La posibilidad de que Donald Trump impulse a Gianni Infantino para suceder a António Guterres abrió un escenario político todavía sin respaldo institucional. El presidente de la FIFA cerró el Mundial 2026 el 19 de julio en Nueva Jersey, donde España venció 1-0 a la Argentina en tiempo suplementario, y quedó asociado a una organización global que amplió su exposición internacional. Sin embargo, Infantino no es candidato oficial a la Secretaría General de la ONU, no presentó una plataforma ante los Estados miembros y ningún gobierno comunicó hasta ahora una nominación a su favor.
La carrera formal ya tiene seis postulantes y el dirigente del fútbol no integra esa lista. Michelle Bachelet, María Fernanda Espinosa, Rafael Mariano Grossi, Rebeca Grynspan, Carolyn Rodrigues-Birkett y Macky Sall participaron del proceso abierto para elegir a la persona que asumirá el 1 de enero de 2027. El encuentro público realizado el 23 de julio en Nueva York confirmó que la competencia institucional está en marcha y que cada aspirante debe exponer experiencia, prioridades y financiamiento de campaña. La aparición del nombre de Infantino funciona por ahora como una hipótesis política, no como una candidatura comparable con las seis ya registradas.
El secretario general no surge de una designación directa de una potencia. El procedimiento exige que uno o varios Estados miembros presenten al aspirante, que el Consejo de Seguridad recomiende un nombre y que la Asamblea General complete el nombramiento. En el Consejo se necesitan al menos nueve votos favorables y ningún rechazo de China, Francia, Rusia, Reino Unido o Estados Unidos, cuyos miembros permanentes conservan poder de veto. Ese mecanismo convierte el respaldo de Washington en una ventaja relevante, pero insuficiente: Trump puede promover una candidatura, aunque no puede imponerla sin construir un acuerdo que incluya a potencias rivales y a países no permanentes.
El principal activo de Infantino es una red política construida durante una década al frente de la FIFA. Su vínculo con Trump se hizo visible durante la organización del Mundial y en diciembre de 2025, cuando le entregó el primer Premio FIFA de la Paz. Administrar una entidad con federaciones de todos los continentes le dio experiencia para negociar sedes, inversiones y equilibrios regionales, capacidades que pueden presentarse como antecedentes de gestión internacional. Pero el multilateralismo, entendido como la coordinación entre Estados con intereses distintos, exige reglas y consensos que exceden al fútbol. La influencia global de la FIFA no reemplaza la legitimidad diplomática requerida por la ONU.

Para la Argentina, el dato central es que Grossi sí cuenta con una postulación formal presentada el 26 de noviembre de 2025. El actual director general del Organismo Internacional de Energía Atómica compite con respaldo estatal y con experiencia en negociaciones nucleares, inspecciones y manejo de crisis internacionales. Su candidatura también se beneficia del reclamo latinoamericano por recuperar la conducción del organismo, aunque la denominada rotación regional es una práctica política y no un derecho automático establecido por la Carta. La eventual entrada de Infantino sumaría competencia, pero no desplazaría por sí sola a Grossi ni anularía el proceso ya recorrido por la diplomacia argentina.

La definición inmediata de Infantino continúa ubicada en la FIFA y no en Nueva York. El dirigente anunció que buscará otra elección en el 77.º Congreso, previsto para el 18 de marzo de 2027 en Rabat, mientras la sucesión de Guterres debe resolverse antes del cierre de 2026. Esa superposición obliga a separar una señal de afinidad política de una operación diplomática efectiva. Para que el salto sea real deberá aparecer un Estado patrocinador, una campaña pública y una mayoría viable en el Consejo de Seguridad. Hasta entonces, la apuesta atribuida a Trump presiona el debate, pero no altera la lista oficial de candidatos.