Hay una fascinación nueva en el aire: dicen que la inteligencia artificial programa sola. Que tirás dos frases y la máquina te levanta un sistema entero antes de que se enfríe el café.
A esta moda le dicen vibe coding: tirarle frases sueltas a la máquina y ver qué sale. Le pedís cosas, te escupe 500 líneas de código, no entendés un pomo de lo que escribió, pero como la pantalla prende luces de colores y parece que anda, le das Enter y te vas a dormir sintiéndote Steve Jobs.
Es una trampa monumental.
Es lo mismo que decirle a una cuadrilla de albañiles: «Háganme una piecita en el fondo, vayan viendo sobre la marcha». En dos tardes tenés cuatro paredes. Al mes se te raja el techo, se te inunda la cocina y hay olor a gas. Porque nadie se sentó a hacer un plano.
Es el caso de una empresa que armó su plataforma de facturación con IA, sin arquitecto ni especificación. En una semana tenían un prototipo que encandilaba en la demo. Al mes, en producción, el sistema duplicaba facturas, se caía con veinte usuarios y dejaba los datos de clientes a la intemperie. Lo que parecía un logro fabuloso terminó siendo un desastre que comprometió la confianza de sus clientes y la reputación de la empresa.
El vibe coding piensa una sola movida. Es la diferencia entre jugar al ajedrez mirando solo la próxima jugada y jugar pensando quince movidas por delante. La especificación calcula antes: qué pasa si entran diez clientes juntos, dónde puede fallar la seguridad, qué rompe el sistema tres pasos después.
Durante cincuenta años, armar sistemas fue carísimo porque faltaban manos para escribir código línea por línea. Hoy la IA convirtió el tecleo en commodity.
Cuando algo abunda, deja de valer. El valor se muda a lo que sigue siendo escaso: saber qué problema resolver, que el sistema no se caiga, que no te vacíen las cuentas por una puerta abierta, y el criterio para darte cuenta de si lo que hizo la máquina sirve o es una bomba de tiempo.
El problema ya no es si tenemos las manos para construir. Es si tenemos la cabeza para saber qué.
Marshall McLuhan decía que nosotros moldeamos a nuestras herramientas y después nuestras herramientas nos moldean a nosotros.
Durante décadas dijimos: «No llegamos a especificar bien porque estamos tapados picando código». Esa coartada se terminó. La IA se está comiendo el trabajo repetitivo y sin valor. Lo que queda, lo único que queda, es si sabías qué había que construir antes de pedirle a la máquina que lo construya.
Construir ahora es gratis, doña Rosa. Pero asegúrese de tener un plano decente en la mano, porque si la pared se viene abajo, el techo que se rompe sigue siendo el suyo.