Hoy, 30 de octubre, Diego Armando Maradona cumpliría 66 años. En una fecha que el fútbol argentino siente como propia, vale la pena volver a uno de los capítulos menos recordados de su carrera: los cuatro meses en que fue el técnico de Racing, en 1995.
Cuando "el pelusa" llegó a Avellaneda no lo hizo como jugador sino como director técnico, un rol que ya había probado unos meses antes en Mandiyú de Corrientes. Cumplía la sanción de quince meses que le había impuesto la FIFA por el doping positivo del Mundial de Estados Unidos. Como no podía jugar, encontró en el banco una manera de seguir cerca de la pelota. Lo acompañaba su amigo Carlos Fren, con quien compartía la conducción del equipo.
La Academia de ese entonces no era la de los años dulces de Diego Cocca, Eduardo Coudet o Gustavo Costas: llevaba décadas sin salir campeón, tenía problemas económicos serios y arrastraba cuestionamientos de todo tipo en la dirigencia. Por eso la contratación del Diez fue una apuesta fuerte. El Turco García, que impulsó la llegada junto al presidente Juan De Stéfano, contó tiempo después que tenerlo como técnico atraía auspiciantes por todos lados y que Diego, prácticamente, “se pagaba solo”. Para un club con las arcas flacas, ese dato pesaba tanto como cualquier esquema táctico.
El primer indicio de lo que se venía apareció en Santa Teresita, donde el plantel hizo la pretemporada. La presencia de Maradona convirtió una práctica de verano en un fenómeno social y turístico, con gente siguiendo cada movimiento y cámaras por todos lados.
El equipo tenía nombres de peso, como el arquero Sergio Goycochea, que había jugado con Diego la final del Mundial de 1990, y un delantero joven que empezaba a llamar la atención, Claudio “Piojo” López. También estaban Néstor Clausen, Adrián De Vicente, Fernando "Teté" Quiroz y Pablo Michelini, nombres que ningún racinguista olvida.

Esa ilusión de verano chocó pronto con la realidad. El debut oficial fue el 26 de febrero de 1995, con una derrota por 1 a 0 frente a Ferro. El estreno quedó también en la memoria por un gesto obsceno de Diego hacia la tribuna local tras la atajada de "Nacho" González en el penal del verde, una postal que muchos todavía recuerdan. Una semana más tarde, el 5 de marzo, llegó la primera alegría en el Cilindro: 1 a 0 a Platense, con el estadio lleno de expectativa.
Pasada la euforia inicial, el equipo no logró despegar. La dupla Maradona-Fren dirigió once partidos oficiales: dos victorias, seis empates y tres derrotas. Nada que alcanzara para pelear arriba. Según el propio Turco García, Diego a veces no aparecía por los entrenamientos porque se acostaba tarde, y buena parte del trabajo de pizarra recaía en Fren. Maradona quería que los jugadores hicieran lo que a él le salía natural, y eso, como bromeaba el dirigente, resultaba imposible de enseñar.
El ciclo duró unos cuatro meses. Después Diego volvió a ocuparse de lo suyo, que era jugar, y retomó la actividad en Boca. Racing siguió su camino con los mismos problemas de siempre y recién en 2001 pudo cortar una sequía de 35 años sin títulos. Esa historia ya no tenía a Maradona en el banco, pero el paso por Avellaneda se sumó a la lista de capítulos que el hincha cuenta con una mezcla de risa y cariño.
El vínculo tuvo un último cruce muchos años después. El 15 de septiembre de 2019, Maradona debutó como técnico de Gimnasia justamente contra Racing, en el Bosque, y el Lobo perdió 2 a 1. Antes del partido dijo “me pongo loco de felicidad” y que quería abrazar a Eduardo Coudet, el técnico rival, algo que efectivamente hizo al costado de la cancha. Ya con la derrota encima, reconoció que el fútbol de Racing no le gustaba demasiado, aunque lo consideraba práctico.
Tras su muerte, en noviembre de 2020, el club le hizo un mural en el Cilindro con una placa que lo recuerda como técnico del equipo durante 1995. No dejó títulos ni grandes números, pero sí anécdotas, fotos de pretemporada y la sensación de que, por unos meses, el Diez estuvo en el banco de la Academia y todo el barrio lo sintió propio.
