El libro que Santiago O'Donnell y Mariano Melamed publicaron en 2015 sobre la historia del CELS, propone mirar a la organización como un actor de poder e influencia, antes que como símbolo moral. Diez años después, sus preguntas sobre la militancia, el financiamiento y la profesionalización conservan plena vigencia.
En 2015 Santiago O’Donnell y Mariano Melamed publicaron un libro difícil de clasificar. Derechos humanos®. La historia del CELS. De Mignone a Verbitsky. De Videla a Cristina (Sudamericana, 2015) reconstruye más de tres décadas de una de las organizaciones civiles más importantes de la democracia argentina, pero lo hace desde un lugar que por entonces, al momento de su publicación, resultaba demasiado incómodo. Sin cuestionar la legitimidad de la lucha por los derechos humanos ni adherir a la denuncia del supuesto “curro”, el libro trata al CELS como se trataría a cualquier otra institución atravesada por el poder, es decir, observando sus orígenes, sus transformaciones, sus fuentes de financiamiento, sus internas, sus alianzas y también sus contradicciones. Quizás por eso O’Donnell lo recuerda hoy como una suerte de libro “maldito”, un trabajo que apareció antes de que algunas de las discusiones que la investigación propone pudieran darse sin quedar inmediatamente atrapadas en la grieta, o sospechadas de “hacerle el juego a”.
La historia del propio libro ayuda a entender esa incomodidad. El proyecto había comenzado años antes por iniciativa del propio CELS, que convocó a O’Donnell y Melamed para escribir su historia institucional. Los periodistas comenzaron a investigar, entrevistaron a protagonistas y avanzaron con los primeros capítulos hasta que, en algún momento del proceso, la relación se rompió y la organización decidió terminar el vínculo con ellos. Los autores, siguiendo su intuición de periodistas, decidieron continuar la investigación por su cuenta. Según relataron después, desde la organización les hicieron saber que seguir adelante con el proyecto “no era conveniente”. El libro finalmente apareció en 2015 y, de acuerdo con O’Donnell, nunca tuvo una presentación oficial. En cuanto a la difusión del libro, apenas contó con una entrevista realizada por Graciela Fernández Meijide para Radio Municipal. Incluso Horacio Verbitsky, uno de los protagonistas centrales y por entonces presidente de la institución, directamente dejó de saludarlo a pesar del vínculo de años con la familia O’Donnell.
Lo que podría haber quedado reducido a una interna del pequeño mundo periodístico e intelectual porteño adquiere otra dimensión cuando se vuelve sobre el libro una década después, porque varias de las preguntas que allí aparecen hoy son habituales en la discusión pública. ¿Quién financia a las organizaciones no gubernamentales? ¿Qué efectos produce ese financiamiento sobre sus agendas? ¿Qué ocurre cuando una causa nacida de la militancia se profesionaliza? Y, sobre todo, ¿qué pasa cuando una institución creada para interpelar al poder acumula suficiente influencia como para convertirse ella misma en un actor de poder? Sin embargo, en 2015 formular esas preguntas sobre el universo de los derechos humanos implicaba ingresar en un terreno minado, porque la crítica institucional tendía a confundirse con la impugnación política o moral de toda una tradición. Dicho clima social fue previo a las “cancelaciones” de redes sociales, que tuvieron su auge entre 2017 y 2021, pero que al parecer ya bebían de lógicas parecidas.

El libro no parte de esa impugnación sino, por el contrario, de un reconocimiento. En este sentido, reconstruye el CELS que Emilio Mignone y otros familiares de desaparecidos pusieron en marcha durante la última dictadura, cuando enfrentarse a un Estado que secuestraba, torturaba, asesinaba y negaba sistemáticamente sus crímenes requería utilizar las pocas herramientas disponibles: abogados, expedientes, denuncias, archivos, contactos internacionales y una enorme capacidad para registrar aquello que el régimen pretendía borrar. Ese primer CELS tenía mucho de artesanal, pero Mignone comprendió rápidamente que una organización que buscaba enfrentar estructuras profesionales de poder difícilmente pudiera sostenerse sólo con militantes trabajando gratuitamente durante sus horas libres, de modo que empezó a construir una institución con abogados dedicados, equipos técnicos, oficinas y continuidad en el tiempo.
