26/10/2026 - Edición Nº1357

Política

Brasil

El cuarto triunfo de Lula: qué pasaba en Argentina en octubre de 2002, 2006 y 2022

26/10/2026 | Cuando Lula ganó el balotaje del 27 de octubre de 2002, Argentina todavía intentaba recuperarse de una de las crisis más profundas de su historia reciente.



La victoria de Luiz Inácio Lula da Silva en el balotaje de este domingo volvió a poner a Brasil en el centro de la escena regional.

Pero también abrió una ventana para mirar hacia atrás: las otras tres ocasiones en las que el dirigente del Partido de los Trabajadores se impuso en las urnas -en octubre de 2002, cuando llegó por primera vez a la presidencia; en octubre de 2006, cuando consiguió la reelección; y en octubre de 2022, cuando regresó al poder- encontraron a la Argentina atravesada por escenarios políticos muy diferentes.

En esas tres etapas, el país pasó de la crisis social e institucional posterior al estallido de 2001 a la consolidación del kirchnerismo y, más tarde, a un gobierno de Alberto Fernández condicionado por la inflación y las disputas internas.

Octubre de 2002: la Argentina de Duhalde, la crisis y la pelea por la sucesión

Cuando Lula ganó el balotaje del 27 de octubre de 2002, la Argentina todavía intentaba recuperarse de una de las crisis más profundas de su historia reciente. Eduardo Duhalde estaba al frente de un gobierno de transición, después de la renuncia de Fernando de la Rúa en diciembre de 2001, y el país se encaminaba hacia las elecciones presidenciales previstas para 2003.

El clima social estaba marcado por la pérdida de ingresos, el desempleo, la pobreza y los conflictos laborales. La recuperación de empresas por parte de sus trabajadores era una de las expresiones más visibles de aquel período. En Berazategui, por ejemplo, los empleados de la metalúrgica Acrometálica ocuparon la planta después de meses sin cobrar y de la desaparición de sus propietarios. El caso tenía una particularidad: la empresa no estaba en quiebra ni en convocatoria de acreedores.

“Treinta y tres familias con hambre gracias a estos negreros”, decía una pintada en el frente de la fábrica, según una crónica de aquellos días. La escena reflejaba las consecuencias de la crisis y las respuestas que surgían desde los propios trabajadores ante la falta de soluciones.

En paralelo, el peronismo atravesaba una disputa por la candidatura presidencial. Carlos Menem buscaba acelerar las internas partidarias, mientras Néstor Kirchner y José Manuel de la Sota coincidían en cuestionar las reglas de la competencia interna. Ambos reclamaban garantías sobre los padrones y discutían la posibilidad de postergar la elección partidaria hasta febrero de 2003.

Kirchner, entonces gobernador de Santa Cruz, advertía que los procedimientos lo hacían sentirse “expulsado” del justicialismo. La disputa anticipaba una pelea decisiva por la sucesión de Duhalde y por el rumbo que tomaría el peronismo después de la crisis.

En ese contexto, la victoria de Lula fue recibida con expectativa por el Gobierno argentino. El entonces secretario general de la Presidencia, José Pampuro, la definió como “una esperanza para el continente y una inyección al Mercosur”. La administración de Duhalde esperaba que el nuevo mandatario brasileño contribuyera a fortalecer el bloque regional y ayudara a la Argentina a salir de la emergencia financiera.

La sintonía, sin embargo, no estaba garantizada: en la Casa Rosada también miraban con preocupación la posibilidad de que Menem regresara a la presidencia y se alejara de la orientación regional que buscaban promover.

Octubre de 2006: Kirchner en el poder y una derrota que encendió alarmas

Cuatro años después, Lula obtuvo la reelección en Brasil, pero la Argentina se encontraba en una etapa política muy diferente. Néstor Kirchner llevaba más de tres años en la Casa Rosada y el oficialismo tenía una posición de fortaleza, aunque empezaban a aparecer señales de advertencia en el mapa electoral.

