Hay una diferencia que Fabricio “Chio” Cagnin tardó buena parte de su vida en poder reconciliar. Para millones de argentinos, Gilda es música, alegría, baile y un fenómeno popular que sobrevivió al paso de las generaciones. Para él, antes que todo eso, siempre fue Miriam Alejandra Bianchi, su mamá.
“Para mí Gilda es Miriam, es mi mamá”, explicó durante una entrevista íntima en El Living de NewsDigitales. Y detrás de esa frase aparece la historia de un chico de apenas ocho años que el 7 de septiembre de 1996 sobrevivió al accidente que le arrebató, al mismo tiempo, a su madre, su hermana Mariel y su abuela Isabel “Tita” Scioli.
A 30 años de aquella tragedia, Cagnin tiene 38 años, formó su propia familia y atraviesa quizás el momento de mayor acercamiento público al legado de su madre. Ya no huye de sus canciones ni de quienes se acercan para contarle una anécdota sobre Gilda. Por primera vez, además, decidió ponerse al frente de una celebración propia: La Gilda Fest, que se realizará el 10 de octubre en C Art Media, sobre la avenida Corrientes.
El accidente ocurrió en el kilómetro 129 de la Ruta Nacional 12, cuando el micro en el que viajaban rumbo a Chajarí, Entre Ríos, chocó con un camión. Gilda tenía 34 años. También murieron su hija Mariel, su madre, tres integrantes de la banda y el chofer del ómnibus.
Fabricio estaba allí y sobrevivió. Pero la tragedia tuvo para él una dimensión adicional: mientras intentaba comprender la pérdida de prácticamente toda su familia materna, el fenómeno Gilda comenzaba a crecer hasta adquirir dimensiones que probablemente nadie hubiera imaginado.
“Después del accidente como que de repente explotó. Y a la vez yo también me convertí como en el hijo de Gilda”, recordó. “Yo estaba duelando a mi madre, duelando a mi hermana, duelando a mi abuela también, entendiendo un poco lo que había pasado conmigo en el accidente. Y, sumado a eso, la gente que la celebraba, cantaba”.

La contradicción era brutal. Mientras afuera sonaba No me arrepiento de este amor, Fuiste o Corazón valiente, para ese chico aquellas canciones remitían a una ausencia imposible de procesar.
“Yo estaba en un punto en blanco y negro”, describió.
Durante años evitó los medios y la exposición. En otra entrevista reciente explicó la misma contradicción de manera contundente: “Para todo el mundo, ella era baile o joda y para mí significaba dolor”.
En El Living de NewsDigitales recordó una escena que permite comprender la dimensión de aquel duelo mejor que cualquier explicación psicológica.
Tenía alrededor de 12 años y había ido a un corso con amigos. Sonó una canción de Gilda y Fabricio escapó. Lo encontraron llorando.
“Me escondía, me ponía a llorar. Ahí explotaba. Y no entendía muy bien por qué, era todo confusión”, recordó sobre aquellos años. Sus amigos, tan chicos como él, intentaban consolarlo: “No llores, que a tu mamá todos la quieren”.
Hoy puede mirar aquella escena desde otro lugar. “Hoy lo veo para atrás y entiendo todos los procesos y etapas de un duelo. En ese momento no”, explicó.

Después del accidente se fue a vivir con su padre y su abuelo. Cagnin reconoce especialmente el papel que tuvo su papá, Raúl, que también había perdido a su hija Mariel.
“Mi viejo fue un gran pilar. Pensá que él perdió a su hija también en el accidente y, a pesar de eso, estuvo siempre al lado mío”, contó. No recuerda una familia especialmente inclinada a verbalizar el dolor, pero sí dos hombres presentes: “Me llevaba al colegio, me iba a buscar. Estaba muy presente”.
La música también quedó atravesada por la tragedia. Estaba presente desde mucho antes: instrumentos en su casa, giras junto a Gilda y hasta participaciones familiares en sus producciones. Pero después del accidente escuchar la voz de su madre en un espacio público podía convertirse en un golpe inesperado.
Con los años sucedió algo paradójico: aquello que estaba asociado al dolor terminó convirtiéndose en una herramienta para procesarlo.
“La música para mí es como que me sacó todo y con el tiempo tuve que volver a la música”, explicó. Cagnin contó que nunca hizo terapia psicológica y encontró en la composición una manera de exteriorizar aquello que durante años le había resultado difícil expresar: “Encontré ahí un proceso muy lindo también, de sanación”.
Así aparecieron canciones profundamente autobiográficas. Crují recorre la relación con su madre y aquello que ocurrió desde el momento en que despertó después del accidente. Un guardián está dedicada a su padre. Y Estamos vivos terminó convirtiéndose casi en una declaración sobre su propia existencia.
“Este disco es muy personal porque habla mucho de mí. Realmente es una terapia que encontré a través de la música”, explicó.
Sin embargo, hay otro momento de la entrevista que permite entender por qué hoy Fabricio habla de un “final feliz”.
Cagnin formó una familia junto a Brenda, su compañera desde los 18 años, y es padre de dos hijas. La paternidad, según contó, produjo otro quiebre en su manera de relacionarse con su historia.