Es en ese punto donde aparece uno de los capítulos más suspicaces y menos conocidos de la historia: el financiamiento internacional. La Fundación Ford comenzó a apoyar al CELS a comienzos de los años ochenta, todavía durante la dictadura, mucho antes de que Horacio Verbitsky llegara a la organización, y varias décadas antes del kirchnerismo. El dato obliga a escapar de una lectura demasiado cómoda, porque en aquel contexto el financiamiento de una gran fundación estadounidense no aparece tanto como la prueba de una conspiración, sino como uno de los instrumentos que permitieron profesionalizar a una organización que estaba enfrentando al terrorismo de Estado. Pero tampoco deja de encerrar una paradoja histórica, ya que muchos de los militantes cuya desaparición había dado origen a esos organismos provenían de tradiciones revolucionarias que habían pensado su lucha en términos de socialismo, liberación nacional o peronismo revolucionario, y ni remotamente cerca de los idearios de democracia liberal y derechos individuales que terminarían convirtiéndose en el lenguaje dominante de los años ochenta.
Ese desplazamiento no ocurrió solamente en la Argentina. Desde finales de los setenta, mientras la Guerra Fría seguía librándose en el terreno militar y geopolítico, Estados Unidos comenzó también a disputar legitimidad alrededor de las nociones de democracia y derechos humanos. Jimmy Carter convirtió esa agenda en una dimensión explícita de su política exterior y dentro de su propia administración llegó a discutirse su utilidad para enfrentar la expansión ideológica soviética y contener la radicalización en América Latina. Pocos años después, ya con Reagan, Washington combinaba la escalada militar contra la URSS con la creación de instituciones destinadas a promover la “democracia” en el exterior. Por su parte, la Fundación Ford recorría un camino propio pero paralelo, dejando atrás parte del viejo paradigma desarrollista y de modernización que había guiado su intervención en América Latina, para colocar entre sus prioridades los derechos humanos, la democracia y el comodín del pluralismo.
Con los años el CELS dejó de ser exclusivamente aquel grupo de familiares, abogados y militantes, y se convirtió en una organización profesional de enorme prestigio local e internacional, con equipos técnicos, litigio estratégico, informes, investigaciones, vínculos con universidades, gobiernos extranjeros, organismos multilaterales y grandes fundaciones. La Fundación Ford siguió siendo durante años una de sus fuentes de recursos y luego se sumarían otras instituciones internacionales, entre ellas Open Society Foundations y distintos organismos europeos. Nada de eso fue clandestino ya que el propio CELS hizo públicas durante años sus fuentes de financiamiento que actualmente pueden verse reflejadas en su página web oficial. La cuestión que plantean O’Donnell y Melamed es más interesante que la denuncia fácil del dinero extranjero, y qué permite hacer el dinero, sino también qué lenguajes, qué agendas y, finalmente, qué tipo de instituciones ayudaron a construir.La incomodidad de Derechos humanos® surge justamente de aplicar esa evidencia elemental, a un universo que durante mucho tiempo había quedado parcialmente protegido de la crítica por el peso moral de su propia historia. Si bien el trabajo de los periodistas no desprestigia a la organización, sí permite abandonar cierta mirada reverencial que durante muchos años rodeó a los organismos de derechos humanos en la Argentina.
El subtítulo del libro, “De Mignone a Verbitsky”, resume también una transformación más profunda. Si Mignone encarna la etapa fundacional, Horacio Verbitsky representa la consolidación del CELS como una institución capaz de intervenir de manera directa en la agenda pública y en las políticas del Estado, pero con una particularidad adicional; quien encabezaba esa organización era al mismo tiempo uno de los periodistas políticos más influyentes del país. Durante décadas Verbitsky publicó investigaciones capaces de alterar la conversación pública, mantuvo vínculos con dirigentes de primera línea y presidió una organización con creciente capacidad para incidir sobre gobiernos, tribunales y organismos internacionales, una combinación que convirtió su figura en algo bastante más complejo que la de un simple dirigente de una ONG.

La llegada del kirchnerismo agregó una nueva dimensión a esa relación con el poder. Néstor Kirchner incorporó al centro de su política una parte sustancial de la agenda histórica de los organismos de derechos humanos, impulsó la reapertura de los juicios por delitos de lesa humanidad y construyó con ese universo una interlocución que no había existido durante buena parte de la democracia. El CELS mantuvo diferencias con los gobiernos kirchneristas en distintos asuntos, pero al mismo tiempo adquirió una capacidad de incidencia inédita, y es allí donde aparece una de las preguntas más interesantes del libro y es qué sucede con una organización concebida para controlar y denunciar al Estado, cuando el propio Estado adopta su lenguaje, incorpora algunos de sus reclamos y abre sus puertas a personas provenientes de ese mismo mundo.
