Domenico Tardini caminaba hacia su despacho cuando una explosión sacudió el edificio del Governatorato. Al llegar, encontró la oficina destrozada. Si hubiese entrado unos instantes antes, posiblemente habría muerto. Eran las 20:10 del 5 de noviembre de 1943: un avión desconocido acababa de lanzar cinco bombas contra el Vaticano, territorio neutral rodeado por una Roma ocupada por tropas alemanas. Cuatro estallaron y nadie perdió la vida.
El ataque destrozó el taller donde se elaboraban y restauraban mosaicos, dañó dependencias administrativas y afectó las cercanías de la estación ferroviaria. También hizo estallar vidrios de la basílica de San Pedro. El patrimonio artístico sufrió pérdidas importantes y Radio Vaticano interrumpió sus transmisiones. Nadie reivindicó la operación. Mientras el papa Pío XII intentaba preservar la neutralidad de la Santa Sede, comenzó una batalla paralela para imponer una versión de lo ocurrido.

Las potencias enfrentadas se acusaron mutuamente. Una investigación atribuyó el ataque a sectores fascistas vinculados con Roberto Farinacci, interesados en silenciar Radio Vaticano, emisora que transmitía mensajes destinados a prisioneros de guerra y sus familias. Otra sospecha señaló a un piloto aliado que habría arrojado sus bombas por error. Sin embargo, las pesquisas cuestionaron esas reconstrucciones y no establecieron una responsabilidad indiscutible.
La diplomacia pontificia exigió explicaciones a los gobiernos involucrados. Sus técnicos examinaron los restos de los explosivos, pero no pudieron identificar con certeza su procedencia. Pío XII evitó acusar públicamente a alguno de los bandos: una imputación sin pruebas podía comprometer la posición de la Iglesia, atrapada en una ciudad bajo control nazi.

La historiadora Patricia McGoldrick encontró una pista inesperada al estudiar documentos diplomáticos conservados en Londres. En 1943, el gobierno militar de Pedro Pablo Ramírez mantenía la neutralidad argentina y las relaciones con Alemania. Berlín temía perder uno de sus últimos apoyos diplomáticos en América Latina, mientras crecían las noticias sobre posibles amenazas alemanas contra el pontífice.
La prensa era parte de esa disputa. El 6 de noviembre, el diario argentino El Pampero, financiado por la Embajada alemana, culpó a los Aliados del ataque y sostuvo que pretendían destruir San Pedro. McGoldrick plantea que el bombardeo pudo haber sido una provocación organizada por sectores fascistas con respaldo nazi para desacreditar a sus enemigos ante los católicos argentinos. La hipótesis es relevante, pero no está demostrada como hecho definitivo.

El silencio pontificio frustró los intentos de obtener una condena pública contra los Aliados. Años después, los documentos reconstruyeron la campaña propagandística, aunque no resolvieron por completo quién pilotó el avión. En marzo de 1944 hubo otro bombardeo en las inmediaciones del Vaticano, esta vez con una víctima fatal.
A 83 años del episodio, la historia vuelve a adquirir interés para la Argentina por la llegada de León XIV, prevista para el 8 de noviembre, con actividades hasta el 11 en Buenos Aires, Córdoba y Luján. El aniversario recupera otra dimensión de la diplomacia pontificia: incluso durante una guerra mundial, lo que ocurría alrededor del Papa podía influir en la disputa política de países situados a miles de kilómetros.