Víctor Bugge pasó casi 48 años detrás de una cámara en uno de los lugares más sensibles de la Argentina: la Casa Rosada. Desde la última dictadura militar hasta su retiro, fotografió presidentes, crisis, tragedias, celebraciones y escenas que terminaron convertidas en documentos históricos. Su conclusión después de observar el poder a pocos metros es contundente: los gobiernos cambian, pero dentro del edificio existe un protocolo que permanece.
Bugge explicó que estar cerca de quienes toman las decisiones no necesariamente significa conocer todo lo que ocurre en el país. Incluso recordó que durante la dictadura gran parte de la sociedad desconocía la dimensión de lo que estaba sucediendo. Él mismo, pese a trabajar dentro de la sede del Gobierno, aseguró que no tenía acceso a toda esa realidad.
La cercanía con presidentes y funcionarios tampoco lo llevó a revelar conversaciones privadas. Para Bugge existe un límite que nunca quiso atravesar. Comparó su trabajo con ser invitado a la casa de alguien: haber tenido acceso no le otorga el derecho de contar posteriormente todo lo que vio o escuchó. Su legado, sostiene, está en las imágenes.
Cuando le pidieron elegir sus mayores logros, Bugge resumió todo en uno: haber permanecido casi 48 años en un lugar en el que considera extremadamente difícil sostenerse. Su salida fue excepcional. Al retirarse recibió una placa en su oficina que lo reconoció como decano de la fotografía de Casa de Gobierno.

“Nadie sale bien de la Casa Rosada”, sintetizó al recordar cómo suelen terminar las trayectorias de quienes transitan por el edificio. En su caso, destacó haber podido retirarse caminando y con reconocimiento institucional, algo que considera uno de los mayores homenajes de su carrera.
Durante décadas aprendió también a reconocer las tensiones de los pasillos. “En los pasillos pican las balas”, afirmó. Sin embargo, aseguró que nunca recibió ofertas para comprar su silencio o sus fotografías y que eligió concentrarse exclusivamente en retratar al presidente o presidenta de turno.
Una de las imágenes que más recuerda es una fotografía de Jorge Rafael Videla solo en su despacho, mirando por una ventana. Bugge contó que intentó obtenerla varias veces hasta conseguir la escena que buscaba. Para entonces ya comenzaban a conocerse informaciones sobre lo que ocurría durante la dictadura y había llegado al país la Comisión Interamericana de Derechos Humanos.

Bugge evita imponer una interpretación definitiva de aquella imagen. “Te tengo que dar la libertad a vos para que vos pienses”, explicó. Sin embargo, sí encontró una manera de describirla: “La soledad del poder”. Para el fotógrafo, aquella mirada hacia el exterior sintetizaba algo que las palabras difícilmente podían transmitir.
Esa es también su concepción general de la fotografía política. Una imagen de Menem junto a los Rolling Stones, Alfonsín observando un cadáver después del ataque a La Tablada o Videla aislado en su despacho pueden explicar una época sin necesidad de que el fotógrafo escriba una interpretación. “Yo dejo la foto”, resumió.
Bugge también recordó uno de los momentos más dolorosos de la presidencia de Carlos Menem: la muerte de su hijo Carlitos. Estuvo presente durante aquellas horas y vio al mandatario quebrarse. “Soltó lágrimas”, contó. La escena lo impactó especialmente porque su propio padre había atravesado la pérdida de dos hijos.
Otro capítulo histórico fue la salida de Fernando de la Rúa en diciembre de 2001. Bugge tomó la fotografía del helicóptero y aquella noche permaneció en Casa Rosada mientras el país atravesaba horas sin Presidente hasta la designación de Ramón Puerta.
Al día siguiente ocurrió algo todavía más extraño: De la Rúa regresó a la sede gubernamental ya como expresidente. Bugge recordó que el radical, quien habitualmente evitaba firmar fotografías, comenzó entonces a autografiar imágenes para sus antiguos colaboradores.

También protagonizó involuntariamente una polémica cuando una de sus fotografías permitió observar un blíster que fue interpretado públicamente como Viagra. Bugge aseguró que no lo había advertido al entregar el material y que, de haber sabido qué era, no habría difundido esa imagen porque consideraba que no aportaba nada relevante a su misión periodística.
Después de observar durante décadas a dirigentes llegar y abandonar el poder, Bugge construyó una metáfora sobre la Casa Rosada. “La alfombra roja, la alfombra de la Rosada tiene ojos”, afirmó. Según su descripción, primero observa a quienes llegan y, cuando comienzan a creer que son dueños del lugar, “te enrosca y se acabó”.
Ya retirado, se encuentra ordenando su archivo y preparando pequeñas charlas para compartir fotografías e historias. Aunque bromeó con la posibilidad de recibir una oferta millonaria para revelar secretos, dejó claro que hay una frontera que no piensa cruzar. Prefiere conservar el respeto de quienes alguna vez le permitieron entrar en su intimidad.
Bugge asegura que hoy puede caminar tranquilo por la calle y mirar hacia atrás con satisfacción. Después de dictaduras, recuperaciones democráticas, crisis, tragedias y cambios de gobierno, siente que su trabajo ya cuenta lo que debe contar. Casi medio siglo después, su definición permanece intacta: la historia está en las fotografías.