“El bien y el mal definen por penal”, canta Divididos. Una frase que, después del último Boca-River, permite pensar bastante más que un partido de fútbol.
Días atrás participé de un congreso de comunicación política. Escuché a expositores de la televisión, la política, la economía y las nuevas plataformas. Miradas distintas sobre el mundo que nos toca vivir y los desafíos que tenemos por delante.
Entre esas intervenciones, me interesó especialmente la de Axel Kaiser, escritor y pensador chileno. Su planteo, tal como lo recogí, proponía leer los conflictos de nuestra época desde una disputa fundamental: la lucha entre el bien y el mal.
Encontré allí un punto de contacto con una preocupación que vengo desarrollando. Pero también una pregunta que, para mí, debe preceder a cualquier alineamiento: ¿qué entendemos hoy por el bien y qué entendemos por el mal?
Porque casi nadie se reconoce del lado del mal. Incluso quienes cometen las mayores atrocidades suelen invocar una causa superior. La convicción de estar haciendo lo correcto, por lo tanto, no alcanza para demostrarlo.
El problema se profundiza cuando los límites se desdibujan. Cuando una misma conducta resulta intolerable en el adversario y comprensible en el aliado. Cuando dejamos de juzgar lo que alguien hace para decidir, primero, de qué lado está.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el fútbol? Mucho más de lo que parece.
En una cancha hay un reglamento, infracciones y sanciones. También hay interpretación: dos jugadas pueden parecer iguales y contener diferencias relevantes. No toda discrepancia demuestra una injusticia. Pero esa facultad de interpretar exige coherencia: las diferencias entre las decisiones deben poder explicarse por lo ocurrido en cada jugada.
El arbitraje de Nicolás Ramírez en el último Superclásico volvió a instalar esa discusión. Los cuestionamientos excedieron si una expulsión había sido correcta: también importaba qué tratamiento recibían otras acciones comparables.
Porque sancionar correctamente una infracción no resuelve la injusticia de dejar pasar otra equivalente.
¿Hubo una mano negra? No me consta. No tengo pruebas para atribuir las decisiones del árbitro o del VAR a intereses institucionales. Afirmarlo sería irresponsable.
Cuando los errores favorecen siempre a los mismos dejan de ser errores. No tienen vergüenza ni límites. Están destruyendo al fútbol argentino a la vista de todos.
— Stefano Di Carlo (@stefanocdicarlo) November 1, 2026
Pero cuando faltas comparables reciben sanciones diferentes en un mismo partido, la sospecha aumenta. Esa inconsistencia no prueba un favoritismo, pero debilita la confianza en quien debe impartir justicia y vuelve difusos los límites que debería hacer respetar: si una misma conducta se castiga de un lado y se tolera del otro, ¿qué criterio estamos estableciendo sobre lo que está bien y lo que está mal?
Fuera de la cancha sucede algo parecido. En la política y en el debate público, muchas veces conocemos la camiseta antes de evaluar la conducta. Entonces acomodamos el juicio: lo que ayer condenábamos hoy merece contexto; lo que antes justificábamos ahora nos parece imperdonable.
Así, todos podemos invocar justicia, libertad o democracia y defenderlas solamente cuando favorecen a los nuestros.
Por eso, a la idea de una lucha entre el bien y el mal le agregaría una exigencia: establecer criterios que estemos dispuestos a sostener incluso cuando nos perjudiquen. Cuestionar al adversario exige bastante menos que señalar una injusticia cometida por alguien de nuestra propia tribuna.
El bien y el mal definen por penal, canta Divididos.
El problema empieza cuando, antes de cobrarlo, miramos la camiseta.