10/10/2026 - Edición Nº1341

Internacionales

A tres años de la masacre

7 de octubre: las historias detrás de una fecha que cambió a Israel

09/10/2026 | Del Palacio Libertad a Nova, Sderot y Nir Oz: víctimas, sobrevivientes y una pregunta que sigue abierta tres años después: cómo volver a vivir.



A las 6.29 de la mañana del 7 de octubre de 2023 comenzó el día que cambiaría para siempre la historia reciente de Israel. Miles de hombres armados atravesaron la frontera desde Gaza mientras una lluvia de cohetes caía sobre el sur del país. Entraron en kibutzim, viviendas, bases militares y en el festival de música Nova. Cuando la magnitud del ataque comenzó a conocerse, ya había familias asesinadas dentro de sus casas, jóvenes muertos mientras intentaban escapar y decenas de personas llevadas como rehenes a Gaza.

Tres años después, la pregunta ya no es solamente qué ocurrió aquella mañana. También es qué queda de un país después de haber vivido algo así.

Esa fue, en definitiva, la pregunta que atravesó el homenaje realizado esta semana por la Embajada de Israel en el Palacio Libertad de Buenos Aires. Una ceremonia marcada por fotografías, testimonios, voces de sobrevivientes y familiares y una definición que apareció una y otra vez: recordar no como ejercicio del pasado, sino como una forma de impedir que lo ocurrido termine convertido en una estadística.

Durante el acto se recordó que 1.169 hombres, mujeres, ancianos y niños fueron asesinados y 251 personas fueron secuestradas. La reconstrucción presentada durante la ceremonia señaló además que 85 de los secuestrados murieron en cautiverio.

Fue el ataque más mortífero sufrido por Israel desde su creación en 1948 y la mayor matanza de judíos en un solo día desde el Holocausto. Pero las cifras explican apenas una parte.

NewsDigitales recorrió durante 2026 algunos de los lugares donde esa historia todavía permanece a la vista: Nova, Sderot, Be’eri, Kfar Aza y Nir Oz. Meses después, muchas de las mismas historias que aparecían entre casas quemadas, memoriales y campos reconstruidos llegaron hasta un escenario en Buenos Aires.

De Nir Oz al Palacio Libertad

En junio, durante una cobertura especial de NewsDigitales en Nir Oz, Roni Kaplan caminó entre viviendas destruidas y refugios marcados por disparos. El kibutz está a apenas 1,6 kilómetros de Gaza y fue uno de los lugares más golpeados el 7 de octubre.

Kaplan dejó entonces una frase difícil de separar de cualquier reconstrucción de aquel día: “Yo personalmente conté 47 cuerpos”.

En Nir Oz había 386 personas aquella mañana. De acuerdo con la reconstrucción realizada allí para NewsDigitales, 117 fueron asesinadas o secuestradas. Casas incendiadas, automóviles calcinados y carteles con los rostros de las víctimas siguen formando parte del paisaje, aunque los campos hayan vuelto a sembrarse y algunas familias hayan regresado.

La cobertura encontró algo similar en Sderot, donde el lugar que ocupaba la comisaría atacada por Hamás se convirtió en un memorial. Allí, la memoria dejó de estar encerrada en los museos: aparece en las paredes, los murales y los espacios que los vecinos atraviesan todos los días. La ciudad decidió reconstruir sin borrar.

Y en el antiguo predio del festival Nova, una sobreviviente volvió con NewsDigitales hasta el lugar donde había instalado su carpa junto a sus amigos. Había llegado para participar de una celebración que asociaba con el amor, la libertad y la convivencia. Después tuvo que escapar entre disparos, cuerpos y vehículos incendiados.

Casi tres años más tarde dijo algo que explica mejor que cualquier análisis por qué el 7 de octubre todavía permanece abierto:

“Cada vez que hablo de esto vuelvo a descubrir que fue real. No fue una pesadilla”.  El homenaje en Buenos Aires volvió a colocar esas vidas en primer plano.


La bandera israelí fue arriada a media asta, se realizó un minuto de silencio y las ofrendas florales reunieron a autoridades con familiares y sobrevivientes. Iair Horn, argentino-israelí liberado después de 498 días de cautiverio, participó de la ofrenda del Estado de Israel. También estuvo Silvia Cunio, madre de Ariel y David Cunio, quienes permanecieron 738 días secuestrados.

No eran nombres mencionados desde un escenario. Eran personas que habían atravesado aquello que se estaba recordando.

