En los últimos meses mantuve tres conversaciones intensas con los líderes que están construyendo la era de la inteligencia artificial. A Mark Zuckerberg le discutí que democratizar herramientas de código abierto no resuelve nada si la meta sigue siendo acelerar la rueda del hámster en un capitalismo hipercompetitivo.
A Bill Gates le marqué la ceguera de seguir atando la dignidad humana al empleo asalariado cuando la propia tecnología está sustituyendo el razonamiento. Y a Dario Amodei le pregunté qué pensaba hacer la humanidad con el tiempo que ganemos, advirtiéndole que obsesionarse con la seguridad algorítmica sin cuestionar la lógica económica solo sirve para perfeccionar la maquinaria del capital.
Los tres, con matices y desde sus trincheras, comparten el mismo límite conceptual: no conciben un mundo fuera del dogma productivista. Para ellos, el mercado sigue siendo el árbitro final de la existencia, y la vida humana solo tiene sentido si produce y compite.
Sentí que para romper esa pared no alcanzaba con discutir con los constructores del presente. Había que viajar al origen y confrontar al hombre a quien la historia económica proclamó, casi sin pedirle permiso, padre de esta criatura.
El encuentro no tiene lugar en un campus vidriado de Silicon Valley, sino en una sobria casa de piedra en Kirkcaldy, un pueblo ventoso sobre la costa escocesa. Me recibe un hombre mayor, de peluca empolvada, levita oscura y ojos atentos que parecen analizar cada detalle con una mezcla de serenidad y cansancio. Sobre su mesa de trabajo hay dos volúmenes encuadernados en cuero: el célebre La riqueza de las naciones (1776) y un ejemplar visiblemente más gastado por el roce constante: La teoría de los sentimientos morales (1759).
—Profesor Smith, gracias por recibirme -arranco, acomodándome frente al escritorio-. Vengo de hablar con los tres hombres más influyentes de la revolución tecnológica moderna. Afirman estar creando la mayor era de abundancia de la historia, pero cuando les planteo que las máquinas deberían liberarnos de la obligación de vender nuestro tiempo para sobrevivir, se quedan mudos. Todos terminan escudándose en las supuestas leyes inmutables del mercado que usted formuló: la competencia, el interés propio y la mano invisible.
Smith me escucha con una sonrisa melancólica. Apoya las palmas sobre la mesa y suspira con pesadez:
—Llevo dos siglos y medio asistiendo a una monumental estafa intelectual cometida en mi nombre, señor Candelo. La economía contemporánea le practicó una lobotomía a mi pensamiento. Tomó dos renglones sobre el carnicero y el cervecero buscando su propio beneficio, los aisló de todo mi sistema moral y sobre esa mutilación levantó un templo a la codicia ilimitada. Me convirtieron en el santo patrono de una religión que siempre me pareció una aberración.
—Ellos juran que la «mano invisible» garantiza que la persecución del beneficio corporativo se traduce automáticamente en el bienestar de la sociedad -le retruco-.
Smith clava su mirada en mí, con un destello de indignación académica:
—Dígame, ¿cuántas veces cree que escribí la frase «mano invisible» en las más de novecientas páginas de La riqueza de las naciones?
Hago una pausa deliberada. Smith levanta un solo dedo:
—Una sola vez. En el Libro IV, Capítulo 2. Y ni siquiera estaba formulando una ley general del mercado ni una bendición divina al comercio libre. Estaba analizando un caso muy concreto: por qué un comerciante británico, por mera aversión al riesgo y buscando la seguridad de su patrimonio, prefería invertir su capital en la industria nacional antes que enviarlo a comerciar a tierras lejanas. Al buscar su propia tranquilidad doméstica, una «mano invisible» lo llevaba a promover el empleo local sin proponérselo. ¡Eso fue todo! Sus economistas tomaron una modesta metáfora sobre el miedo al riesgo de un comerciante hogareño y la convirtieron en un dogma metafísico para eximir de toda responsabilidad ética a monopolios que hoy dominan el planeta.
Smith toma La teoría de los sentimientos morales y lo abre casi de memoria:
—Yo era profesor de Filosofía Moral en Glasgow, no un apologista del capital. Antes de escribir una sola línea sobre mercados, dejé sentado el principio fundacional de la naturaleza humana: «Por más egoísta que se pueda suponer al hombre, existen en su naturaleza principios que le hacen interesarse por la suerte de los demás, y hacen que la felicidad de estos le sea necesaria, aunque no obtenga de ello nada más que el placer de contemplarla». La sociedad no se sostiene sobre el cálculo frío del beneficio; se sostiene sobre la empatía y, por encima de todo, sobre la justicia. En este libro advertí que la justicia es el pilar principal que sostiene todo el edificio: si se retira, el inmenso tejido de la sociedad humana se desmorona en un instante.

—Justamente eso les reproché a Gates, Zuckerberg y Amodei -le comento-. Ellos diseñan sistemas que van a dejar obsoleta la necesidad del trabajo humano, pero insisten en que la gente debe seguir ganándose la vida en un empleo para justificar su existencia. La economía ortodoxa formalizó esto con la función de producción: el producto depende del Capital ($K$) y del Trabajo ($L$). Si la inteligencia artificial asume el esfuerzo físico y el razonamiento, el aporte marginal del humano tiende a cero. Según las leyes de mercado que le atribuyen a usted, el salario de la mayoría debería tender a cero.
