Nacho Saralegui pasó por Lado Vida y mostró una faceta que va mucho más allá de los personajes que lo hicieron popular en las redes. En una charla íntima, el actor y comediante platense repasó su infancia, sus comienzos, el vínculo con La Plata y uno de los momentos más difíciles de su vida: el proceso que atravesó por el TOC, la ansiedad y una sobremedicación durante 2024.
El humor apareció desde muy chico. Saralegui recordó que ya en el jardín buscaba hacer reír y que soñaba con actuar. Creció influenciado por programas como Cha Cha Cha y Todo por dos pesos, una marca que todavía reconoce en su forma de entender la comedia. Antes de encontrar su camino pasó por las facultades de Derecho y Veterinaria, hasta ingresar a la Escuela de Teatro de La Plata y confirmar que ese era su lugar.

Su primer impulso llegó con Jueves de Trapos, un grupo que subía sketches a YouTube y que en 2012 llegó a reunir decenas de miles de reproducciones. Después comenzó a trabajar con Fran Gómez y, desde 2017, el teatro dejó de ser solamente una pasión para convertirse también en su sustento. En 2019 pudo mudarse solo gracias a sus ingresos como actor.
Aunque buena parte de la industria audiovisual y del entretenimiento está concentrada en la Ciudad de Buenos Aires, Saralegui eligió seguir viviendo en La Plata. Nació en la ciudad y creció en Los Hornos, donde pasó su infancia jugando con amigos en la calle. Para él, la capital bonaerense conserva una combinación especial “entre pueblo y ciudad”.

Ese arraigo convive con una carrera que lo obliga a viajar para filmar, actuar o participar de distintos proyectos. Sin embargo, destacó haber conseguido cierto equilibrio: trabajar en Capital y regresar a La Plata. Después de más de una década generando contenido y varios años viviendo exclusivamente de su profesión, considera que aquello que comenzó como una apuesta ya se transformó en un oficio.
Fuera del escenario, uno de sus principales refugios es el básquet. Lo practica desde los cuatro años y define a los clubes de barrio como su mayor “cable a tierra”.
La conversación cambió de tono cuando habló de 2024. Saralegui contó que está medicado por trastorno obsesivo compulsivo y que durante ese año, según relató, atravesó una sobremedicación que lo llevó a tomar 12 pastillas por día. El episodio coincidió con su primera gira por Europa y convirtió el viaje a España en “un infierno”.
Ansiedad intensa, temblores, transpiración, desasosiego y despersonalización fueron algunas de las sensaciones que describió. A pesar de ese cuadro, debía subir al escenario y cumplir con las funciones. “Al día de hoy no sé cómo hice”, reconoció al recordar aquellas presentaciones.

Saralegui explicó que actualmente continúa su tratamiento con profesionales y que la reducción de la medicación se realiza de manera paulatina. También contó que su psicóloga le diagnosticó estrés postraumático asociado a aquel viaje y que algunas imágenes de España todavía le generan ansiedad.
El comediante decidió incorporar parte de esas experiencias a sus espectáculos. Habla del TOC y la ansiedad desde el humor, pero intenta hacerlo con respeto porque conoce en primera persona lo que significa atravesarlos. La intención, explicó, es que alguien del público pueda reconocerse en su relato y entender que no está solo.
Hacia el final dejó una mirada más esperanzadora sobre su presente. “Estoy mejorando”, expresó al hablar del proceso de reducción de la medicación y agregó que le interesa exteriorizarlo para que otras personas que atraviesan situaciones similares sepan “que se puede salir”. También recomendó buscar acompañamiento profesional y hacer terapia.
Cuando le preguntaron si hoy es quien soñaba ser, Saralegui evitó dar el recorrido por terminado. “Creo que lo estoy construyendo bien”, respondió. Siente que está consiguiendo objetivos que imaginaba desde chico, aunque todavía considera que el proceso continúa.
Su reflexión final volvió a conectar con aquella forma de mirar el mundo desde el humor. Para Saralegui, la vida es una oportunidad y, justamente por ser breve, no vale la pena “hacerse mala sangre” por cuestiones menores. “No tomarse la vida tan en serio” fue parte de su mensaje: hacer lo que a uno le gusta, disfrutar el recorrido y entender que, frente a la inmensidad del tiempo, quizá no somos tan importantes como creemos.