Cecilia “Chechu” Bonelli pasó por Lado Vida para una charla íntima en la que recorrió su historia desde la infancia en San Nicolás hasta su presente como periodista, modelo, deportista y madre. Habló de las pérdidas familiares, sus hijas, la separación que marcó un antes y un después y una nueva manera de entender la felicidad.
Bonelli recordó una niñez rodeada de campo, club, amigos y familia. Creció andando en bicicleta, jugando al fútbol con sus hermanos y practicando hockey en Regatas de San Nicolás, institución que conserva en el corazón. “Fue una infancia hermosa”, resumió. También reconoció que esa infancia es distinta a la que hoy tienen sus hijas, atravesadas por otra época y la tecnología.
Su llegada al mundo de la moda comenzó durante la adolescencia. Tras anotarse por su cuenta en un concurso, fue avanzando etapas mientras terminaba el colegio. Cuando llegó el momento de decidir entre regresar a San Nicolás para comenzar la universidad o aprovechar la oportunidad profesional, su padre la sorprendió con una frase que todavía recuerda: “El tren pasa una sola vez, Cecilia”.

Ese respaldo familiar resultó decisivo. Bonelli contó que sus padres la acompañaban a producciones y sesiones fotográficas y destacó esa presencia en un ambiente que definió como “medio cruel”, donde podía haber personas dispuestas a aprovecharse de las chicas más jóvenes. En paralelo, recibió comentarios sobre las piernas musculosas que había desarrollado con el hockey, aunque siempre tuvo claro hacia dónde quería ir.
La televisión llegó temprano. A los 18 o 19 años comenzó a trabajar en Fox y el periodismo deportivo se volvió central en su vida. La formación académica quedó pendiente durante años por los viajes, el trabajo y la maternidad. Ya nuevamente instalada en Argentina decidió retomar los estudios, se recibió y luego completó un máster. Terminar esa etapa también fue un mensaje para sus hijas: nunca es tarde para retomar un objetivo.
El momento más profundo de la conversación apareció cuando habló de una etapa que definió como una verdadera bisagra. “Mi separación fue una bisagra en mi vida”, reconoció. Sin entrar en detalles, explicó que aquel proceso doloroso terminó generando una transformación: “Al principio fue todo triste, triste, triste y estuve mostrándome a sangre viva. Hoy tengo que decir gracias”.

Bonelli explicó que durante años, pese a tenerlo todo, no lograba disfrutar. “Felicidad no sentía, disfrute no sentía”, confesó. Cuando sus amigas iban a su casa podía estar más preocupada por el orden que por disfrutar el encuentro. Con el tiempo, recuperó espacios propios, el disfrute cotidiano y su relación con la soledad.
Hoy divide el tiempo de crianza de sus hijas con el padre y aprendió a valorar las semanas en las que puede quedarse sola, leer, mirar una serie o simplemente descansar. Esa independencia también modificó su mirada sobre una nueva relación. Bonelli admitió que le gustaría volver a enamorarse, pero puso reparos frente a la idea de convivir nuevamente: “Hoy no sé si estoy dispuesta a conocer a alguien. Sí podría conocer a alguien, pero volver a convivir... dame libertad”.
La periodista aseguró que este presente la encuentra reconciliada consigo misma. “Soy una chica muy feliz”, afirmó, y se definió como una versión anterior de sí misma, pero “súper mejorada”. Descartó mirar el pasado desde el arrepentimiento: “Volvería a vivir mi vida 20 veces más”, dijo al repasar su historia y el lugar que ocupan sus hijas.

Su definición de felicidad también cambió. Ya no la vincula con grandes acontecimientos, sino con escenas mínimas. Al recordar su último momento feliz, mencionó el abrazo que una de sus hijas le dio esa misma mañana y la mano que otra le pidió para poder dormirse la noche anterior.
En el cierre, Bonelli reconoció además que es hipocondríaca y que suele temer enfermarse, pero puso el foco en lo que celebra de su presente: poder vivir de una profesión que ama, no atravesar necesidades y conservar sus valores. “Puedo haberme equivocado en un montón de cosas, pero nunca nada lo haría con maldad”, expresó. Después de años de cambios y pérdidas, la felicidad que antes le costaba identificar parece más sencilla: tiempo propio, sus hijas, el periodismo y la posibilidad de disfrutar lo cotidiano.