20/09/2026 - Edición Nº1321

Opinión


Debate sobre el peronismo

El tercer Perón, entre Pigna y Duzdevich: la historia que aprendimos a leer

20/09/2026 | Las declaraciones de Felipe Pigna reabrieron el debate sobre el último Perón, los años 70 y una interpretación histórica que todavía atraviesa al peronismo.



Las últimas declaraciones de Felipe Pigna sobre “el tercer Perón” reavivaron un debate que cuestiona, ya no la opinión personal del popular historiador, sino una versión de la historia reciente totalmente asimilada por propios y ajenos. La idea venenosa de que Perón “nos traicionó”. Quienes llegamos a la vida política durante los años del kirchnerismo no dudamos, matices mediante, en reconocernos peronistas. Tal vez haya sido la última gran incorporación masiva a aquella tradición. Para quienes no la habían recibido por sangre, apellido o a través del recuerdo de algún abuelo, el peronismo parecía ofrecer un camino argentino, con toda su excentricidad, su grandeza y también con esos sueños, a veces desmesurados. Con el tiempo, sin embargo, empezó a crecer en nuestra generación cierta sospecha hacia quienes explicaron qué era el peronismo casi siempre en detrimento de la figura del propio Perón y de su legado. La pregunta era sencilla ¿Por qué querríamos ser peronistas “a pesar” de Perón?

En su temprana revisión de los años 70 y de sus fracasos, el relato del establishment progresista que se impuso desde el retorno de la democracia hasta nuestros días convirtió a los jóvenes de la Tendencia en campeones de la democracia y promotores anticipados de los derechos humanos, y al último Perón en la coartada perfecta para explicar el fracaso de aquella generación de jóvenes idealistas que quiso pero no pudo. También ofrecía un punto de convergencia perfecto para gorilas de izquierda y de derecha, porque aquella reconstrucción terminaba dándoles la razón, en retrospectiva, a quienes habían señalado desde el primer día que el hombre que inspiró el 17 de octubre no era otra cosa que un “tirano”, “un dictador” o en el mejor de los casos “un fraude”.

El debate sobre la legitimidad de sostener la lucha armada frente a un gobierno elegido democráticamente por el 62% de los votos, o sobre el asesinato a traición de Rucci apenas días después, quedaba fuera del radar de los historiadores por resultar demasiado inoportuno. Mucho menos se hablaba de la enorme gesta, tantas veces invisibilizada, de la resistencia peronista, encabezada principalmente por los sindicatos durante los 18 años de proscripción, cuando hasta el nombre de Perón estaba prohibido y buena parte de aquella juventud ni siquiera había nacido.

A esta versión de la historia, que compramos cara durante el largo período de la posdictadura, Aldo Duzdevich la llama “el Billiken Montonero”. Sus principales escribas fueron los Bonasso, los Verbitsky y los José Pablo Feinmann, entre otros intelectuales que durante años gozaron de enorme prestigio en el universo cultural y político cercano a los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner. El propio Duzdevich describe ese relato como una historia de “héroes, víctimas y traidores”, con Perón ocupando casi siempre este último lugar.

Varios años antes de que Juan Manuel Abal Medina publicara Conocer a Perón, ya circulaba entre muchos amigos el PDF de La Lealtad. Los Montoneros que se quedaron con Perón, de Duzdevich, Norberto Raffoul y Rodolfo Beltramini. Ambos libros fueron decisivos para empezar a desconfiar de aquella revista infantil que alternaba entre dos versiones del mismo personaje; la de un Perón deprimido, senil e influenciable —a la que hace referencia Pigna— y la de un Perón decididamente facho, capaz de borrar con el codo lo que había construido con sus propias manos durante treinta largos años justo el día en que “echó” de la Plaza a los jóvenes que lo insultaban.

Siempre se reprocha el eterno retorno a los 70, a esa vieja interna sangrante del peronismo durante los años previos al terrorismo de Estado. Nadie vuelve sobre ella por un afán melancólico, sino reparatorio. Así como reconocemos, equivocados o no, el coraje que tuvo la generación del 70, y así como nunca dejamos de reclamar justicia por los crímenes de la dictadura genocida, marchando cada 24 de marzo desde hace al menos veinte años, también, como herederos de esa tradición, se hace necesario hablar del último Perón.

Juan Domingo Perón junto a José Ignacio Rucci, bajo el histórico paraguas, durante su regreso definitivo a la Argentina en 1973.

