Una casa, unos padres que proyectaron allí su vejez y un hijo que siente que nunca podrá acceder a una propiedad por sus propios medios. Sobre ese conflicto Martín Slipak construyó Ambiente, la obra que escribió y dirigió y con la que trasladó al teatro una inquietud que excede la ficción para tocar de cerca su propia historia familiar.
El punto de partida es incómodo. Un hombre de treinta y tantos años les pide a sus padres que vendan la casa familiar y compren dos departamentos. Su razonamiento es tan crudo como reconocible: siente que, de otra manera, solamente podrá convertirse en propietario cuando sus padres mueran y reciba una herencia.
“Es alguien que se dio cuenta que nunca va a poder comprarse algo, a menos que los padres mueran, a menos que lo herede”, explicó Slipak durante su visita a El Living de NewsDigitales. El personaje, agregó, se resiste justamente a vincular “el deseo de tener algo” con la ausencia de sus padres. La contraparte son esos adultos que planificaron su vejez en la casa, no se sienten en condiciones de mudarse y también tienen razones para defender el hogar en el que construyeron su vida.
Ese conflicto familiar toma cuerpo sobre el escenario con Paco Gorriz, Mauricio Minetti y Maitina De Marco, los tres intérpretes que Slipak tenía en mente mientras escribía Ambiente. Gorriz encarna al hijo que propone vender la casa familiar, mientras Minetti y De Marco interpretan a los padres que deben decidir hasta dónde modificar su propia vida para responder al planteo de la siguiente generación.
La tensión le permite a Slipak poner sobre el escenario una problemática que identifica especialmente con su generación: la dificultad para acceder a una vivienda y el peso creciente del alquiler. Pero Ambiente evita resolver el conflicto a favor de alguno de sus protagonistas. “Los tres tienen razón”, remarcó el director, quien buscó deliberadamente no decirle al público “esto está bien, esto está mal”.
Esa es, para Slipak, la pregunta que finalmente deja planteada Ambiente. Y detrás de ella aparece una dimensión mucho más íntima: “Es una obra que yo escribo siendo hijo y siendo padre”.
La relación con su propia hija atraviesa buena parte de esa búsqueda. Durante la entrevista, el actor reconoció que el acceso a una vivienda se convirtió para él en una preocupación personal que trasciende el escenario.

“Mi gran anhelo es dejarle a mi hija un techo. Es como mi gran deseo en la vida”, confesó. Slipak explicó que considera que garantizarle un lugar donde vivir puede ser “la protección más grande que un padre le puede dar a un hijo en el mundo en el que vivimos”, más allá de la educación, los valores y la importancia del esfuerzo personal.
“Yo decidí traerla al mundo y me parece que parte de protegerla es dejarle un lugar para que viva”, profundizó. De esa manera, el conflicto patrimonial que presenta Ambiente deja de ser únicamente una construcción dramática: también está atravesado por las preguntas que el propio autor se formula sobre qué recibió como hijo y qué podrá dejar como padre.
Slipak define Ambiente como una obra urbana que se anima a abordar una “puja patrimonial” dentro de la clase media. Para el autor, ese tipo de conflictos suele representarse desde los extremos sociales, mientras que existe una zona más ambigua en las familias de clase media: puede haber patrimonio acumulado por una generación y, al mismo tiempo, enormes dificultades para que la siguiente construya el propio.

“Mis padres inevitablemente tienen mucho que ver en esta obra”, reconoció. Ese vínculo no quedó solamente plasmado en la escritura. También llegó físicamente al escenario a través de su madre, Nancy Alpern, cuya pintura forma parte de la puesta.
Slipak contó que creció rodeado de sus cuadros y que ese vínculo con las artes plásticas influyó incluso en una decisión dramática: la madre de Ambiente también pinta. Para construir ese universo, realizó bocetos y se los entregó a Alpern, quien creó las obras que finalmente aparecen en escena.
“Me pareció hermoso pedirle a mi mamá los cuadros de la obra”, contó. Las pinturas fueron realizadas teniendo en cuenta tanto los dibujos de Slipak como el espacio teatral y terminaron convirtiéndose, según el director, en “un gran atractivo” de la puesta.
La participación tiene además un componente de legado artístico. Slipak contó que su madre le transmitió el interés por las artes plásticas, una afición que mantiene hasta hoy como coleccionista y espectador. De esa manera, Ambiente termina reuniendo sobre un mismo escenario tres generaciones y distintas formas de pensar el legado: los padres y aquello que construyeron, un hijo que se pregunta qué recibió y una hija que lleva a Slipak a preguntarse qué podrá dejar.

La elección del teatro tampoco resulta casual. Slipak lo define como una “ceremonia ancestral” y reivindica la posibilidad de que la obra continúe modificándose a partir del encuentro con los espectadores. “Yo te cuento un cuento a vos que estás a tres metros de distancia y no hay más secreto que eso”, sintetizó sobre esa relación.
En Ambiente, esa cercanía coloca al público frente a una discusión que el autor deliberadamente deja sin resolver. La vivienda puede ser patrimonio, seguridad, esfuerzo acumulado, independencia o herencia. Y en medio de esas interpretaciones aparece la pregunta que conecta la ficción con su propia familia: qué significa hoy tener un hogar y hasta dónde llega la responsabilidad de una generación con la siguiente.
