Hay noches en las que un apagón puede convertirse en un problema. En Corte general, se transforma directamente en una oportunidad para que todo aquello que los personajes intentan ocultar quede expuesto. La obra, con dramaturgia de Juan Campos y Carol Peiretti y dirección de esta última, propone una comedia dramática que se mete de lleno con el amor, el sexo, las relaciones y esa precariedad emocional que muchas veces hace que nuestros vínculos funcionen como cables pelados.
La historia comienza con una situación tan cotidiana como incómoda: un apagón deja a varias personas atrapadas en la oscuridad. Pero la falta de luz no genera silencio. Por el contrario, aparecen las discusiones, las confesiones, los deseos, los reproches y una serie de situaciones absurdas que permiten que cada personaje muestre aquello que durante el día probablemente intentaría esconder.

La dinámica de la puesta en escena apuesta por una seguidilla de sketches, con situaciones que van cambiando de protagonistas y que encuentran su principal fortaleza en la identificación. La pareja abierta, el infiel, la madre desbordada, el trabajador agotado y distintas formas de atravesar los vínculos aparecen representadas desde el humor, pero también desde una mirada bastante reconocible sobre la vida cotidiana.
Y ahí está uno de los grandes aciertos de Corte general: detrás de cada situación disparatada hay algo que resulta cercano. Uno puede reírse de lo que sucede en escena y, al mismo tiempo, reconocer alguna discusión, algún personaje o alguna situación que tranquilamente podría haber ocurrido en su propia vida. La obra no necesita grandes artificios para conseguirlo.
El elenco está a la altura de la propuesta y entiende perfectamente el código de la comedia. Sol Loureiro, Rocío Miguel, Lucía Miorelli, Deivid Noval, Leandro Origüela y Belén Pardo acompañan con buenos tiempos y diferentes registros una dinámica que necesita mucha precisión para que el ritmo no decaiga.
Pero hay un nombre que merece una mención especial: Facundo Calvo. El actor se mueve como pez en el agua dentro del género de la comedia. Tiene timing, presencia y una capacidad para construir personajes que permite que incluso las situaciones más absurdas funcionen sin sentirse forzadas. Su trabajo es uno de los puntos más destacados de la puesta y demuestra que la comedia, cuando está bien ejecutada, requiere tanto oficio como cualquier otro género.

La dirección de Carol Peiretti consigue además que los distintos cuadros mantengan una identidad común. El apagón funciona como punto de partida, pero rápidamente la obra encuentra su verdadero tema: qué pasa con las personas cuando desaparecen las apariencias y quedan frente a frente con aquello que realmente desean, sienten o necesitan. El vestuario, también a cargo de Peiretti, acompaña una puesta que apuesta más por la situación y por los intérpretes que por una escenografía grandilocuente. La oscuridad termina siendo, paradójicamente, el elemento que más permite ver.

Corte general habla de conexiones que fallan, vínculos que se interrumpen y personas que intentan volver a conectarse. Todo esto desde una comedia que encuentra humor en situaciones reconocibles y que consigue que el espectador se ría, pero también se vea un poco reflejado. Porque quizás ese sea el verdadero apagón: no cuando se corta la electricidad, sino cuando una pareja deja de hablar, cuando alguien oculta lo que siente o cuando dos personas siguen conectadas solamente por inercia. En Fandango Teatro, la oscuridad dura un rato. Los problemas de los personajes, bastante más.

