21/09/2026 - Edición Nº1322

Política

Ensenada

"Fue idea del Señor": fracasó, no tenía nada y resucitó con $50.000 y una señal de Dios

21/09/2026 | Gabriela tiene 23 años y cuenta su particular historia. Un monto de la AUH fue clave. "Muchos van a decir que estoy loca", afirma.



Gabriela tiene 23 años, es mamá soltera de una nena de 3 años y hace diez años que emprende.

Empezó cuando apenas tenía 13. Recuerda que allí viajó a Once para comprar conjuntos y bombachas que después vendió. Desde entonces, pasó por una larga lista de productos, trabajos y pequeños negocios con un objetivo que nunca cambió: tener algo propio.

"Desde chiquita emprendí. Amo emprender. Siempre vendí cosas diferentes", cuenta la joven de Ensenada en diálogo con NewsDigitales.com.

Medias y bombachas. Cosas para el mate. Artículos de bazar y librería. Pan casero. Ropa. Ropa usada. Helados. Panificados. Gabriela fue probando, cambiando y buscando alternativas cada vez que una puerta se cerraba.

Hoy tiene un emprendimiento que nació de una manera particular: mientras rezaba, asegura que tuvo una señal que interpretó como una indicación de Dios. La siguió, aun cuando al principio pensó que no iba a funcionar.

Punta Lara es una localidad balnearia argentina del partido de Ensenada, en la provincia de Buenos Aires.

Diez años buscando la manera de tener algo propio

Para Gabriela, emprender no comenzó como una estrategia de negocios ni como una moda. Fue algo que apareció temprano.

"Mi sueño es siempre ser mi propia jefa y tener un negocio propio el día de mañana. Y cuando pueda estar un poco más cómoda, estudiar y recibirme de algo", explica.

Pero el camino estuvo lejos de ser sencillo. Durante años buscó trabajo formal y envió currículums a distintos lugares. Sin demasiadas respuestas, también encontró alternativas en la venta informal.

"El tema está difícil. He tirado CV en miles de lados y nada. Siempre digo que si no sos conocido de alguien, no te abren las puertas", relata.

En una Navidad, antes de ser mamá, llegó incluso a vender ropa usada en Plaza Italia. Aquella jornada quedó grabada en su memoria por una razón sencilla y concreta: con lo que consiguió vender pudo comprar comida para esa noche.

Los emprendimientos que no funcionaron y los momentos de desesperación

Gabriela también tuvo empleos. Trabajó cuidando adultos mayores y luego ingresó a una empresa de limpieza. Mientras tanto, intentaba sostener sus emprendimientos cuando podía.

Pero muchas veces las cosas no salían. "Cualquier emprendimiento que arrancaba me iba mal", cuenta. También recuerda que no siempre encontró apoyo en su entorno. "Hay personas que apoyan y otras que no lo hacen y a veces son las que más cerca están de vos".

Con el tiempo llegó un momento en el que sintió que no podía continuar: "Me sentía muy mal. Llegó un momento en que mi esperanza se borró".

Fue entonces cuando su vida tomó otro rumbo. Gabriela cuenta que se convirtió al cristianismo y comenzó a atravesar sus dificultades desde la fe: "Empecé a preguntarle al Señor qué tengo que hacer".

Mientras criaba a su hija, volvió a vender ropa usada y comenzó a hacer vivos en redes sociales. La actividad funcionó durante un tiempo, pero finalmente tuvo que dejarla porque llevar a su hija de un lado para otro hacía cada vez más difícil sostenerla.

Después llegó el trabajo de limpieza: "Me hacían hacer de todo. Me mandaban a diferentes edificios y era llegar matadísima a casa. No era vida. Y encima el sueldo era pésimo".

Terminó renunciando porque el ingreso no le alcanzaba. "No llegaba ni a la semana del mes. Me pagaban más con la AUH que el sueldo. Imaginate", grafica.

"Señor, dependo de vos"

En ese momento, Gabriela asegura que empezó a apoyarse todavía más en su fe. "Señor, dependo de vos", repetía.

Poco después, aprovechó una heladera grande que tenía en su casa para comenzar a vender helados. Le fue bien durante aquel verano y luego apareció otra oportunidad: vender pan y facturas.

Pero nuevamente llegaron los problemas. Una situación complicada con su expareja la dejó prácticamente sin dinero y tuvo que empezar otra vez desde cero.

Fue entonces cuando ocurrió algo que Gabriela recuerda especialmente. "Algo me decía: 'Abrí Banco Nación'. Y cuando ingreso tenía depositados 140 mil pesos, que era algo que me había quedado del Progresar".