O’Donnell y Melamed no resuelven esa contradicción con una acusación general, ni presentan a Verbitsky simplemente como un operador del oficialismo o un doble agente. Esa simplificación, de hecho, empobrecería al libro. Lo que aparece es una figura más ambigua, un periodista al que el propio O’Donnell sigue valorando, un hombre con un enorme conocimiento del funcionamiento del Estado y, al mismo tiempo, alguien con vínculos privilegiados dentro del sistema político. La relación personal entre ambos no sobrevivió al libro, quizás como una metáfora del problema que la investigación intentaba abordar, la transformación de quienes pasan su vida interpelando el poder cuando empiezan a ser parte de él.
Resulta equivocado leer Derechos humanos® como el antecedente sofisticado de la consigna del “curro de los derechos humanos”. El libro no pone en discusión el terrorismo de Estado, la desaparición de personas, la importancia de los juicios, ni el papel decisivo que desempeñaron los organismos durante la dictadura y los primeros años de la democracia; lo que hace es seguir esa historia después de su momento heroico y observar cómo se transformaron las organizaciones que la protagonizaron. Por sus páginas pasan Mignone, Alicia Oliveira, Augusto Conte, Luis Zamora, Marcelo Parrilli, Víctor Abramovich, Gastón Chillier y el propio Verbitsky, junto con discusiones sobre la CONADEP, las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, La Tablada, las reparaciones económicas, el menemismo, la violencia institucional, el kirchnerismo, Milani, Bergoglio, los pueblos originarios y Venezuela. No hay una revelación única que permita explicar treinta años de historia, sino un conjunto de tensiones acumuladas alrededor de una institución que fue cambiando junto con el país.
Tal vez ésa haya sido precisamente la irreverencia del libro, tratar a los organismos de derechos humanos como actores históricos en lugar de conservarlos exclusivamente como símbolos morales. Eso supone aceptar que personas capaces de hacer cosas extraordinarias también pueden equivocarse, que instituciones fundamentales para la recuperación democrática pueden burocratizarse, que una causa legítima puede generar organizaciones con intereses propios y que los dirigentes que alguna vez enfrentaron al poder pueden terminar administrando nuevas formas de influencia. De esta manera el libro devuelve a sus protagonistas al terreno de la historia, donde las contradicciones dejan de ser una anomalía y se convierten en parte del objeto que hay que comprender.
Una década después, el trabajo de O’Donnell y Melamed resulta más actual que cuando apareció. Hoy la discusión sobre quién financia ONGs, universidades, movimientos políticos, organizaciones ambientalistas y centros de estudios forma parte de la conversación pública global, al igual que el debate sobre la influencia de grandes fundaciones privadas, multimillonarios y redes internacionales capaces de intervenir sobre agendas nacionales.
Y si bien esa discusión corre el riesgo de caer fácilmente en la paranoia, convirtiendo cualquier financiamiento extranjero en una conspiración, y cualquier vínculo internacional en una relación de subordinación, la historia del CELS demuestra que se trata de una lógica más sinuosa.
El financiamiento que la ONG recibió de la fundación estadounidense cuando denunciaba violaciones a los derechos humanos en plena dictadura, es el mismo que años más tarde contribuyó a construir una institución profesional que acumuló una enorme cantidad de poder. Ambas cosas son ciertas.
Ahí se encuentra probablemente la mayor virtud de un libro que nunca consiguió acomodarse del todo a las categorías políticas de su tiempo. Derechos humanos® no ofrece la tranquilidad de pensar que las organizaciones creadas alrededor de causas nobles quedan automáticamente fuera de las lógicas del poder, pero tampoco concede el placer fácil de reducirlas a una estafa. Cuenta una historia de militantes que se convierten en profesionales, de víctimas que construyen instituciones, de instituciones que acumulan influencia y de periodistas que, cuando deciden investigar ese proceso, pueden terminar perdiendo hasta el saludo de algún colega. Quizás por eso, diez años después, el libro siga teniendo algo de maldito porque se animó a sacar los derechos humanos del altar para empezar a contarlos como verdadera historia.
