Antes, la disputa periodística consistía en tener primero la noticia. Hoy, la verdadera competencia parece ser otra: adelantarse a instalar qué debe ser considerado verdad.
Quien consigue definir primero un acontecimiento, un proyecto o una decisión política tiene enormes posibilidades de que esa interpretación quede fijada en la sociedad. Después podrán aparecer los datos, las explicaciones y los desmentidos, pero quien responde ya lo hace desde atrás y obligado a defenderse.
Lo vimos en su momento en la Argentina, con la discusión sobre la Ley de Tierras. Sirve apenas como ejemplo de cómo se construye esta dinámica. El Gobierno tenía la obligación de explicar la ley que proponía: su alcance, sus objetivos y, especialmente, aquellos puntos que podían generar dudas. No como respuesta a la oposición, sino como una responsabilidad elemental de quien gobierna. Al no hacerlo de manera suficiente y a tiempo, dejó un vacío que la oposición ocupó con su propia interpretación, presentándola no como una mirada posible sobre la ley, sino como la verdad acerca de ella.
Muchas veces, quienes creen tener la razón consideran redundante explicar lo que debería resultar evidente. ¿Para qué aclarar lo que ya está claro? ¿Para qué demostrar lo que se cae de maduro? El problema es que, en esta época, hasta lo obvio necesita ser explicado. Y a veces también reiterado.
Durante siglos pensamos la verdad como algo que debía descubrirse. Hoy parece tratarse como algo que puede construirse, difundirse y ocupar. Ya no importa solamente qué ocurrió, sino quién logró darle primero un significado a lo ocurrido. El hecho queda en segundo plano; lo que domina es el marco desde el cual se nos obliga a mirarlo.
La verdad debería sostenerse por su correspondencia con la realidad. Sin embargo, en la conversación pública comienza a valer por su capacidad de circular, emocionar y repetirse. Lo verdadero deja de ser aquello que puede demostrarse y pasa a ser aquello que consigue imponerse.
Tampoco se exige coherencia. Una persona puede sostener hoy una certeza incompatible con la que defendió ayer y, mañana, abrazar otra completamente contraria. Cada afirmación funciona de manera aislada: sirve mientras permita señalar, condenar o reforzar una identidad. Ya no se busca comprender la realidad, sino encontrar una versión de ella que confirme aquello que previamente se decidió creer.
Por eso, tener razón ya no alcanza. La verdad no habla sola, no se defiende sola ni necesariamente se impone por el simple paso del tiempo. Incluso aquello que parece evidente necesita ser explicado, demostrado y, aunque resulte redundante, repetido.
Porque cuando alguien se adelanta a imponer su relato como verdad, el silencio del otro no es prudencia: es dejarle el terreno libre.