Una indemnización de $2 millones, una máquina de coser instalada en el living de un departamento y una idea que llevaba años dando vueltas.
Así empezó Juana Díez, el emprendimiento de una joven diseñadora que convirtió su pasión por coser ropa para muñecas en un proyecto de moda sustentable.
Lo que comenzó casi como un juego, durante los encuentros con una psicopedagoga cuando era niña, terminó transformándose en una marca que recupera prendas descartadas, las convierte en piezas únicas y busca hacerse un lugar en la industria del diseño argentino.

Juana Díez nació y creció en San Antonio de Areco. Cuando habla de la costura, no la presenta como una vocación que descubrió de grande, sino como algo que estuvo siempre ahí, incluso antes de que pudiera ponerle un nombre. “Como que no tengo recuerdos de mi vida sin coser”, cuenta en diálogo con NewsDigitales.
El origen aparece en una anécdota de sus primeros años de escuela. Al empezar primer grado, le costó adaptarse a la estructura escolar y aprender a leer y escribir. Por ese motivo, su colegio recomendó que asistiera a una psicopedagoga. A Juana no le gustaba demasiado ir, pero aquella profesional encontró una manera de acercarse a ella a través de las manualidades.
“Ella se dio cuenta de que a mí me gustaban mucho las manualidades y lo empezó a incorporar en nuestros encuentros, como una forma de llegar a mí y de lograr que pudiera hacer las actividades”, subraya.
Así, entre ejercicios y dibujos, comenzaron a fabricar ropa para muñecas. Lo que al principio era una forma de hacer más llevaderos esos encuentros terminó convirtiéndose en un juego que la atrapó: “Me acuerdo de estar en la psicopedagoga, que no me gustaba nada ir, pero empezábamos a hacer ropa. Hacíamos los ejercicios mientras yo hacía ropa para muñecas. Y me encantó”.
En su casa, la creatividad siguió por su cuenta. Desarmaba prendas viejas, aprovechaba sábanas que ya no se usaban y transformaba telas en nuevos diseños. También inventaba pequeños objetos con lo que encontraba a mano. “Siempre encontraba la forma de crear algo”, resume.
Durante la secundaria empezó a tomar clases de costura y pasó buena parte de esos años aprendiendo y experimentando. Se hacía gran parte de su propia ropa, incluidos los atuendos para fiestas y el disfraz para la celebración de egresados: “Me encantaba tener algo que fuera único, más viniendo de un pueblo”.
Cuando llegó el momento de elegir una carrera, no tuvo demasiadas dudas: quería estudiar Diseño de Indumentaria. Se mudó a Buenos Aires para hacerlo y, aunque la adaptación a la ciudad no fue sencilla, tenía claro hacia dónde quería ir.
Haber aprendido a coser antes de empezar la universidad le dio una ventaja. No se trataba solamente de imaginar una prenda, sino de entender cómo construirla, probarla y hacerla realidad: “Generalmente se habla del diseño, de la creatividad y de hacer cosas distintas, pero tener el oficio y entender cómo se construye una prenda es súper importante. Eso me dio mucha autonomía”.
El camino laboral, sin embargo, no fue lineal. Antes de conseguir sus primeros puestos en moda, trabajó como secretaria, asistente, empleada administrativa en un estudio contable, vendedora en un local de ropa y cuidadora de chicos.
En ese momento, sentía que se alejaba de su objetivo. Con el tiempo, cambió la mirada sobre esa etapa, en parte gracias a un consejo de su mamá: de cada trabajo podía llevarse algún aprendizaje.
“Hoy le doy toda la razón. Fui aprendiendo un montón de herramientas que son fundamentales para emprender: organizarme, tener una agenda, resolver imprevistos, usar Excel y ocuparme de cuestiones administrativas”, reconoce.
Después llegaron los empleos en la industria de la moda. Disfrutó de esas experiencias, aprendió y sumó conocimientos, pero seguía presente la idea de construir algo propio: “Yo sabía que tenía que tener un diferencial, ofrecer algo que tuviera sentido y una identidad. Si me pongo a hacer remeras y jeans, ¿por qué la gente dejaría de comprar en las marcas de siempre para comprarme a mí?”.