La política argentina, Israel y el terrorismo

El homenaje también tuvo una dimensión política. Por el gabinete nacional estuvo presente el ministro de Defensa, Carlos Alberto Presti, quien encabezó la ofrenda de la República Argentina junto a familiares de jóvenes asesinados.

Entre los asistentes se encontraban además los diputados Santiago Santurio, de La Libertad Avanza, y Maximiliano Ferraro, de la Coalición Cívica; el senador Juan Manzur; Waldo Wolff y Jorge Telerman; el embajador de Estados Unidos, Peter Lamelas; y empresarios como Marcelo Mindlin y Mario Montoto. También participaron las principales autoridades de AMIA, DAIA y la Organización Sionista Argentina.

La variedad política de los presentes dio al acto un carácter que excedió al oficialismo, aunque Presti fue la representación ministerial del Gobierno nacional.

La ceremonia tuvo además un componente diplomático particular: fue el primer discurso oficial de Ahuva Spieler Reshef como embajadora de Israel en la Argentina.

La diplomática eligió comenzar no con geopolítica, sino con una escena doméstica.

Sus dos hijos cumplían el servicio militar cuando comenzaron las sirenas. Uno acababa de regresar a su casa cuando recibió la orden de volver a presentarse. Su uniforme estaba dentro del lavarropas.

Spieler Reshef detuvo el ciclo, sacó la ropa, la secó y la planchó.

“No podía detener lo que estaba pasando. No podía saber qué iba a suceder. Podía sacar, secar y planchar su uniforme”, contó. Durante un mes no tuvo noticias de él.

La escena resume otra dimensión del 7 de octubre: mientras los gobiernos hablan de seguridad nacional, fronteras y estrategias militares, las guerras siguen entrando en las casas a través de un teléfono que suena, una madre que espera o un hijo que tiene que partir.

Después, el discurso adquirió un tono político mucho más definido.

“No es una diferencia de opiniones. No es un desacuerdo político. Es terrorismo”, afirmó Spieler Reshef. Señaló a Irán como un actor central en el financiamiento y respaldo de organizaciones armadas y vinculó aquella experiencia con la propia historia argentina: los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA.

También agradeció expresamente al Gobierno argentino por su posición y advirtió que “frente al terrorismo la ambigüedad también puede tener consecuencias”.

La afirmación encaja con otro proceso que NewsDigitales había documentado desde Israel: después del 7 de octubre, América Latina adquirió mayor importancia dentro de la diplomacia israelí, tanto por las relaciones económicas como por las posiciones de los gobiernos frente a Hamás, Irán y el antisemitismo. Argentina, Paraguay y Guatemala aparecen entre los países con vínculos políticos más cercanos con Jerusalén.

La ayuda humanitaria que apareció dentro de los túneles

Uno de los testimonios reproducidos durante la ceremonia abrió otra discusión. Un sobreviviente describió la vida bajo tierra, sin luz solar, con poca agua y sometido a violencia física y psicológica. Al hablar de la alimentación recordó: “Recibíamos una especie de merienda, que era un cartón de leche con una galletita”.

Según su testimonio, aquel cartón provenía de ayuda humanitaria. El tema tiene un antecedente particularmente sensible. Eitan Horn, argentino-israelí secuestrado junto con su hermano Iair en Nir Oz y liberado después de 738 días, contó públicamente cómo sus captores utilizaron incluso la relación entre ambos hermanos como mecanismo de tortura psicológica. Los separaron, los obligaron a ocultar que eran familiares y llegaron a plantearles cuál de los dos “merecía” ser liberado.

También aparecieron denuncias de exrehenes sobre productos de ayuda humanitaria utilizados durante el cautiverio. La cuestión requiere una distinción importante: la presencia de productos humanitarios en manos de Hamás plantea interrogantes sobre su recorrido, pero no demuestra por sí misma responsabilidad institucional de la UNRWA.

La agencia de Naciones Unidas sostiene que no recibió evidencias que demuestren un desvío sistemático de la ayuda que distribuye y afirma que utiliza mecanismos de supervisión y control. También pidió investigaciones independientes sobre denuncias acerca del uso de sus instalaciones por grupos armados.

La discusión no debería obligar a elegir entre dos realidades: la población civil palestina necesita asistencia humanitaria y, al mismo tiempo, cualquier utilización de esa ayuda por parte de grupos armados debe ser investigada.

