La tranquilidad habitual de Washington DC no se ve alterada por los vaivenes de la política de Estados Unidos. La prolijidad de las calles contrasta con las tensiones que se viven puertas adentro de la Casa Blanca y el Capitolio. Las elecciones de medio tiempo desarrolladas este martes fueron un tsunami para Trump y el Partido Republicano. Pero también alteraron los nervios de los aliados del Presidente norteamericano que ya sopesan hasta que punto ha comenzado un retroceso de las ideas que les permitieron llegar al poder en sus respectivos países. Las demandas suelen ser tan simples que los políticos tienen problemas en entenderlas.
Se ha dicho hasta el hartazgo: el principal motivo de la derrota para Trump y los suyos está en los efectos de la economía. El aumento del combustible producto de la incursión militar en Irán, detonaron los ya agitados ánimos de los estadounidenses. La lista podría ser más larga: aranceles, redadas del ICE, apoyo a Benjamín Netanyahu, tensión con Canadá y mucho más. Pero el eje transversal se ubica en la resistente inflación acicateada por determinaciones que parecen más un capricho que una cuestión de estrategia geopolítica. Y un agregado: en mi tiempo en la capital de los Estados Unidos me llevé la certeza que la palabra presidencial ha perdido mucha fuerza. Donald Trump habla o escribe mucho, pero sus ciudadanos ya le prestan poca atención. Han dejado de creerle.
Al parecer, le importa poco. Un día puede decir que la elección es la más importante de la historia y pedir que imaginen que es él quien está en las boletas. Y, con el resultado que avizorada sería catastrófico, escribir sin empacho que como no estuvo en las boletas no había perdido. Las reacciones posteriores del vicepresidente JD Vance con un dejo de sentido común ayudaron a despejar los fantasmas de un tembladeral político si no se aceptaba el contundente resultado. Las internas en la Casa Blanca ya están desatadas pensando dentro de dos años. Pero esa es otra historia.
La magnitud de la derrota para Donald Trump se mide no sólo por la pérdida del control del congreso, sino por los reveses en sitios donde históricamente el Partido Republicano no caía. Ejemplos como el de Texas o bien en Ohio o Kansas muestran la profundidad del enojo. Haber perdido en esos Estados es como para el peronismo perder en Lomas de Zamora o en La Matanza. Son golpes muy duros.
Evaluar desde el pulso de la calle en Washington es una tarea que requiere algunas precauciones. Se trata de una ciudad que no elige otra cosa que no sea al partido Demócrata. Volvió a quedar demostrado en la contienda por la alcaldía local donde la candidata azul ganó con el 85 por ciento de los votos. Su perfil es similar al del joven Zohran Mamdani en Nueva York. La línea interna del socialismo democrático que sostienen ideas de izquierda difíciles de llevar a la práctica cuando toca gobernar. A ese desafío se somete ahora el Partido Demócrata para intentar recuperar la Casa Blanca en dos años.
One of the things the data analysts on our side obsessed over was "composition"—whether the electorate looked close enough to 2024 for Republicans to win. And despite polls that showed a Democrat blowout, the data kept on telling us the same story: in some states turnout was merely OK, in other states it was downright amazing, and in no state was it catastrophic. There was a genuine sense of optimism on our team: our people were showing up. So, I asked the smartest data guy I know, does that mean we're going to shock the world? "No," he told me. "We might do better than the polls suggest. But the data is telling us that a lot of Trump/Vance 2024 voters are pissed and planning to vote for the other guys. Our voters are turning out, but they may not vote for us." Well, that looks prophetic now. Our voters did show up. In Florida, for example, the electorate was 9 points more Republican than Democrat, just a couple points worse than 2024. Undoubtedly there were places we could have done better on turnout. But the main problem is not turnout. The main problem is that many people who voted for Trump/Vance in 2024 voted for Democrats in 2026. There will be a lot of infighting and arguing over what happened and why that is. One of the pollsters I really respect told me that our economic messaging wasn’t sharp enough down the stretch. I’m sure that’s true. But the real reason we lost is obvious to almost everyone. Another pollster—one of the smartest people I know in politics, told me yesterday we’d lose the generic ballot by 13 points. I felt negative going into Tuesday, but even I was shocked by this. In his polling, he saw that a lot of Trump 2024 voters were angry and planning to vote for Democrats. He asked those voters who had abandoned us what would cause them to come back on our team. The top four answers, accounting for nearly all of the responses were: 1) End the war 2) Focus on cost of living/inflation 3) Put America First 4) Change our relationship to Israel Our voters showed up. And the above four reasons are why many of them voted for Democrats. This is according to a pollster who nailed the results. While many spent Monday attacking Rachel Campos Duffy for calling for a diplomatic resolution to the conflict, it turns out her political advice was sound. (She’s also a great person.) In the next few months, there's going to be a lot of gaslighting. Expect to hear any number of establishment politicians say the solution to our woes is amnesty. I'm open to the idea that we should change enforcement—by focusing more on businesses that hire illegal labor, for instance. But anyone pushing amnesty is lying to you. The reason we lost is the war. The president himself said so last night. If you'd like to argue it was worth it, that losing the Senate for the next 6 years was worth it, then do so. Argue it was a worthwhile cost to pay. Agree or disagree, that's at least honest. But everyone knows why we lost. And any honest conversation about where we go from here must start there. I remain hopeful about our country. To the people who are pissed off and want to say, “I told you so”: you’re right, you did tell us so. Take that energy into electing Republicans who share your worldview. To the people who are just pissed at the results, you should be. Let’s take that anger and get back to the work of saving our country.
— JD Vance (@JDVance) November 4, 2026
Si algo dejó la elección en Estados Unidos es la demostración que las posturas de extremo sirven para agitar la discusión en las redes sociales y afianzar posiciones muy arraigadas, pero no alcanzan para responder a las genuinas y simples demandas que están alejadas de las posiciones extremistas. Se trata de un boomerang de difícil control. La tentación de ir tanto a los extremos genera la reacción de sectores que luego logran representación y dificultan la posibilidad de lograr procesos estables. Se impone el regreso al centro.
Es lo que pasó en Estados Unidos. Sucede en Israel y puede repetirse en Argentina en 2027. No se trata de una ola donde las “derechas” empiezan a perder fuerza a partir del caso Bolsonaro, Trump y Netanyahu. Lo que asoma es la dificultad para sostener en el tiempo el discurso extremo con las demandas carentes de ideologías profundas.
El año próximo Argentina ingresará en un proceso que tiene características similares a las descriptas. Para Javier Milei, lo sucedido hasta aquí puede funcionar en los hechos como una PASO anticipada. Podría intentar torcer el rumbo porque en materia económica la factura se está gestando. ¿Tiene sentido “morir con las botas puestas”? Habrá que ver si predomina el pragmatismo o la exaltación ilimitada de los egos que llevan a pensar que están donde están porque el universo se mueve a su alrededor y no al revés. Incógnitas que se plantean a futuro, con constataciones muy recientes.
Como explicó por estas horas un especialista en política exterior para referirse al proceso electoral de Israel pero sin quitar la mirada sobre Argentina: “Los extremos pueden ser eficaces para movilizar adhesiones en las redes sociales, pero suelen ser contraproducentes para construir mayorías estables, gobernar y preservar el equilibrio institucional”. Ha comenzado a abrirse en el mundo un nuevo proceso. Desde Washington nos llevamos la primera lección.