La respuesta empezó a tomar forma cuando cerró la marca de ropa en la que trabajaba. La situación abrió una puerta que hasta entonces había mirado con cierta cautela: usar sus ahorros y parte de la indemnización para lanzar su propio proyecto.
Juana Díez nació en diciembre de 2024, con una inversión inicial de aproximadamente $2 millones. De ese monto, destinó unos $550.000 a una máquina de coser industrial y alrededor de $500.000 a insumos, herramientas y prendas que pudiera transformar. El resto quedó como un respaldo para afrontar sus gastos personales durante los primeros meses.
El taller inicial fue tan pequeño como concreto: instaló la máquina en el living del departamento que compartía con sus hermanos. Allí empezó a diseñar, buscar materiales, descoser prendas y construir otras nuevas: “Arranqué con recursos muy limitados y hacía prácticamente todo yo”.
Incluso el packaging lo resolvía de manera artesanal. Compró liencillo para confeccionar las primeras bolsas, un sello para estamparlas y etiquetas para las prendas. Cada gasto se pensaba y cada material podía tener una segunda utilidad.
La primera colección estuvo compuesta por diez prendas, lanzadas en diciembre de 2024. Se vendieron en la primera feria en la que participó. Para Juana, esa respuesta inicial fue mucho más que una venta: fue una señal de que valía la pena seguir.

La propuesta de Juana Díez se apoya en el upcycling, una práctica que consiste en recuperar materiales o productos existentes y transformarlos en piezas nuevas, con valor agregado. En su caso, muchas prendas parten de textiles que quedaron fuera de uso, entre ellos las corbatas.
“Son increíbles. Tienen muy buenas telas, colores y estampados, y están hechas para durar. Cambiaron las costumbres y se convirtieron en descartes. Entonces tratamos de encontrarle la vuelta para convertirlas en algo distinto”, señala.
Y agrega: “Para mí siempre fue muy importante que la sustentabilidad y el diseño vayan de la mano. Una prenda puede estar hecha de materiales en desuso y, al mismo tiempo, tener una excelente moldería, estar bien confeccionada y pensada para durar”.
La marca también ofrece prendas personalizadas a partir de telas que tienen un valor afectivo para sus clientes. Una de esas ideas surgió cuando una mujer le preguntó si podía hacer un jean con las corbatas de su abuelo fallecido: “En vez de que esa prenda quede guardada en un cajón, la convertimos en algo que tenga valor sentimental".
Un punto de inflexión llegó en octubre de 2025, cuando participó en Puro Diseño, la feria que reúne a diseñadores de todo el país en La Rural. Hasta entonces, había trabajado principalmente desde su casa. Esa experiencia le permitió mostrar las prendas, explicar cómo estaban hechas y conversar cara a cara con quienes se acercaban.
Entre fines de 2025 y comienzos de 2026, la marca participó en desfiles, semanas de la moda y ferias en Buenos Aires, Pilar y San Antonio de Areco. También llegaron nuevas oportunidades: Juana fue seleccionada para representar a la Argentina en la Sustainable Fashion Week de Madrid y realizó un atuendo para un concierto de Lali y una camiseta para Zaira Nara y Ailén Cova, esposa del futbolista Alexis Mac Allister.
El crecimiento no eliminó las dificultades económicas. Después de invertir buena parte de sus ahorros para viajar a Madrid, Juana atravesó entre junio y septiembre de 2026 una etapa compleja, en la que llegó a preguntarse si podía sostener la marca. Incluso envió currículums para buscar un segundo trabajo.
“Emprender en Argentina es un deporte de alto rendimiento”, dice, con una frase que escuchó en una charla y que siente que resume la experiencia.
Para atravesar los meses de menos ventas, desarrolló talleres de customización. Los participantes llevan prendas que quieren transformar y, durante dos o tres horas, trabajan con ella para intervenirlas con telas, corbatas y otros materiales. No hace falta saber coser: la idea es experimentar y llevarse una pieza propia.
“Creo que no alcanza con tener una buena idea o hacer algo que te apasiona. También tenés que aprender a gestionar un negocio, tomar decisiones, administrar la plata y convivir con una incertidumbre que no siempre es fácil de llevar”, reflexiona.
Actualmente, la marca tiene su showroom-taller en una casa antigua de Palermo, en la esquina de Carranza y Guatemala, donde comparte espacio con Jaleo Buenos Aires, un local vintage que también trabaja desde la lógica de la economía circular.
“Toda la situación económica me genera muchísima incertidumbre, especialmente por cómo puede evolucionar el consumo y por la dificultad de proyectar a mediano y largo plazo. Cuando dependés de las ventas para sostener una estructura, invertir en materiales y generar trabajo, cualquier cambio en el comportamiento del consumidor te afecta directamente”, afirma.
Y completa: “Al mismo tiempo, intento ser optimista. Siempre escucho que Argentina es un país muy cíclico, que atravesamos momentos muy difíciles y después aparecen nuevas oportunidades. No significa ignorar lo que está pasando ni dejar de ser realista, sino entender que el contexto puede cambiar y que también hay cosas que podemos hacer para prepararnos mejor”.