Keshet tenía 21 años y había ido a bailar

Pero el momento que terminó condensando buena parte del sentido de la ceremonia llegó con Natalia Casarotti. Su hijo Keshet tenía 21 años y había ido al festival Nova. Fue asesinado allí.

Natalia no quiso hablar únicamente de cómo murió. Quiso contar cómo había vivido. Amaba los festivales de música y a sus amigos. Su madre pidió que las víctimas no quedaran congeladas en las imágenes del ataque ni convertidas en números.

“Quiero que recuerden nuestros hijos por quienes fueron, por cómo vivieron y por todo lo que todavía tenían por vivir”, dijo.

Después describió algo más difícil: observar cómo los amigos de su hijo continúan creciendo, se casan y tienen hijos, mientras Keshet permanece para siempre con 21 años. “No sigo adelante dejando a Keshet atrás, sigo adelante con él”, resumió.

También habló de quienes todavía no pudieron hacerlo. “Hay padres que todavía no pudieron levantarse de la cama, hay familias que dejaron de vivir aquella mañana”, explicó. Para los que lograron continuar tampoco existe un regreso completo: “Esta vida terminó, ahora tenemos otra vida”.

La historia de Casarotti agrega otra capa. Su abuela llegó a la Argentina escapando del nazismo. Natalia nació en Buenos Aires y se trasladó a Israel cuando tenía tres años. Tres generaciones quedaron así atravesadas por distintas formas de violencia contra el pueblo judío.

Pero dentro de la propia historia israelí aparece también otra paradoja que NewsDigitales documentó durante su recorrido. Entre las víctimas del 7 de octubre estuvo Vivian Silver, activista canadiense-israelí residente en Be’eri que había dedicado buena parte de su vida al diálogo con palestinos y a proyectos de convivencia. Hamás no distinguió entre partidarios del gobierno israelí, opositores, pacifistas o activistas por la paz: atacó comunidades civiles.

Ese dato importa porque permite escapar de una lectura binaria del conflicto. Condenar la masacre del 7 de octubre y defender el derecho de los israelíes a vivir seguros no implica ignorar el sufrimiento de los civiles palestinos. Y reconocer ese sufrimiento tampoco puede convertirse en una justificación retrospectiva del asesinato o secuestro de civiles israelíes.

Si existe una salida, necesariamente tendrá que incluir ambas ideas.

Israel después del 7 de octubre

Tres años después, Israel no es el mismo país. Roni Kaplan lo planteó ante NewsDigitales desde Be’eri en términos estratégicos: el 7 de octubre destruyó la sensación de disuasión que Israel había construido frente a sus enemigos.

“Israel había perdido completamente su capacidad de disuasión”, señaló. Después de casi tres años de guerra, su evaluación era que algunas amenazas habían sido reducidas, pero no eliminadas.

Su conclusión, sin embargo, no fue militar. “No creo que las guerras se hayan terminado aquí. Sí me gustaría, para no tener que heredárselas a mis hijos”.

Tal vez allí esté el punto que une el recorrido por Israel con la ceremonia realizada esta semana en Buenos Aires.

Sderot reconstruyó su comisaría como memoria. Nir Oz volvió a sembrar junto a casas quemadas. Una sobreviviente regresó al lugar de Nova donde vio morir a sus amigos. Iair Horn salió después de 498 días. Eitan después de 738. Una madre aprendió que continuar viviendo no significa dejar atrás a su hijo.

Y una embajadora cerró su primer discurso oficial en Argentina con una definición que intentó mirar hacia adelante:

“Tres años después, es tiempo de sanar y de continuar apostando al futuro, a la vida”.

 
 
 
 


Al finalizar la ceremonia, otra de las intervenciones resumió el mismo concepto: “Como pueblo, nos levantaremos, nos recuperaremos y nos reconstruiremos una vez más. Porque seguimos eligiendo la vida”.

Natalia Casarotti lo había expresado de una manera más íntima. Keshet significa arcoíris. Antes de abandonar el escenario pidió que, cada vez que aparezca uno en el cielo, alguien recuerde a su hijo y a los demás jóvenes asesinados.

Tres años después del 7 de octubre, probablemente esa sea una de las preguntas centrales que permanecen abiertas: cómo recordar el peor día sin quedar atrapado para siempre dentro de él; cómo defender la vida después de haber conocido de cerca la muerte y, sobre todo, cómo conseguir que la próxima generación no tenga que heredar la misma guerra.