13/10/2026 - Edición Nº1344

Opinión


Violencia

Caso Valentín Yankelevich y Darío Giordano: los hijos no nos pertenecen

13/10/2026 | Hay frases que sobreviven a las generaciones: “Porque soy tu padre”, “Mientras vivas bajo mi techo”, “Un chirlo a tiempo”. Hoy nos obligan a revisar todo.



Valentín Yankelevich denunció públicamente haber sufrido violencia física y psicológica por parte de su padre, Darío Giordano, quien negó los hechos e invocó un sobreseimiento judicial. Sin reemplazar a la Justicia, esa historia abre una conversación que nos alcanza a todos: cómo ejercer la paternidad.

Gustavo Yankelevich atribuyó a Giordano una frase inquietante: “Yo soy el dueño. Hasta los 18 años van a hacer lo que yo quiera”. Allí aparece una confusión profunda: nuestros hijos están a nuestro cargo, pero no son de nuestra propiedad. Cuidarlos exige tomar decisiones; jamás autoriza a humillarlos.

La discusión oscila entre la mano dura heredada y una permisividad presentada como respeto. Como en tantos cambios de paradigma, el péndulo busca dónde detenerse. Pero el equilibrio no admite una dosis moderada de violencia: se construye con escucha, afecto y límites.

La psicóloga Diana Baumrind estudió esa combinación de sensibilidad y exigencia. El sociólogo Anthony Giddens explicó que el diálogo familiar transforma la autoridad sin eliminarla. UNICEF lo expresa con claridad: permitirlo todo tampoco es crianza respetuosa.

“Entiendo tu enojo” puede convivir con “esto no se hace”. Los hijos tienen derecho a participar según su edad; los adultos seguimos siendo responsables de cuidarlos. Tenemos igual dignidad y distintas responsabilidades. Escuchar no significa entregarles el gobierno de la casa.

Comprender el dolor no vuelve aceptable el daño

Giordano evocó la muerte de Romina Yan y pidió perdón por la posibilidad de no haber estado a la altura de lo que sus hijos necesitaban durante el duelo, aunque negó la violencia denunciada. Su pérdida merece empatía. También la de quienes habían perdido a su madre. Comprender el dolor no vuelve aceptable el daño ni permite explicar desde afuera una historia que desconocemos.

En una familia conocida aparece, además, la mirada pública. Defender el propio nombre es un derecho; reparar un vínculo exige otra tarea. Ningún comunicado puede reemplazarla. La intimidad debe proteger a las personas, sin convertirse en una obligación de silencio para quien necesita contar lo vivido.

También hay preguntas sobre la protección judicial. Según Gustavo Yankelevich, una perito recomendó que los tres hermanos vivieran con él, pero él mismo pidió que Azul permaneciera con su padre. Sin conocer el expediente, corresponde evitar conclusiones y conservar la pregunta: cómo se evaluó la protección de cada hijo.

Más allá del caso, todos recibimos una herencia emocional. Siempre pensé que lo bueno que nos dieron nuestros padres no debemos devolvérselo a ellos: debemos entregárselo a nuestros hijos. Es un pago a cuenta de la vida.

Cuando lo recibido fue violencia, la cuenta cambia. Nuestros hijos no tienen que pagar una deuda que no contrajeron. Haber sufrido no condena a repetir, aunque transformar esa historia pueda necesitar ayuda, tiempo y acompañamiento.

Criar exige sostener un límite sin amenazar, tolerar el enojo sin retirar el amor y pedir perdón sin exigir consuelo. Construir una casa donde un hijo pueda disentir sin miedo y un padre pueda decidir sin necesitar que le teman.

Porque nuestros hijos no nos pertenecen. Nos corresponde acompañarlos hasta que puedan pertenecerse a sí mismos. Y que, cuando ya no necesiten nuestra autorización para volver, encuentren en nosotros una razón para hacerlo.

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