Smith niega con la cabeza, indignado:
—Eso no es una conclusión económica, es una capitulación moral y un absurdo lógico. Si el trabajo humano se vuelve prescindible para la producción material, ¿quién va a consumir lo que las máquinas fabriquen a costo marginal cero? ¿Los dueños de los servidores y los algoritmos van a comprarse millones de casas, vestimentas y alimentos diarios? Han construido una orquesta mecánica insuperable dentro de un teatro donde nadie puede pagar la entrada porque los expulsaron a todos de la platea.
Abre La riqueza de las naciones en el Capítulo 8 del Libro I y me lee con voz pausada y tajante:
—«Ninguna sociedad puede ser floreciente y feliz si la mayor parte de sus miembros es pobre y miserable. Es de estricta equidad, además, que aquellos que alimentan, visten y alojan a todo el cuerpo social reciban una parte de lo producido por su propio trabajo tal que les permita estar ellos mismos decorosamente alimentados, vestidos y alojados».
Smith cierra el libro con un golpe seco:
—Y le agrego algo más que sus tecnólogos olvidan: ellos no inventaron el lenguaje sobre el que entrenaron sus algoritmos. No inventaron las matemáticas, ni las leyes físicas, ni la literatura, ni el código acumulado durante siglos por miles de mentes anónimas. Sus sistemas se alimentaron de la herencia común de la especie. Cercaron el pastizal comunal de la humanidad, le pusieron una tarifa de suscripción mensual y ahora pretenden que la tribu les pida permiso para subsistir.
—El problema, profesor, es que la sociedad actual los escucha con devoción. Cuando hablan sobre el futuro de la civilización, sus palabras se toman como revelaciones sagradas simplemente porque acumularon billones de dólares.
Smith sonríe con amargura. Pasa las páginas de Sentimientos morales hacia el final:
—Ese fue mi testamento, señor Candelo. En 1790, sabiendo que me quedaban pocas semanas de vida, no me dediqué a revisar tratados comerciales ni a calcular equilibrios monetarios. Me senté a escribir la sexta edición de este libro. Y agregué un capítulo entero que sus contemporáneos prefieren esconder debajo de la alfombra: «De la corrupción de nuestros sentimientos morales, ocasionada por la disposición a admirar a los ricos y a los grandes, y a despreciar o descuidar a las personas de condición humilde».
Smith apoya su dedo índice sobre el papel amarillento:
—Allí advertí con desesperación que la tendencia universal a fascinarse con los ricos y a tomar sus opiniones de negocios como directrices morales para la vida de las naciones es la causa mayor y más universal de la corrupción de nuestros sentimientos morales. Hoy el mundo peregrina a San Francisco a pedirles consejo ético sobre el destino de la especie a hombres que solo han demostrado ser implacables concentrando capital. Es la profecía de 1790 cumplida al pie de la letra.
—Entonces, profesor: si la tecnología está a las puertas de resolver el problema de la producción física y la escasez material, ¿cuál debería ser el verdadero sentido de este salto histórico?
Smith mira por la ventana hacia el horizonte gris del mar del Norte. Cuando vuelve a hablar, su tono es casi paternal:
—La técnica jamás debió ser un instrumento para condenar al hombre a una carrera interminable de competencia y consumo superfluo. En mi tiempo, vi a los obreros embrutecerse en la fábrica de alfileres repitiendo la misma tarea dieciséis horas al día; celebré la división del trabajo porque multiplicaba la producción, pero denuncié que ese régimen marchitaba el alma humana. Si ustedes han inventado máquinas capaces de asumir el trabajo pesado y la rutina mental, el objetivo no puede ser perpetuar el mercado como un juez despiadado que raciona el derecho a existir.
Se inclina hacia mí para darme su veredicto final:
—Si la producción pasa a ser fruto de un capital autónomo que aprendió de la herencia colectiva de toda la humanidad, el rendimiento de ese capital no puede ser el botín privado de unos pocos comerciantes. Le pertenece a la sociedad en forma de un dividendo colectivo. El alimento, la vivienda, la salud y la energía deben desmercantilizarse para garantizar un piso innegociable de dignidad. El mercado es un siervo extraordinario para coordinar precios donde hay competencia genuina, pero es un pésimo amo para decidir quién merece una vida con sentido y quién no.
Smith se pone de pie y me estrecha la mano con firmeza:
—Dígale a sus tres interlocutores y a los economistas que los aplauden que dejen de esconderse detrás de mi tumba. Una sociedad donde las máquinas producen todo y la gente vive con angustia por no tener un recibo de sueldo no es el triunfo del libre mercado: es una aberración tecnocrática desprovista de justicia, de empatía y de humanidad.
Salgo a la calle de Kirkcaldy mientras el viento del mar golpea con fuerza. Dos siglos y medio después de haber encendido la mecha de la economía moderna, el propio Adam Smith nos recuerda la verdad que el capitalismo prefirió olvidar: la riqueza de una nación nunca estuvo en los balances de sus comerciantes, sino en la capacidad de su gente para liberarse de la servidumbre y construir una vida con propósito.