11/10/2026 - Edición Nº1342

Opinión


Estar vivo no alcanza

La puerta para no salir: la aripuca enorme donde cada uno pisa su propio palito

11/10/2026 | Podés sentirte libre, exitoso, ocupado, hasta feliz. La trampa funciona igual. Seguís vivo: trabajás, pagás, scrolleás.



En Misiones hay una trampa que no lastima. Se llama aripuca: una pirámide de palos o cañas atados entre sí, de mayor a menor, levantada de un lado y sostenida por un palito. Adentro, un poco de cebo. El pájaro entra, pisa el palito y la estructura cae sobre él.

No lo lastima. El pájaro queda intacto, sin un rasguño. Vivo. Hasta protegido del zorro y de la lluvia.

Pero ya no vuela.

Nadie lo persiguió ni lo empujó. Entró solo, atraído por algo que quería, y fue su propio peso el que cerró la trampa.

Atrapa pero protege

Esa trampa es el centro de Aripuca. La paradoja del encierro, la muestra de Gabriel Berlusconi en el Museo Municipal de Arte de La Plata, con curaduría de Noelia Zussa. Son diecinueve obras construidas con palos, cañas, caños de PVC y lápices de colores usados.

Berlusconi cuenta que también vio esa misma estructura usada como jaula. De ahí sale la idea que atraviesa toda la serie: la aripuca atrapa pero protege. En su texto de presentación dice que la aripuca ofrece una puerta para no salir.

Hay una obra que lo vuelve físico. En los Retratos robados, adentro de la aripuca hay un espejo. Te acercás a mirar qué quedó atrapado y lo que ves es tu propia cara. El pájaro sos vos.

La curadora cierra su texto preguntando si somos quienes activamos la trampa o los que ya estamos dentro de ella.

Las aripucas de hoy

Salí del museo y empecé a verlas en todos lados. Ninguna tiene barrotes. Todas tienen cebo.

  • El algoritmo. Nadie te obliga a mirar el celular. Pero el feed sabe exactamente qué te gusta y te lo sirve en la dosis justa para que no te vayas. Funciona como la comida chatarra: está diseñado para que no puedas parar. Entrás a mirar una cosa y salís una hora después.
  • La productividad. Nos vendieron que ser exitoso es estar ocupado. Agenda llena, notificaciones a toda hora, el mail del domingo a la noche. Ya no hace falta un capataz: nos exigimos solos y lo llamamos ambición. El filósofo Byung-Chul Han lo describió en La sociedad del cansancio: el que se cree libre termina siendo su propio verdugo.
  • El consumo. Cada compra promete el descanso que el trabajo nos quita. La satisfacción dura lo que tarda en aparecer el próximo deseo. Y para pagar el próximo deseo, más horas.
  • El miedo. Al despido, a quedarse afuera, a que la inteligencia artificial nos reemplace. El miedo también es cebo: nos mantiene quietos y agradecidos de tener la aripuca que tenemos. Y mientras tanto le vamos delegando a la máquina hasta el criterio, que es la forma más cómoda de no salir nunca.
  • El estrés infinito. Es el resultado de todo lo anterior, y la señal de que la trampa está funcionando.

En un artículo anterior hablé del hámster en la ruedita: corremos a toda velocidad sin movernos un milímetro. Con la aripuca pasa algo peor. El hámster al menos sabe que está en una jaula. El pájaro de la aripuca no: desde adentro, los palos parecen un techo, un refugio.

Vivos

Lo que más me inquieta de la aripuca es que no importa lo que sientas. Podés sentirte libre, exitoso, ocupado, hasta feliz. La trampa funciona igual. Seguís vivo: trabajás, pagás, scrolleás.

Pero vivo, ¿para qué?

La sociedad es una aripuca enorme donde cada uno pisa su propio palito. Adentro se está seguro: hay sueldo, rutina, obra social, una pantalla que nunca se apaga. Intactos, sin un rasguño, y sin libertad.

Hay, eso sí, una diferencia con el pájaro. Al pájaro lo atrapa otro: alguien armó la aripuca y alguien va a venir a buscarlo. La nuestra la armamos entre todos. Cada vez que medimos a una persona por lo que tiene o por cuánto trabaja, atamos una caña más. Somos la presa y también los que construyen la trampa. Me incluyo: desde la dirección de una empresa también se atan cañas, todos los días. Foucault mostró que el poder moderno no necesita encerrar a nadie por la fuerza: le alcanza con que cada uno se vigile, se mida y se corrija solo.

Y como nadie viene a abrirla, nos acostumbramos a vivir adentro. Muchos se dan cuenta recién cerca del final, cuando miran para atrás y ven que lo que creían un refugio fue siempre una trampa.

La trampa inútil

¿Y qué hacemos ante esto? No tengo una receta, pero la misma muestra deja dos pistas.

La primera es una obra llamada La chance: una aripuca de lápices donde la estructura tiene una falla. Toda trampa tiene una. Para encontrarla hay que dejar de pensar que los palos son el cielo, y ver el palito antes de pisarlo.

La segunda es la que más me gusta. Se llama La trampa inútil o Final del juego: una aripuca desarmada, con sus palos esparcidos por toda la tela. Una aripuca solo funciona si el pájaro quiere el cebo. El día que el éxito deja de medirse en horas ocupadas, en cosas acumuladas y en likes, la trampa se vuelve inútil. No hace falta romperla. Alcanza con dejar de desearla.

Eso no se logra de un día para el otro. Se logra recuperando lo que el sistema nunca supo valorar: el tiempo propio, los vínculos, el cuidado, el arte, el ocio sin culpa. Lo que le da sentido a la vida justamente porque no se puede comprar.

Mi consejo: revisá qué cebo te trajo hasta acá y si todavía lo querés. Recuperá una parte de tu tiempo, aunque sea una hora por día sin pantalla y sin rendirle cuentas a nadie. Poné energía en las personas que querés y en hacer algo que no se pueda vender. Estar vivo no alcanza; el pájaro de la aripuca también está vivo. La puerta está ahí, y se puede cruzar para el otro lado.

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