Emilia Mazer pasó por Lado Vida para recorrer una trayectoria atravesada por la actuación, la escritura, la dirección y la docencia, pero también para mostrar qué existe detrás del personaje. La actriz recordó que su vocación apareció mucho antes de pisar profesionalmente un escenario: de niña organizaba pequeñas obras en el living de su casa, invitaba a sus padres y hasta les cobraba entrada. “De chiquita lo tenía clarísimo”, recordó.
Esa certeza terminó convirtiéndose en una decisión de vida. A los 16 años pidió estudiar actuación y comenzó a formarse con Agustín Alezzo. A los 18 ya trabajaba en teatro y poco después llegó el cine con Los chicos de la guerra. Incluso se había puesto un plazo: si en dos años no conseguía trabajo como actriz, estudiaría Psicología. No hizo falta. “Tenía hambre de laburar. No es un tema económico, es hambre de vida o muerte. Lo sentía así”, explicó.
Durante una etapa en España, Mazer trabajó como ayudante de dirección, camarera y en otros oficios mientras aprendía junto a la compañía La Zaranda. Sin actuar, comenzó a sentir que le faltaba algo esencial. Encontró entonces una salida en la pintura y entendió que su necesidad creativa podía expresarse de distintas maneras. “La creatividad es una única energía, sale para un lado o para el otro”, reflexionó, antes de resumirlo en una frase: “La creatividad me salva la vida”.

Ese vínculo con el arte también atraviesa su faceta docente. Mazer cuestionó la búsqueda de caminos rápidos para aprender actuación y advirtió sobre alumnos que llegan a una escena después de mirar apenas un video en redes sociales, sin haber investigado al personaje, las circunstancias o el conflicto. Frente a ese fenómeno, reivindicó la tradición que recibió de Alezzo y de los grandes actores con los que compartió su carrera.
Para ella, construir un personaje exige investigar. Contó que visitó barrios, cárceles y distintos espacios para acercarse a las realidades que debía interpretar. “Andá a lo auténtico”, planteó. La preparación no termina allí: también considera fundamental aprender a entrar y salir emocionalmente de los personajes, porque una interpretación intensa y sostenida puede terminar modificando el ánimo del actor.
Lejos de detenerse, Mazer atraviesa una etapa cargada de proyectos. Contó que escribe una obra que le encargaron y prepara El camarín, un trabajo propio que proyecta realizar junto a su hija, Uma Mazer, y Cecilia Palazolo. La posibilidad de compartir el escenario con su hija aparece como uno de los desafíos más personales de esta etapa.

Además, confirmó que volverá al teatro comercial de la mano de José María Muscari. Aunque evitó revelar de qué obra se trata porque el proyecto acababa de confirmarse, no ocultó su entusiasmo: “Es una bomba. Estoy súper contenta con el elenco y con la obra”. También continúa con su unipersonal Las de siempre, un chat de amigas, mientras desarrolla otros proyectos vinculados a la escritura y al teatro independiente.
Mazer contó además que escribió Nuuk, una obra que transcurre en un barco y gira alrededor de un grupo de “revolucionarios vintage” en tiempos en los que, según la propia definición de la pieza, las revoluciones parecen haber pasado de moda. Su deseo es continuar alternando grandes producciones con espacios más experimentales que también alimentan su trabajo como docente.
Fuera del escenario, la actriz habló de otra necesidad: viajar y conectarse con la soledad. Brasil, Mar del Plata y Andalucía aparecen entre sus lugares predilectos, aunque reconoció que puede imaginarse viviendo en muchos destinos. Manejar, recorrer rutas y descubrir paisajes se convirtió para ella en una forma de recuperar energía y ordenar pensamientos.

“Cuando lográs esos instantes de soledad por elección, para mí esa es la verdadera libertad”, sostuvo. Para Mazer, aprender a estar con uno mismo permite después compartir esa libertad con una pareja, amigos o familiares sin transformar el vínculo en dependencia. Esa búsqueda convive con otra certeza que adquirió con los años: no quiere postergar los encuentros con las personas importantes de su vida.
En ese sentido, reconoció que atraviesa una etapa en la que tiene muy presente la finitud. Por eso intenta no dar por sentados los vínculos y priorizar encuentros con amigos y familiares, incluso en medio de una agenda cargada. “No me quiero perder de ver amigos, de ver familia, de darme el gusto de hacer ciertas cosas”, explicó.
Sobre el final, Mazer definió la vida como “una posibilidad milagrosa” y una oportunidad que no debería dejarse pasar. Para la actriz, la existencia tiene sentido cuando también puede aportar algo a los demás, una mirada que conecta directamente con la elección que hizo cuando todavía era una adolescente.

Actuar, escribir, enseñar y crear aparecen así como diferentes expresiones de una misma búsqueda. Después de décadas de carrera, Mazer sigue enfrentándose a castings, nuevos personajes y proyectos con la misma necesidad que tenía al comenzar. Y aquella frase que pensó siendo apenas una niña todavía parece ordenar su recorrido: “Yo no quiero ser millonaria, yo quiero ser feliz”.