Durante años, la Unión Soviética sostuvo que Laika había vivido varios días a bordo del Sputnik 2. La historia comenzó a cambiar mucho después: en 2002, un informe presentado por investigadores rusos reveló que el sistema térmico había fallado y que la perra probablemente murió apenas unas horas después del lanzamiento. La información contradecía la imagen de una misión controlada que Moscú había proyectado sobre uno de sus mayores triunfos científicos.
El 3 de noviembre de 1957, Laika se convirtió en el primer animal que alcanzó la órbita terrestre. La Unión Soviética había puesto en órbita el Sputnik 1 solo treinta días antes y su dirigente, Nikita Jruschov, quería otra demostración de poder tecnológico para el aniversario de la Revolución rusa, celebrado el 7 de noviembre. El plazo dejó a los ingenieros sin tiempo suficiente para diseñar un regreso: desde antes del despegue se sabía que la pasajera no volvería.

Laika era una perra pequeña recogida en Moscú. Los especialistas buscaban animales acostumbrados a condiciones difíciles y eligieron hembras por las limitaciones de espacio de la cápsula. Otras dos, Albina y Mushka, participaron de las pruebas. El entrenamiento incluía encierros prolongados, ruidos y aceleraciones semejantes a los de un cohete. Poco antes del vuelo, uno de sus cuidadores la llevó a su casa para que pasara un momento fuera del laboratorio.
La cabina presurizada disponía de oxígeno, un ventilador, alimento gelatinoso y dispositivos para recoger desechos. También llevaba sensores de respiración, presión sanguínea, movimiento y actividad cardíaca. Eran herramientas esenciales para responder una pregunta inédita: ¿cómo reaccionaría un organismo al lanzamiento y a la ingravidez? Pero estudiar esas reacciones no equivalía a garantizar que pudiera sobrevivir ni regresar.
El Sputnik 2, de unos 508 kilos, alcanzó la órbita y comenzó a dar una vuelta al planeta aproximadamente cada 104 minutos. Durante el ascenso, los registros mostraron que el ritmo cardíaco de Laika llegó a triplicarse. Aunque logró recuperarse parcialmente al llegar a la ingravidez, la temperatura en su compartimiento empezó a subir. El precario sistema de control térmico no consiguió protegerla.
Documentos divulgados posteriormente registraron temperaturas de hasta 43 grados y señales fisiológicas incompletas. Por eso no es posible establecer con precisión absoluta el instante de su muerte, aunque la reconstrucción más aceptada apunta al sobrecalentamiento y al estrés en las primeras horas. El satélite siguió enviando señales hasta el 10 de noviembre y se desintegró al reingresar en la atmósfera el 14 de abril de 1958. Que la nave continuara en órbita no significaba que Laika siguiera viva.
En 1960, Belka y Strelka completaron un vuelo orbital y regresaron vivas. La diferencia era fundamental: no bastaba con colocar un ser vivo en órbita, también había que protegerlo durante el viaje y traerlo de vuelta. Esas pruebas contribuyeron al programa que llevó a Yuri Gagarin al espacio en abril de 1961. Laika, además, no había sido el primer animal en llegar al espacio: otros habían realizado vuelos suborbitales, sin completar una vuelta a la Tierra.

El debate también siguió en los laboratorios. Oleg Gazenko, uno de los científicos vinculados al programa soviético, expresó años después su arrepentimiento. En 1959 se formularon las llamadas tres erres de la experimentación animal: reemplazar animales cuando sea posible, reducir su número y perfeccionar los procedimientos para disminuir el sufrimiento. No fueron una consecuencia exclusiva de este vuelo, pero sirven para medir cuánto cambiaron las exigencias éticas desde 1957. A 69 años, Laika permanece como símbolo de un avance real que fue alcanzado sin resolver una responsabilidad básica: cuidar la vida enviada a explorar lo desconocido.