06/10/2026 - Edición Nº1337

Policiales

Un dolor eterno

La vida de los Manoukian después del crimen de Ricardo: “Mi mamá nunca más fue a San Isidro"

06/10/2026 | Guillermo Manoukian contó cómo el asesinato de su hermano alteró para siempre la vida de sus padres y la propia.



"Mis padres quedaron destruidos”. Guillermo Manoukian no necesita demasiadas palabras para explicar lo que pasó en su familia después del secuestro y asesinato de Ricardo, la primera víctima del Clan Puccio.

El crimen ocurrió en 1982, pero sus consecuencias siguieron presentes durante décadas. La madre de Ricardo nunca volvió a San Isidro. Su padre, en tanto, dejó de ingresar a los supermercados familiares desde el mismo día de la desaparición de su hijo.

“Mi mamá nunca más fue a San Isidro y mi papá desde el 22 de julio de 1982 nunca más entró a los supermercados”, recordó Guillermo en una charla con NewsDigitales. 

Ricardo tenía 23 años y trabajaba en los depósitos de la cadena familiar. Al mediodía acostumbraba regresar a su casa para almorzar. El 22 de julio de 1982 salió como todos los días, pero nunca llegó.

Ricardo Manoukian trabajaba en los depósitos de la cadena de supermercados familiar. 

En el camino se cruzó con Alejandro Puccio y Guillermo Fernández Laborda. Los conocía. Según reconstruyó Manoukian, Ricardo aceptó llevarlos en su auto y durante el trayecto le comunicaron que lo iban a secuestrar.

Intentó escapar, pero una camioneta conducida por Daniel “Maguila” Puccio lo interceptó. Lo trasladaron entonces a la casa de la familia Puccio, donde permaneció cautivo durante once días.  La familia pagó el rescate. Los captores prometieron devolverlo con vida. No ocurrió.

Veinticuatro horas después, el cuerpo de Ricardo fue encontrado en un arroyo de la zona de Escobar. Había sido asesinado.

Manoukian permaneció cautivo once dìas en la casa familiar de los Puccio. 

“Se detuvo la vida”

Guillermo tenía apenas 21 años cuando secuestraron a su hermano. El impacto del crimen no terminó con el hallazgo del cuerpo ni con las posteriores condenas. En la casa de los Manoukian comenzó otra historia, más silenciosa y prolongada.

La madre de Ricardo dejó de frecuentar San Isidro. Su padre abandonó por completo su actividad en los supermercados, un negocio familiar que había formado parte central de sus vidas hasta ese momento. “Se detuvo la vida en ese momento”, resumió Guillermo durante la entrevista.

Con el paso de los años, fue él quien comenzó a insistir en que debían desprenderse de los comercios. “En 1990 los pude convencer de vender los comercios para cerrar esa etapa negra”, relató. 

No fue una decisión sencilla. El negocio estaba asociado a la vida familiar, pero también al último día de Ricardo. Desde allí había salido hacia su casa antes de encontrarse con quienes terminarían secuestrándolo. Para Guillermo, vender fue una forma de intentar poner un límite material a una historia que seguía abierta.

Una juventud atravesada por el crimen

El asesinato también modificó su propia vida. Durante la entrevista, contó que pasó varios años prácticamente encerrado en su casa y que la búsqueda de justicia terminó ocupando buena parte de su juventud. “Empecé una vida nueva horrible a los 21 años”, afirmó.

A partir de allí, se mantuvo durante décadas pendiente de las causas judiciales, los pedidos de libertad y los beneficios penitenciarios de los integrantes de la banda.

Arquímedes Puccio, el líder del clan que sembró el terror en los años 80. 

Ese compromiso tuvo un costo. Guillermo reconoció que durante más de treinta años vivió con el caso permanentemente presente, mientras acompañaba el sufrimiento de sus padres y trataba de proteger a su propia familia.

Con el tiempo, decidió abandonar esa pelea. “Hasta acá llegué y solté el tema”, recordó que pensó cuando Arquímedes Puccio fue trasladado a La Pampa y él resolvió no continuar recorriendo tribunales para oponerse a cada beneficio judicial.

Los recuerdos que también cambian

Más de cuatro décadas después, Ricardo sigue presente. Pero incluso la memoria fue cambiando. Guillermo contó que durante muchos años podía recordar con claridad la voz de su hermano. Con el tiempo, ese sonido comenzó a desaparecer.

“Durante años recordaba su timbre de voz y hoy ya no”, admitió. Todavía conserva fotografías, objetos y recuerdos de sus gestos.

Guillermo contó que durante mucho tiempo evitó pasar por la casa del clan Puccio. En otras ocasiones, se detenía enfrente, dominado por la bronca.

“Mirás ese portón y pensás que mi hermano entró ahí por última vez con vida”, señaló. Hoy continúa viviendo en San Isidro y, algunas veces, circular por esa zona resulta inevitable.