“Yo perdí mi familia a los ocho años. De repente mi casa quedó vacía”, recordó. Por eso había algo que deseaba particularmente: “Mi sueño siempre fue formar una familia. Era un sueño ser padre”.
Cuando finalmente ocurrió, encontró una imagen para explicarlo: “Es como que estás en un bosque, en un sendero lleno de oscuridad y de repente se abre (...) y hay un sol divino. Eso es lo que es mi vida, cómo fue atravesada por mis hijas”.
También existe allí una suerte de reparación generacional. Sus hijas pueden decir que son las nietas de Gilda y disfrutarlo porque ven a su padre hacerlo.
“Qué lindo sentir que uno avanza y suelta esas mochilas y no se las traslada a los hijos”, reflexionó.
Existe otro lugar físico donde puede medirse ese recorrido: la casa en la que vivió con Gilda.
Después del accidente no pudo regresar inmediatamente. Tenía ocho años cuando se fue a vivir con su padre y su abuelo. Recién alrededor de los 12 volvió a entrar.
“Fue tremendo ver los placares vacíos o encontrar alguna cosita que me traía recuerdos, un llaverito... Fue dificilísimo”, recordó.
Hoy la historia es completamente distinta: Fabricio volvió a vivir en aquella misma casa con su propia familia.
“Hoy vivo en esa casa y soy feliz. Para mí esa casa tiene una energía sobrenatural. Para nosotros como familia es hermoso”, contó. Donde alguna vez encontró placares vacíos, ahora hay nuevamente fotos, música, sus hijas y vida.

La entrevista también permitió apartarse por un momento del ícono para conocer a la mujer que Fabricio veía cuando se apagaban las luces del escenario.
La recuerda divertida, protagonista de las reuniones familiares, guitarra en mano y haciendo reír a los demás. Pero también con carácter.
Contó, por ejemplo, que durante una gira descubrió que estaban tomando alcohol dentro del micro: hizo detener el vehículo, bajar a todos y tirar las bebidas. “Tenía mucha personalidad”, recordó.
Conserva además agendas manuscritas de su madre. Allí encontró pensamientos, proyectos, frustraciones y letras con tachaduras y correcciones. También una determinación que ahora reconoce como una de sus mayores enseñanzas.
Cuando las puertas se le cerraban, contó Fabricio, Gilda escribía convencida de que algún día serían ellos quienes irían a buscarla.
Para su hijo, ahí aparece el verdadero significado de Corazón valiente: una maestra jardinera que decidió abandonar la seguridad de su profesión para ingresar en una industria nocturna, predominantemente masculina y sin ninguna garantía de éxito.
Después de su muerte, Gilda trascendió incluso la música. El lugar del accidente se convirtió en santuario y miles de personas comenzaron a atribuirle favores, milagros y experiencias personales. Tres décadas después, ese culto popular continúa.

Fabricio eligió una posición extremadamente personal frente a ese fenómeno.
“A mí mi mamá, mi hermana y mi abuela, siempre que les pido algo me ayudan”, contó. Pero inmediatamente trazó un límite: “Yo te hablo desde el lugar de hijo. Después, lo que le pasa a la gente lo respeto y no me meto. Es un tema entre la gente y ella”.
No pretende explicar el mito. Tampoco apropiárselo. Su vínculo sigue siendo el de un hijo con su madre.
La transformación encuentra ahora su expresión pública más evidente.
Durante tres décadas, Fabricio asegura que nunca había participado personalmente de los homenajes a su madre. A comienzos de este año comprendió que quería hacer algo diferente.
“Me di cuenta de que venían los 30 años y que yo nunca había estado en ningún homenaje, nunca había sido parte de nada”, contó. Y se hizo una pregunta: si Gilda se había convertido en un ícono cultural, ¿por qué su universo debía quedar circunscripto al aniversario de su muerte?

Así nació La Gilda Fest, prevista para este sábado 10 de octubre en C Art Media, en avenida Corrientes 6271. Las entradas ya se encuentran disponibles y pueden adquirirse a través de Passline.
La fecha tiene además una particularidad: comenzará durante la noche del 10 y, pasada la medianoche, llegará el 11 de octubre, día en que Gilda hubiera cumplido años. La realización del evento está actualmente anunciada para el 10 de octubre.
“Quiero un lugar que sea la Gilda Fest, donde la gente venga a bailar, a cantar, que se encuentre con todo lo que le gusta de Gilda: la estética, la visual, los valores, frases de ella, su música”, explicó.
Habrá DJs, banda en vivo y artistas invitados. Pero Fabricio no pretende convertirse en protagonista sobre el escenario.
“Yo quiero celebrar”, resumió.
Quizás la definición más poderosa llegó sobre el final.
Hoy recibe mensajes de personas que atraviesan pérdidas o situaciones difíciles y encuentran en su recorrido alguna forma de compañía. Eso también terminó dándole un sentido diferente a contar públicamente algo que durante tantos años prefirió mantener en silencio.
“Esta historia empezó muy mal, pero terminó muy bien, con un final muy feliz”, afirmó. Y agregó que quizás alguien que está solo pueda encontrar en una experiencia como la suya “compañía, esperanza”.
Treinta años después, aquel chico que se escondía para llorar cuando en un corso sonaba una canción de su madre prepara una fiesta para que cientos de personas hagan exactamente lo contrario: escucharla, cantarla y bailar.
La diferencia es que esta vez Fabricio no necesita escapar.
Esta vez, él también quiere quedarse a celebrar.