Cámaras, cercos eléctricos, vigiladores, controles de acceso y móviles que recorren las calles internas. Los countries fueron construyendo durante años una estructura destinada a reducir los riesgos que existen fuera de sus perímetros. Sin embargo, para Raúl Castro, especialista en seguridad en urbanizaciones privadas, una de las principales vulnerabilidades no necesariamente llega desde afuera.
El abogado y licenciado en Seguridad Privada planteó durante una entrevista en el Living de NewsDigitales una paradoja que atraviesa a los barrios cerrados: sus habitantes buscan niveles superiores de protección, pero muchas veces se resisten a los procedimientos necesarios para alcanzarlos.
“El principal enemigo, y sé que esto no va a ser demasiado políticamente correcto, para la seguridad en estas urbanizaciones cerradas son los habitantes”, sostuvo Castro.

La explicación, aclaró, no apunta a identificar al propietario como un delincuente, sino a su relación con las reglas de seguridad. El especialista describió una conducta habitual: reclamar controles estrictos para los demás y, al mismo tiempo, pretender excepciones cuando esos controles alcanzan al propio residente, su vehículo o sus visitas.
“Yo quiero que a mí no me hagan tal cosa, que a mí no me revisen tal auto, que a mí no me pidan esto, que me saquen fotos, porque yo no soy el delincuente”, ejemplificó. El problema, señaló, es que quien administra la seguridad necesita procedimientos aplicables de manera uniforme.
El especialista explicó que algunos countries registran durante un fin de semana entre 15.000 y 20.000 movimientos de ingreso y egreso. Cada apertura de una barrera implica, desde la perspectiva de seguridad, una operación que debe quedar controlada.
Más allá de esas dificultades internas, la amenaza exterior continúa siendo determinante. Castro citó estadísticas elaboradas por la Asociación Latinoamericana de Seguridad (ALAS), que desde 2020 registra incidentes en urbanizaciones privadas, y aseguró que más del 90% de los casos relevados de amenazas externas se producen mediante ingresos por los perímetros.
La explicación es física pero también económica: algunos barrios tienen kilómetros de extensión para proteger y las diferencias entre unos y otros dependen tanto de la inversión realizada como de la eficiencia con que se administra el sistema.
Según el especialista, durante 2026 los datos relevados muestran aproximadamente un episodio de inseguridad en barrios cerrados cada siete días. Aclaró, de todos modos, que se trata de estadísticas propias y no oficiales, debido a que una porción de los hechos no llega a denunciarse.
El escenario también fue cambiando. Castro advirtió que, mientras disminuyeron algunos ataques mediante intrusiones desde el exterior, comenzaron a aparecer modalidades relacionadas con personas que ingresan legítimamente al barrio, entre ellas aquellas que alquilan temporalmente una propiedad.

“Ha habido menos eventos de intrusión perimetral, pero más eventos de delito interno”, explicó. En esos casos, señaló, una persona puede alquilar una vivienda, conocer los movimientos internos, realizar inteligencia sobre determinadas propiedades y regresar posteriormente para cometer un robo.
También puso el foco en la información que circula dentro de las propias comunidades. Una conversación aparentemente inofensiva sobre la venta de una propiedad, el cobro de dinero o determinados movimientos económicos puede convertirse en información útil para una banda que planifica un golpe.
“El delincuente que va a ese lugar es un delincuente de otro tipo, llamémosle más profesional”, señaló.
Uno de los mayores obstáculos, según Castro, aparece cuando llega el momento de invertir. Los vecinos pueden preguntarse por qué aumentar las expensas destinadas a seguridad cuando hace meses o incluso años que no ocurre ningún episodio. Para el especialista, esa lógica desconoce que justamente una parte del objetivo del sistema es evitar que esos hechos sucedan.
“La seguridad es incomodidad”, resumió. Aceptar mayores controles implica, según explicó, resignar una parte de la comodidad cotidiana: identificarse, permitir verificaciones, registrar movimientos o instalar determinados sistemas tecnológicos.
“Yo no quiero que me controlen, no quiero que me revisen, no quiero que me pregunten, no quiero dar información. Es incómodo”, describió.
El problema se profundiza cuando un barrio reacciona después de un robo y decide invertir sin un diagnóstico profesional. Castro comparó esa situación con una persona que, ante un dolor, en lugar de consultar a un médico directamente compra lo que le recomienda quien vende medicamentos.
Después de un episodio de inseguridad, explicó, aparecen las reuniones de propietarios, los reclamos y las propuestas para colocar cámaras u otros dispositivos, muchas veces impulsadas por personas que comercializan esos mismos productos.
“Me robaron ayer, robaron en el barrio, chat de mamis explota, nos juntamos en la plaza pública, capucha, antorchas, queremos hacer algo”, graficó.
Para el especialista, primero debería realizarse un diagnóstico profesional de amenazas y vulnerabilidades y recién después definir qué elementos comprar.
Pese a las vulnerabilidades que describió durante la entrevista, Castro sostuvo que las urbanizaciones privadas continúan ofreciendo, en términos generales, mayores niveles de seguridad que el entorno abierto.
Eso no significa que todos los barrios tengan la misma protección. La ubicación, la extensión del perímetro, la tecnología disponible, los controles, la inversión y hasta las características sociales y geográficas del lugar determinan niveles muy diferentes de exposición.
Para Castro, incluso un simple cerco ya implica una barrera adicional. Pero ninguna infraestructura puede garantizar por sí sola que alguien no consiga atravesarla.
El desafío, sostuvo, consiste en abandonar la idea de que cruzar la entrada de un country significa dejar atrás automáticamente los problemas de inseguridad. Porque detrás de una barrera puede haber mejores herramientas para reducir los riesgos. Lo que no existe, advirtió, es un lugar completamente aislado de ellos.