban con las mismas garantías que las occidentales y Estados Unidos nunca ingresó a la organización que había sido impulsada originalmente por su presidente Woodrow Wilson.
Pero aquella etapa duró menos de una década. La crisis económica iniciada en 1929 multiplicó el desempleo, fortaleció los nacionalismos y debilitó a las democracias europeas.

Adolf Hitler llegó al poder en enero de 1933 y ese mismo año anunció la retirada alemana de la Sociedad de Naciones. El régimen nazi abandonó progresivamente la política de integración, aceleró el rearme, desafió las restricciones impuestas después de la Primera Guerra Mundial y emprendió una expansión territorial que terminó conduciendo a Europa hacia otro conflicto.
La organización tampoco logró detener las agresiones protagonizadas durante esos años por Japón, Italia y otras potencias. Sus decisiones dependían de Estados que no siempre estaban dispuestos a aplicar sanciones o asumir los costos necesarios para defenderlas. La seguridad colectiva existía en los tratados, pero perdía eficacia cuando los propios gobiernos decidían ignorar sus reglas.
La Sociedad de Naciones fue disuelta oficialmente en 1946 y parte de sus funciones, bienes y experiencia institucional pasó a las Naciones Unidas. A un siglo de la admisión alemana, el episodio resume las contradicciones de la Europa de entreguerras. Incorporar a Alemania buscaba sustituir el aislamiento por cooperación y reconstruir relaciones entre países que pocos años antes se habían enfrentado en los campos de batalla.
Su fracaso posterior no demostró que el diálogo fuera inútil, sino hasta qué punto cualquier sistema internacional depende de que sus integrantes estén dispuestos a sostener las reglas incluso cuando hacerlo tiene un costo.