La Organización Mundial de la Salud publicó este martes 20 de octubre una evaluación inédita de desigualdades en enfermedades no transmisibles. El informe compara cómo distintos grupos dentro de un mismo país enfrentan el cáncer, la diabetes, las enfermedades cardiovasculares y los problemas respiratorios crónicos. Su conclusión central distingue dos desventajas: mayor exposición a determinados riesgos y menores posibilidades de acceder a controles, diagnósticos y tratamientos oportunos.
El documento no es una clasificación de los sistemas sanitarios ni una medición de cambios ocurridos esta semana. Reúne nueve fuentes internacionales de datos, 35 indicadores y hasta ocho dimensiones de desigualdad, con registros nacionales recogidos durante la última década. La comparación incluye ingresos, nivel educativo, sexo, edad y residencia, además de discapacidad, ocupación y condición migratoria, aunque la información disponible no es igual de completa en todos los países.
La desigualdad sanitaria no consiste únicamente en enfermar con mayor frecuencia. En países de ingresos bajos y medios, las poblaciones con menor escolaridad tienden a registrar más hipertensión y diabetes, mientras que la exposición al tabaco es mayor entre hombres menos educados. A la vez, el humo doméstico afecta más a ciertos hogares rurales y la contaminación exterior a muchas áreas urbanas, lo que impide reducir todas las diferencias a una única explicación económica.
El cáncer de cuello uterino expone una barrera específica en la detección temprana. Las mujeres con menos recursos o educación presentan menor cobertura de pruebas preventivas, una situación que también se observa en distintas zonas rurales. El desafío supera la existencia de un examen: requiere acceso al control, personal capacitado, entrega de resultados y posibilidad de tratar lesiones. Este enfoque complementa la cobertura previa sobre prevención del cáncer cervicouterino.

La diabetes muestra otra dimensión del problema: llegar tarde al consultorio altera el pronóstico. La ficha mundial de la OMS estima que 830 millones de personas vivían con diabetes en 2022 y que más de la mitad no recibían medicación. Esas cifras describen una carga global anterior, no una estimación nueva de este informe. Sin controles de glucemia accesibles y seguimiento periódico, la enfermedad puede avanzar antes de ser reconocida y tratada.
En hipertensión, residir lejos de los servicios pesa sobre la continuidad de la atención. En numerosos países de ingresos bajos y medios, las poblaciones rurales acceden menos al diagnóstico y tratamiento que las urbanas; además, los adultos jóvenes con hipertensión son detectados y tratados con menor frecuencia que los mayores. Los hombres presentan también desventajas en la identificación y el tratamiento, aunque sus patrones de consumo de tabaco y alcohol requieren políticas preventivas diferentes.
Las barreras cambian cuando intervienen migración o discapacidad, y no siempre aparecen en las estadísticas habituales. Una persona migrante puede enfrentar dificultades idiomáticas, administrativas o económicas, mientras que alguien con discapacidad puede hallar servicios que no contemplan sus necesidades de movilidad o comunicación. La OMS no presenta esas situaciones como idénticas en todos los países: advierte que todavía faltan series comparables para medir con precisión a quiénes dejan afuera los programas sanitarios.
Abrir un consultorio no garantiza que una persona complete su atención. Para el cáncer se necesitan pruebas, evaluación posterior y tratamiento; para la diabetes y la hipertensión, medicamentos, controles y seguimiento prolongado. Por eso, medir solo el número de establecimientos o de consultas puede ocultar abandonos terapéuticos. Una política de equidad debe observar cuántas personas ingresan al sistema, cuántas reciben un diagnóstico confirmado y cuántas consiguen continuar el cuidado.

La respuesta propuesta combina prevención general y acciones dirigidas a los grupos menos alcanzados. Un documento complementario de la OMS plantea ampliar intervenciones efectivas, asignar recursos mediante datos desagregados y medir regularmente las diferencias de cobertura. Esto supone analizar el funcionamiento de los servicios por nivel socioeconómico y territorio, no solo anunciar campañas nacionales. La organización no establece con este informe nuevas obligaciones legales ni compromisos financieros automáticos para los gobiernos.
El siguiente paso será la presentación técnica mundial convocada por la OMS para el jueves 22 de octubre. Allí se discutirán los resultados y su utilidad para orientar programas nacionales, con interpretación disponible en español. La publicación oficial ofrece una base comparativa, pero no prueba por sí sola que una medida concreta haya cerrado las brechas. La evaluación futura dependerá de constatar más diagnósticos tempranos, tratamientos sostenidos y mejoras entre los grupos inicialmente relegados.