Con ese dinero compró mercadería y volvió a vender pan, bizcochitos, trenzas y medallones: "Gracias a Dios pude comenzar de nuevo. Me había quedado sola y ahora tenía que sustentarme todo". Pero ese emprendimiento también terminó cerrando. Era una seguidilla de fracasos que no se detenía. “Estaba desesperada”, recuerda Gabriela.

Volver a trabajar con su mamá

Sin trabajo y nuevamente sin ingresos, Gabriela empezó a colaborar con su mamá, que tenía experiencia en el rubro gastronómico.

La relación laboral no siempre fue sencilla. "Con mi mamá por ahí era como un choque constantemente", admite.

Sin embargo, una nueva oportunidad apareció cuando su madre recibió un pedido para elaborar 100 pizzas por día para una pizzería.

"Me llamó y me dijo: 'Mirá, tengo que hacer para una pizzería 100 pizzas por día'. Y yo le dije: 'Bueno, dale, voy, te ayudo'".

Gabriela comenzó a preparar las masas, estirarlas y hornearlas. Pero en paralelo sentía que necesitaba encontrar un camino propio. "Un día le dije al Señor: 'Yo no quiero seguir acá. Estoy agradecida, pero quiero algo más'". Y ahí apareció la idea que cambiaría su presente.

La señal de las pizzas para hornear

Gabriela cuenta que estaba orando cuando tuvo una imagen muy concreta: "Clarito el Señor me muestra pizzas para hornear".

La primera reacción no fue entusiasmo. Fue duda. "No quería hacer pizzas para hornear porque en la cuadra donde estoy es una calle entrecortada y decía: 'No me va a ver nadie'. Además, no tenía movilidad, no ando en bici, nada", señala.

Pero decidió probar. "Bueno, voy a intentar. Confío en vos", se daba aliento en aquel momento.

Con unos 50 mil pesos que le quedaban de la asignación de su hija, compró los primeros insumos y un cartel. Preparó tres pizzas de muzzarella y tres especiales.

"Me puse en la avenida, en Almirante Brown y esquina 10, e intento. Dije: 'Señor, si es tu idea, me vas a mandar clientes'", trataba de confiar Gabriela.

No tuvo que esperar demasiado: "Estuve 20 minutos en la avenida y vendí las seis". Al día siguiente llevó ocho. También las vendió en menos de media hora. Después fueron diez. "Cuando quería acordar, no eran ni las siete de la tarde y no tenía más pizza", explica.

De seis pizzas a producir hasta 60

El pequeño puesto empezó a crecer casi sin que Gabriela pudiera anticiparlo. Primero fueron 15. Después 16. Luego 17. Los clientes comenzaron a pedir nuevos sabores y aparecieron la calabresa y la de cebolla.

Con el tiempo también llegaron almacenes, kioscos y otros comercios que comenzaron a pedirle pizzas: "Así empezó a crecer, a crecer y hasta el día de hoy estoy vendiendo entre 30 y 40 pizzas".

La producción puede ser todavía mayor. "Cada dos o tres días estoy haciendo entre 50 y 60 pizzas y para vender en la avenida me estoy llevando 30, 35", cuenta.

No todos los días son iguales. Algunos termina rápidamente con toda la producción; otros vende apenas unas pocas.

De todas formas, Gabriela insiste en que no considera que este emprendimiento haya sido producto de una gran estrategia comercial: "Fue su idea, porque esta vez de verdad fue su idea y yo obedecí a esa idea".

Ella misma reconoce que su explicación puede resultar difícil de comprender para alguien que no comparte sus creencias.

"El que es creyente me va a entender y el que no me va a decir que soy una loca bárbara", dice con algunas risas.

Pero no parece preocuparle demasiado: "Cuando clamé verdaderamente a Dios, él me respondió". Y agrega: "Gracias a Dios le pude comprar una tele a mi hija. De a poco voy arreglando mi hogar. Son un montón de cosas".

“Yo lo que veo es que la falta de trabajo es notable. Cada vez que hay un trabajo, son tres cuadras de fila", dice sobre el panorama más amplio que observa en su zona.

"Yo, gracias a Dios, voy remontando, pero tampoco tiro manteca al techo", aclara. Y quizás ahí está la parte más terrenal de su historia. El emprendimiento funciona, crece y le permite proyectar, pero Gabriela todavía tiene que levantarse cada día, producir, salir a vender y aceptar que no todas las jornadas terminan igual.

Y concluye: "Muchas veces sentimos que ya no damos más, que no sabemos qué más hacer, que no hay solución a nada. Pero siempre lo digo: desde que conocí a Cristo, la solución es Jesús. A todo, la solución siempre va a ser y será Jesús".

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