Reducir lo que pasa en Francia a una “revolución estudiantil” es un análisis simplista, romantizado y envuelto en una épica que impide ver el conjunto. Un reclamo legítimo no vuelve legítimo todo lo que sucede a su alrededor.
Supongamos que el origen es el hartazgo: ciudadanos cuyos gobernantes no saben, no pueden o no quieren dar respuestas. Los dirigentes, para ganar elecciones, prometen cada vez más cosas que pueden cumplir cada vez menos. Pero la pregunta sigue siendo: ¿cambiar lo que tenemos por qué otra cosa? ¿Por qué otro modelo de sociedad?
En las protestas participan actores con intereses diferentes. Hay estudiantes que reclaman, sectores que buscan rédito político y grupos que aprovechan la movilización para saquear y generar violencia. Cada uno lleva agua para su molino. Cuando la destrucción tapa los reclamos, quienes buscaban el caos consiguen su objetivo, mientras los estudiantes pueden seguir sin respuestas.
Y no alcanza con decir: “Es una crisis de asequibilidad”. El hambre merece respuestas. La angustia de no llegar a fin de mes y el desencanto con los dirigentes también. Pero atacar a una mujer no conquista derechos. Vandalizar una sinagoga no mejora salarios. Saquear comercios no resuelve la pobreza. El sufrimiento social exige soluciones; no puede convertirse en una coartada para justificar cualquier violencia.

Como otro de los ingredientes de este escenario, aparece la denuncia del periodista francés Paul Amar: durante los saqueos de Marsella, sostuvo, se preservaron comercios musulmanes mientras negocios judíos fueron atacados. Si se confirma una selección religiosa de los blancos, reducir todo al descontento económico sería dejar afuera otro componente: el antisemitismo.
Por eso cuestiono “globalizar la intifada” cuando se utiliza para legitimar la violencia. Ahí “Free Palestine” puede funcionar como una trampa: convocar solidaridad y ponerla al servicio de proyectos que muchos manifestantes jamás aceptarían. Esto no demuestra que todos los disturbios respondan a una dirección común. Obliga a distinguir quién reclama derechos y quién aprovecha el reclamo para vulnerar los ajenos.
Europa necesita discutir inmigración, integración y proyectos islamistas autoritarios sin confundirlos entre sí. Defender la libertad religiosa no significa aceptar que alguien imponga su religión a los demás. En Argentina, las circunstancias son distintas: trasladar automáticamente el diagnóstico europeo sería otro simplismo.
La pregunta, sin embargo, vale para todos: ¿compartimos con quienes acompañamos un futuro o solamente un enemigo? Quienes defendemos la igualdad de las mujeres, la diversidad sexual y la libertad de conciencia no podemos entregar esos principios por una coincidencia política.
Ese es el suicidio de las sociedades: destruir, por desesperación, las libertades con las que todavía podrían corregir su presente.
Hoy podés marchar contra un gobierno que te decepciona. Pensalo antes de que tu última marcha en nombre de la libertad sea la que les abra el camino para quitártela.