Una de las más significativas llegó desde Misiones, donde el gobernador Carlos Rovira perdió la elección en la que buscaba habilitar una nueva reelección mediante una reforma constitucional. La oposición, agrupada detrás del obispo emérito Joaquín Piña, se impuso por el 56,5% de los votos frente al 43,4% del oficialismo. La contienda en aquella provincia se dio el mismo día de la elección de Brasil.

Kirchner había respaldado personalmente a Rovira y viajado a la provincia durante la campaña. Por eso, la derrota fue leída como un revés para el Presidente y como una señal de que una coalición opositora podía imponerse aun frente a un gobernador con el apoyo de la Casa Rosada.

“La misma soberbia de él lo condenó”, afirmó Piña al referirse a Rovira. El obispo también consideró que Kirchner se había equivocado al respaldar el proyecto reeleccionista y sostuvo que la disputa había terminado nacionalizándose por la intervención presidencial.

La oposición intentó capitalizar el resultado. Mauricio Macri, entonces líder del PRO, calificó la derrota como “una señal de advertencia” para el Gobierno nacional. La discusión se trasladó también a la provincia de Buenos Aires, donde distintos sectores cuestionaban las aspiraciones de Felipe Solá de competir por otro mandato.

El debate por las reelecciones, los límites constitucionales y la construcción de alternativas opositoras ocupaba así un lugar central en la agenda política. Mientras Lula consolidaba su liderazgo en Brasil, Kirchner enfrentaba el desafío de administrar el poder sin que las disputas institucionales y electorales erosionaran su fortaleza.

Octubre de 2022: inflación, internas y el ascenso de Javier Milei

El 30 de octubre de 2022, Lula derrotó a Jair Bolsonaro y consiguió regresar a la presidencia brasileña. En la Argentina gobernaba Alberto Fernández, pero el Frente de Todos ya estaba atravesado por las diferencias entre el Presidente, Cristina Kirchner y distintos sectores del peronismo. La economía, con una inflación que se acercaba al 100% anual, condicionaba la gestión y alimentaba la incertidumbre de cara a las elecciones de 2023.

Sergio Massa, que había asumido como ministro de Economía en agosto de ese año, buscaba contener los aumentos de precios mediante acuerdos con las empresas. A fines de octubre, el Gobierno preparaba el lanzamiento de Precios Justos, un programa que contemplaba congelar los valores de más de 1.500 productos de consumo masivo entre diciembre y marzo.

La iniciativa buscaba estabilizar los precios en un contexto de fuerte deterioro del poder adquisitivo. El plan también incluía una aplicación para verificar los valores en las góndolas y un esquema de sanciones más elevadas para las empresas que incumplieran los acuerdos.

Mientras la economía ocupaba el centro de las preocupaciones, la oposición discutía su estrategia electoral y sus propios liderazgos. En Juntos por el Cambio, el acto de la UCR que impulsaba a Martín Lousteau como candidato a jefe de Gobierno porteño abrió una nueva disputa con el PRO. María Eugenia Vidal salió a marcar la cancha y sostuvo que el sucesor de Horacio Rodríguez Larreta debía pertenecer a su partido.

“En el PRO hay equipo de sobra para continuar este trabajo”, afirmó la entonces diputada nacional al defender la continuidad de su espacio al frente de la Ciudad de Buenos Aires. La discusión anticipaba las tensiones que atravesarían a la coalición opositora durante el año siguiente.

Pero otro dato de aquella coyuntura adquiere una relevancia particular al mirar el presente: Javier Milei era todavía diputado nacional y su espacio, La Libertad Avanza, buscaba consolidarse como una tercera fuerza. Por aquellas horas, una publicación irónica en internet ofrecía a la venta su banca, con el argumento de sus reiteradas ausencias a las votaciones.

En paralelo, el gobierno de Alberto Fernández reconocía sus dificultades para avanzar con nombramientos judiciales por la falta de votos en el Congreso. La designación de un procurador general y el reemplazo de una vacante en la Corte Suprema aparecían como objetivos difíciles de concretar antes del final del mandato.