¿Qué dejó el 7 de octubre? Además de muerte, tragedia, guerra, secuestros, huérfanos y amputados, dejó un mundo roto. Familias destruidas. Vidas partidas para siempre. Y una fractura moral: la de un mundo que empezó a discutir qué atrocidades condenar según quién las cometiera y quién las padeciera.
Dicen que la historia la escriben los que ganan. Bueno. El terror está ganando. No la guerra militar. La otra: la cultural, la mediática, la del relato.
Lograron que después del 7 de octubre el mundo hablara más de Israel que de quienes entraron a Israel. Y que las víctimas de los dos lados salieran del centro de la escena. Ni las palestinas. Ni las israelíes. Dejaron de ser personas y se convirtieron en argumentos.
Lograron que los asesinados fueran pasado, los secuestrados un detalle y que Hamás pudiera ser presentado como “la resistencia” sin ninguna responsabilidad en el sufrimiento palestino.
Lograron llevar una guerra a la categoría de genocidio. No una denuncia. No una acusación que debe probarse. Genocidio. Punto. Se dictó una sentencia en el relato antes de que existiera una sentencia judicial. Y en ese veredicto quedaron fuera otros hechos: las campañas que vacunaron contra la polio a cientos de miles de niños en Gaza, con pausas y coordinación acordadas con Israel; la ayuda humanitaria cuyo ingreso, superó una tonelada por habitante y la las denuncias contra Hamás por apropiarse de esa ayuda. Aún así la ONU concluyó que no se podía hablar de hambruna en la franja.
Y lograron instalar otra palabra: APARTHEID. Apartheid en un país donde judíos, musulmanes, cristianos y drusos votan, conviven y pueden ser elegidos para el Parlamento. Una discusión compleja convertida en consigna.
Lograron también que Israel pareciera un accidente, como si los judíos hubieran aparecido allí una mañana de 1948. Intentando borrar 3.000 años de historia comprobada.
O como si nunca hubieran existido propuestas para dos Estados. Las hubo. Por ejemplo, en 1947, la dirigencia judía aceptó la partición de la ONU. La dirigencia árabe la rechazó.

También reinstalaron viejos prejuicios con palabras nuevas. Ya no hace falta decir “judío”. Se dice “sionista”.
Y hasta consiguieron que discutamos cómo llamar al odio: antisemitismo, judeofobia, si el término es históricamente correcto, si semitas son también otros pueblos. Una discusión de forma.
Mientras discutimos el nombre, el odio sigue ahí. Puede cambiar la palabra. Puede cambiar el disfraz. Pero el odio no necesita ponerse de acuerdo con el diccionario para seguir siendo odio.
Y todo bajo una consigna: PALESTINA LIBRE.
Perfecto. Entonces, ¿dónde está Palestina libre?
Hoy tienen gobiernos, organismos internacionales, universidades y multitudes reclamando dos Estados. Entonces este debería ser el momento.
Dejen las armas. Construyan instituciones. Acepten elecciones. Construyan una democracia. Convivan con el vecino. Transformen la consigna en un país. Háganlo.
Y ahí aparece nuestra sospecha: tal vez “Palestina libre” haya sido una trampa.
Si todo esto era por Palestina, ¿por qué todavía no hicieron de Palestina un país?
Tal vez porque a muchos de quienes levantaron “Palestina libre” les interesa más la consigna que su concreción.
O quizá porque la consigna sirve para algo distinto: mantener a Israel en el lugar del demonio. Del malo. Del enemigo absoluto.

Porque para una parte del islamismo radical, la prioridad puede no ser construir Palestina sino mantener abierta la guerra contra Israel.
Y entonces Palestina deja de ser solamente el objetivo. También se convierte en el instrumento.
Y aparece la gran contradicción final.
Durante años, algunos de los sectores que hoy amplifican este relato denunciaron que la historia la escribían los vencedores. Que los poderosos imponían las palabras y los débiles apenas podían hacerse escuchar.
Siempre se presentaron del lado de los sufridos, de los derrotados, de los que no tenían voz.
Hoy, sectores del progresismo y de la cultura woke terminan amplificando la narrativa del islamismo radical y de organizaciones terroristas como Hamás. Incluso cuando esa narrativa contradice los derechos y las libertades que dicen defender.
En esa batalla, el terrorismo gana cada vez que las personas que asesinó quedan relegadas al pasado y las que secuestró se convierten en un detalle. Gana cuando logra que el mundo discuta cómo llamar a sus crímenes en lugar de condenarlos.
Ese es el poder que está conquistando: el de conseguir que otros cuenten su historia con sus palabras.
Y cuando el terrorismo logra que su relato se escriba como una epopeya, lo que se está escribiendo es una historia de terror.