Roberto Marcelino Ortiz nació en Buenos Aires el 24 de septiembre de 1886. Desde joven se vinculó con la Unión Cívica Radical y participó de la Revolución de 1905. Abogado desde 1909, desarrolló actividad profesional y política hasta convertirse en una de las figuras del radicalismo antipersonalista.
Durante la presidencia de Marcelo T. de Alvear fue diputado nacional y, posteriormente, ministro de Obras Públicas. Años más tarde, durante el gobierno de Agustín P. Justo, ocupó el Ministerio de Hacienda, posición desde la que adquirió una importante proyección nacional.
En 1938 llegó a la presidencia como candidato de la Concordancia, la alianza que reunía al radicalismo antipersonalista con sectores conservadores. Su triunfo se produjo en un período caracterizado por el fraude electoral y por una fuerte restricción de la competencia política.
La paradoja de su gobierno fue que, una vez instalado en la Casa Rosada, Ortiz comenzó a impulsar una política destinada a modificar algunas de esas prácticas. Su objetivo fue recuperar la legitimidad electoral y avanzar hacia una mayor apertura política.
A partir de 1939, el presidente fue adoptando una posición cada vez más definida en defensa de la llamada “pureza del sufragio”. En ese marco, impulsó proyectos para fortalecer el funcionamiento de los partidos políticos y recurrió a las intervenciones federales frente a situaciones electorales que consideraba incompatibles con la legalidad.
Uno de los episodios más significativos ocurrió en Buenos Aires en 1940. Después de las elecciones legislativas del 25 de febrero, cuestionadas por el fraude, Ortiz dispuso la intervención federal de la provincia el 8 de marzo. El episodio profundizó la tensión entre el presidente y los sectores conservadores que integraban la coalición oficialista.
De ese modo, el mandatario comenzó a transitar un camino políticamente incómodo: había llegado al poder dentro del sistema de la Concordancia, pero desde la presidencia buscaba limitar una de las prácticas que habían caracterizado al régimen.
El proceso de apertura quedó interrumpido por los problemas de salud de Ortiz. El Presidente padecía una diabetes severa que afectó progresivamente su visión hasta dejarlo prácticamente ciego.
En julio de 1940 debió delegar el mando presidencial en su vicepresidente, Ramón S. Castillo, y ya no pudo retomar de manera efectiva el ejercicio de la Presidencia. La enfermedad abrió una etapa de fuerte tensión política entre ambos sectores del gobierno.
A esa crisis se sumó el denominado caso El Palomar, un escándalo relacionado con operaciones de tierras destinadas al Colegio Militar que involucró a funcionarios y militares. El episodio provocó una profunda crisis política y llegó incluso a derivar en una renuncia de Ortiz que fue rechazada por la Asamblea Legislativa.
Con Ortiz apartado de la conducción efectiva del Ejecutivo, Castillo fue consolidando una orientación más conservadora y distante de la apertura que había intentado impulsar su antecesor. La experiencia reformista de Ortiz quedó así truncada por su enfermedad y por las disputas internas de la Concordancia. Finalmente, Roberto Marcelino Ortiz renunció a la presidencia el 27 de junio de 1942. Murió pocas semanas después, el 15 de julio de 1942, a los 55 años.
Su paso por la Casa Rosada quedó asociado a una particular contradicción de la historia argentina: un dirigente que llegó a la Presidencia dentro de un régimen cuestionado por sus prácticas electorales y que, una vez en el poder, intentó modificar desde adentro algunas de esas mismas reglas. La historiografía oficial caracteriza aquel período como un “interregno reformista”, interrumpido por la enfermedad que terminó apartándolo definitivamente de la política.