Cada camiseta, cada bandera y cada gesto ayudan a mantener vivo un reclamo que nunca debió abandonar la agenda internacional. Pero no debemos confundir visibilidad con soberanía.
Ni los artistas ni los deportistas tienen la obligación de ponerse la camiseta. Si lo hacen, bienvenido sea. Pero no son ellos quienes deben conducir la “batalla” diplomática, ni podemos convertirlos en héroes mientras les exigimos a las autoridades apenas declaraciones de ocasión.
Las disputas diplomáticas se juegan en los escenarios diplomáticos.
Malvinas vuelve hoy a instalarse por una combinación excepcional de circunstancias. El Reino Unido atraviesa un período de debilitamiento político y geopolítico. Donald Trump, uno de los jugadores más astutos y pragmáticos del tablero internacional, encontró allí un punto de presión: si Londres no acompaña sus exigencias estratégicas ni asume el gasto que reclama para la OTAN, Washington podría revisar su posición frente a las islas.
No es solidaridad con la Argentina. Es negociación de poder. Pero la política también consiste en comprender el contexto, reconocer la oportunidad y saber aprovecharla.
El gobierno argentino parece haberlo entendido. Endureció su posición frente a las empresas que operan en las islas y Javier Milei llevará ahora el reclamo ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, precisamente el lugar en el que debe plantearse.
Habrá que escuchar su discurso y observar si, más allá de cualquier conveniencia electoral, esta oportunidad se transforma en una política exterior concreta, sostenida e inteligente.
Podremos estar cerca o lejos de Milei. Podremos discutir su gobierno, su ideología y cada una de sus decisiones. Pero Malvinas no pertenece a un presidente, a un partido ni a una elección.
Malvinas nos interpela y nos atraviesa a todos.
Las camisetas mantienen viva la causa. La diplomacia debe hacerla avanzar.