El presidente Abelardo de la Espriella convirtió a la familia en uno de los ejes culturales de su Gobierno desde su llegada al poder. En su discurso de posesión planteó una “batalla cultural” para recuperar, entre otros elementos, el valor de la familia, el mérito, la disciplina y la responsabilidad individual. Pero detrás de esa discusión sobre valores aparece otro fenómeno menos ideológico y mucho más concreto: Colombia está atravesando una transformación demográfica que reduce el tamaño de sus hogares y el número de niños que nacen cada año.
Las cifras del DANE muestran la magnitud del cambio. Colombia registró 433.678 nacimientos en 2025, un 4,5% menos que el año anterior, mientras la tasa global de fecundidad cayó hasta 1,0 hijo por mujer, muy por debajo del nivel de reemplazo poblacional de 2,1. Al mismo tiempo, el hogar promedio pasó de 3,10 personas en 2019 a apenas 2,82 en 2025. Los datos colocan el debate sobre la familia también en un terreno demográfico y económico, no únicamente cultural.
El programa con el que De la Espriella llegó a la Presidencia conecta esa visión familiar con medidas materiales. Su plataforma planteó que quienes cuidan de una familia tengan acceso a seguridad, atención sanitaria y crédito para vivienda popular. El documento programático también presentó la idea de una “Colombia país de propietarios”, con préstamos al 2% anual para hogares de estratos 1 y 2. Se trata de propuestas formuladas durante la campaña cuya aplicación y alcance deben evaluarse durante el Gobierno.
La vivienda aporta un dato particularmente relevante para ese planteamiento. En 2025, el 40,8% de los hogares colombianos vivía en arriendo o subarriendo, mientras el 38,1% ocupaba una vivienda propia, incluyendo tanto las completamente pagadas como las que todavía estaban siendo financiadas. En ese contexto, el discurso presidencial sobre fortalecer las familias puede analizarse también desde las condiciones económicas necesarias para formar y sostener un hogar, y no solamente desde la composición de ese hogar.
El propio programa de De la Espriella introduce una distinción importante. Aunque el presidente señala que su formación personal se basa en la familia tradicional, su documento reconoce las decisiones de la Corte Constitucional sobre el matrimonio igualitario y sostiene que corresponde respetar la legislación vigente. También afirma que no corresponde al presidente decidir a quién pueden querer los colombianos ni cómo deben criar a sus hijos. En educación, en cambio, propone excluir de las escuelas públicas aquello que denomina “ideología de género”, aunque diferencia esa posición de la educación sexual y reproductiva, a la que reconoce una función estatal en la protección de niños y adolescentes.

Las estadísticas obligan, además, a que cualquier política familiar opere sobre una sociedad heterogénea. Los hogares biparentales siguen siendo el grupo más numeroso y representan 51,3% del total, pero el 24,3% son monoparentales y el 20,2% están formados por una sola persona. Además, el 46,4% de los hogares reconoce a una mujer como jefa y, dentro de ese grupo, el 69% no cuenta con cónyuge o pareja. El desafío para el Gobierno será convertir su énfasis cultural en resultados medibles en vivienda, seguridad, salud, educación y cuidados, al tiempo que esas políticas alcanzan a las distintas estructuras familiares reconocidas por la realidad estadística y el marco legal colombiano.