20 años atrás, Meryl Streep se convertía en uno de los personajes más emblemáticos de la cultura pop del nuevo milenio: Miranda Priestly. Era para una pequeña película llamada El diablo viste a la moda, que por ese entonces vaya uno a saber cuántos se imaginaban que terminaría convertido en el clásico que es hoy en día. Mucho menos que estaba inspirada en personajes totalmente reales.
Lo cierto es que dos décadas después y ya con el título de clásico inamovible, con fanáticos que se saben líneas de memoria y muchos que aspiran a tener la suerte de Andy Sachs y trabajar en el mundo de la moda, llegó una secuela que se propuso reunir a todo su elenco original y sumarle algunos nuevos intérpretes. Vuelven Anne Hathaway, Emily Blunt y Stanley Tucci y se suman caras como las de Justin Theroux y Lady Gaga, para contar una historia que dialoga directamente con el presente: la muerte del periodismo tradicional y liderazgo de las métricas y los clicks.
Resulta imposible, como periodista, no sentirse interpelado por este mundo (ya no tan nuevo) que presenta El diablo viste a la moda 2. Desde la explosión de las redes sociales fue cada vez más evidente que el mundo iba en esa dirección y que el impacto iba por sobre el contenido. Y ante ese presente se planta Andy Sachs (Hathaway) aunque quizás con más buenas intenciones que armas reales. El disparador es un despido masivo en otro medio que pierde ante las redes sociales y la salvación está en una nueva oportunidad en la revista Runway.
Con más emotividad y nostalgia que contenido de peso, El diablo viste a la moda 2 se hace camino en casi dos horas de película. ¿Es justo juzgar tanto y exigirle así a una película que nace como secuela de una comfort movie totalmente establecida? Difícil saberlo. Pero lo cierto es que si hablamos de conflictos y de desarrollos bien logrados la primera película le saca años luz de distancia a esta producción que no por eso deja de ser divertida. Y es que, claro, se apoya en figuras a las que les sobra talento y que encima están muy cómodas en sus personajes. Meryl Streep y Emily Blunt se comen la película en cada escena y Stanley Tucci no se queda atrás en cada intervención que tiene.
Algún día podremos hablar de cómo casi todas las escenas están construidas y encuadradas casi como para convertirse en futuros posteos de TikTok: son cortas, se resuelven rápido, pero además tienen movimientos de cámara súper cools. Pero quizás ahora solo sea momento de disfrutar el regreso de un clásico que cumple, que es divertido y que, aunque no profundice demasiado, al menos plantea la pregunta de qué hacemos con este mundo donde lo humano es cada vez más desplazado por algoritmos e inteligencia artificial.