Del último Perón que, después de 18 años de proscripción y de un largo y penoso exilio, volvió para ganar la histórica elección de 1973 con casi el 62% de los votos. Del último Perón que se abrazó con su viejo adversario, Ricardo Balbín, que había obtenido el 24%. Del Perón que hizo de la armonización entre el capital y el trabajo la base de un modelo de producción y desarrollo, y que encontró en el Pacto Social entre la CGT y la CGE una de sus principales herramientas. Del Perón que proyectó en el Plan Trienal una Argentina industrial, integrada y con vocación de potencia. Del Perón que buscó recuperar para el Estado resortes centrales de la economía, puso el crédito al servicio de una estrategia de desarrollo y volvió a colocar el comercio exterior dentro de una política nacional. Del Perón que retomó vínculos con Cuba, desafió el aislamiento continental impuesto a la isla y volvió a pensar a la Argentina con una política exterior propia. Del Perón, en definitiva, que regresó, con 77 años, no para administrar la decadencia sino aun con el deseo, acaso desmesurado por su salud, de volver a ordenar el país alrededor de un proyecto nacional.

No conviene olvidar que en su testamento político, el Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, publicado en 1972, Perón escribió sobre piedra: “Para un argentino no hay nada mejor que otro argentino”, porque siempre, primero, está la patria. Ahora, con el diario del lunes, uno se pregunta ¿Por dónde se corría por izquierda a Perón? ¿Cuál era el programa económico superador de la Tendencia? Y si entre Perón y Balbín reunían el 86% de los votos, ¿Con qué pueblo pensaban hacer la revolución? Hay que darle un cierre a esto.

La desperonización democrática

Si la Libertadora del 55 fracasó en su intento de desperonizar al pueblo argentino mediante bombas, fusilamientos y proscripción, el proyecto refundacional del alfonsinismo en los años 80 ‘s a través de la llamada “convergencia democrática”, también se propuso desperonizar culturalmente a la sociedad argentina, disputándole su histórica base social y sus banderas históricas. Sin ir más lejos una de las operaciones intelectuales más exitosas del Grupo Esmeralda, cercano a Alfonsín, fue precisamente correr el eje de la contradicción principal de la política argentina. Ya no se trataba de Liberación o Dependencia, sino de Democracia o Autoritarismo. De esta forma la democracia pasaba a constituirse en el nuevo principio ordenador de la vida política después de la dictadura. Los Bonasso, los Verbitsky, y los José Pablo Feinmann también colaboraron con esa teoría del alfonsinismo para dejar a Peron del lado de los malos, de los autoritarios, de los fachos. En definitiva, como señala Duzdevich en Lealtad, por derecha y por izquierda, el objetivo siempre fue deslegitimar al peronismo como movimiento de liberación nacional, y para ello siempre empezaron por operar en la historia.

En su último libro, La agonía del peronismo, Jorge Rulli hace un largo descargo contra los “neoperonistas”. Desde aquellos que le disputaron la conducción a Perón en vida hasta quienes, después de la muerte del viejo líder, todavía reclaman para sí una parte de su herencia, desconociendo que, si existe un heredero, es el pueblo argentino. Aunque Rulli murió injustamente marginado del primer plano de la política argentina, durante todos esos años nadie consiguió correrlo por izquierda.

En 2018 escribía: “Entre tantos dispuestos a asumir la herencia vacante como propia, existe una categoría que me irrita particularmente, la de los que pretenden ser peronistas, cultivando un perceptible rechazo a la figura de Perón y, aún peor, una obstinada negación de sus enseñanzas. Tal vez esos rechazos sean memorias de viejas incomprensiones y oscuros rencores de la década de 1970, tal vez sean algo mucho más personal e inconfesable: lo importante es que no son gratuitos, porque nos conducen como pueblo a nuevos atolladeros, tal como este en el que ahora nos encontramos”.

Continúa Rulli: “No es un problema de definiciones o de patrimonios lo que estoy planteando, no es un problema de logos o de banderías; se advierte entre alguna fauna de lo nacional y popular que abundan los guevaristas, los evitistas, los gramscianos, los marxistas-leninistas, los liberales, los nacional-desarrollistas, los mandarines de la sociología, todos parecen tener su propia legitimidad en este circo. Lamentablemente, el problema es que la mayoría de ellos no pareciera tener la menor idea de lo que es el arte de la conducción, y de cómo se genera un proyecto nacional”.

Quizás, después de tantos años, la discusión siga siendo en el fondo mucho más sencilla. A Perón se lo puede discutir, revisar y hasta impugnar en muchos de sus actos, porque ningún liderazgo atraviesa la historia sin errores ni contradicciones. Clausurar esas discusiones sería confundir lealtad con obediencia. Aun así, quienes se sientan herederos de esa tradición deberán dejar de caer en la trampa de explicar al peronismo prescindiendo de Perón. Como si su pensamiento, su obra y su experiencia histórica fueran apenas una incomodidad que hay que sortear para poder reivindicar todo lo demás. Porque si una tradición necesita pedir disculpas permanentemente por quien le dio forma, tal vez el problema no sea Perón, sino los intermediarios a través de los cuales aprendimos a leerlo.

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