A comienzos del siglo XX, el tango dejó de ser una expresión musical y coreográfica asociada a los barrios populares del Río de la Plata para convertirse en una moda internacional. Su llegada a los salones europeos, especialmente los de París, despertó entusiasmo, pero también fuertes resistencias entre los sectores más conservadores. La cercanía de los cuerpos, los movimientos de la danza y su reputación de origen arrabalero alimentaron una controversia que llegó hasta las autoridades religiosas.
En ese contexto comenzó a circular una historia que todavía hoy se repite: el papa Pío X habría querido prohibir el tango por considerarlo inmoral. La anécdota incluía una supuesta demostración privada ante el pontífice y una recomendación para reemplazarlo por la furlana, una danza tradicional del Véneto. Sin embargo, la investigación documental permite separar los hechos de la leyenda.
Hacia 1911, el tango argentino ya ocupaba un lugar destacado en los salones aristocráticos, los cabarets y los clubes de baile franceses. Su expansión europea modificó la percepción que existía sobre una música que hasta entonces había estado vinculada, en buena medida, con ambientes populares y nocturnos.
La aceptación no fue inmediata ni uniforme. Algunos sectores de la sociedad francesa cuestionaban el contacto físico entre los bailarines y consideraban que sus movimientos atentaban contra las convenciones de decoro de la época. La polémica trascendió los círculos sociales y llegó a las instituciones religiosas.

En enero de 1914, el cardenal Léon-Adolphe Amette, arzobispo de París, condenó públicamente el tango. La resistencia no quedó limitada a una autoridad eclesiástica: otros obispos franceses también participaron de una campaña contra los bailes modernos, en un contexto de tensión entre la Iglesia y el Estado republicano francés.
La historia del papa comenzó a difundirse en enero de 1914, cuando el periodista Jean Carrère publicó en el diario francés Le Temps una crónica sobre una supuesta presentación del tango ante Pío X. Según ese relato, dos jóvenes de la aristocracia pontificia habrían bailado frente al pontífice para que pudiera formarse una opinión propia.
La versión sostenía que el papa había observado la demostración y recomendado sustituir el tango por la furlana, una danza popular de la región italiana del Véneto. La escena tuvo amplia repercusión y contribuyó a instalar la idea de que el Vaticano había condenado oficialmente el baile rioplatense.

Pero el episodio no resistió el examen documental. El investigador Esteban Buch, en un estudio publicado en la Revista Argentina de Musicología, reconstruyó la circulación de aquella historia y concluyó que la supuesta demostración ante Pío X era apócrifa.
El propio Carrère reconoció posteriormente que no había presenciado la escena y que había reproducido versiones que circulaban en los ambientes romanos. Por lo tanto, no existe fundamento documental para afirmar que Pío X haya dictado una prohibición del tango. La condena eclesiástica que sí puede documentarse fue impulsada por autoridades religiosas francesas.

La furlana, la danza que quedó asociada al pontífice
La furlana, originaria del Véneto, quedó ligada a la leyenda como la alternativa que el papa habría recomendado frente al tango. La asociación resultó especialmente atractiva para la prensa de la época: enfrentaba una danza tradicional europea con una expresión rioplatense que despertaba curiosidad y escándalo en los salones.
La historia también se mezcló con otras versiones sobre supuestas audiencias papales. Con el paso del tiempo, distintos relatos atribuyeron la demostración a Pío X, Benedicto XV e incluso Pío XI. Esa confusión contribuyó a que una anécdota periodística terminara convertida en parte de la memoria popular del tango.
Hubo, sin embargo, una presentación ante un pontífice que cuenta con una fecha y un protagonista identificables. El 1 de febrero de 1924, el bailarín argentino Casimiro Aín, conocido como “El Vasquito”, se presentó ante Pío XI en el Vaticano.
La gestión fue impulsada por el embajador argentino Daniel García Mansilla, interesado en mejorar la consideración que el tango tenía en los círculos religiosos. Aín bailó acompañado por una mujer vinculada a la embajada y la música elegida fue "Ave María", de Francisco y Juan Canaro.
Según los relatos sobre aquel encuentro, el papa observó la presentación y se retiró sin emitir una condena pública contra el género. El episodio, ocurrido diez años después de la leyenda atribuida a Pío X, terminó alimentando todavía más la confusión entre los distintos relatos.
La controversia religiosa fue parte de un proceso más amplio de aceptación social. El tango, que había sido cuestionado por sus asociaciones con los ambientes populares y por la sensualidad de su baile, ganó prestigio a medida que se expandió por Europa y conquistó a públicos de distintas clases sociales.
Ese reconocimiento internacional también modificó su valoración en la Argentina. Sectores que antes lo miraban con desconfianza comenzaron a aceptarlo cuando la danza ya triunfaba en los salones europeos.
La historia de Pío X resume esa tensión entre moral, cultura popular y reconocimiento internacional. El papa no dejó una prohibición documentada contra el tango, pero la leyenda sobrevivió durante décadas. Y mientras la Iglesia discutía sus movimientos, el ritmo nacido a orillas del Río de la Plata seguía conquistando el mundo.