02/08/2026 - Edición Nº1272

Internacionales

Acercamiento bilateral

Keiko Fujimori y Claudia Sheinbaum reactivan el diálogo entre Perú y México

02/08/2026 | El deshielo busca agilizar trámites, comercio y cooperación sin borrar cuatro años de tensión política.



Perú y México comenzaron a desmontar una crisis diplomática que durante cuatro años redujo el vínculo bilateral a su mínima expresión. La nueva administración de Keiko Fujimori abrió contactos con el gobierno de Claudia Sheinbaum para recuperar una relación dañada desde la caída de Pedro Castillo. La decisión todavía no equivale a una normalización completa: primero exige reconstruir confianza política, ordenar la representación diplomática y acordar qué asuntos pueden avanzar sin reabrir cada desacuerdo. El dato central es el cambio de prioridad. Ambos gobiernos parecen dispuestos a separar sus diferencias ideológicas de las necesidades consulares, económicas y regionales que quedaron postergadas.

La ruptura se profundizó por el respaldo mexicano a Castillo, el asilo concedido a su familia y la posterior protección otorgada a Betssy Chávez. Perú terminó cortando relaciones diplomáticas en noviembre de 2025, aunque mantuvo canales consulares indispensables para sus ciudadanos. Brasil asumió luego la custodia de los intereses mexicanos en territorio peruano, una solución provisional que evitó el vacío total. El acercamiento anunciado ahora intenta revertir esa anomalía de manera gradual. Para Lima, reabrir interlocución directa reduce costos administrativos y mejora su margen de acción regional; para Ciudad de México, permite recomponer presencia en un país clave del Pacífico sin renunciar a su lectura política del caso Castillo.

 


Perú es un país de Sudamérica que abarca una sección del bosque del Amazonas y Machu Picchu, una antigua ciudad inca en las alturas de los Andes.

Un deshielo con incentivos concretos

La Alianza del Pacífico ofrece el terreno más práctico para comprobar si el cambio tiene sustancia. Perú y México integran, junto con Chile y Colombia, un mecanismo pensado para facilitar comercio, inversión, movilidad académica y conexión con Asia. La parálisis bilateral debilitó la coordinación de un bloque que ya enfrentaba tensiones internas y cambios presidenciales. Recuperar reuniones técnicas podría destrabar agendas menos sensibles que la disputa política: interoperabilidad aduanera, acumulación de origen, promoción turística y digitalización de trámites para pequeñas empresas. La integración económica puede funcionar como puente porque produce resultados verificables sin obligar a los gobiernos a coincidir sobre la crisis peruana de 2022.

También existe una dimensión cotidiana que suele quedar fuera de la discusión diplomática. Estudiantes, familias binacionales, trabajadores y empresas necesitan certificados, poderes, visas, asistencia jurídica y canales claros ante una emergencia. Cuando dos gobiernos reducen su relación, esos trámites se vuelven más lentos y caros aun si los consulados siguen abiertos. Una hoja de ruta razonable debería comenzar por normalizar servicios, designar responsables y fijar plazos antes de discutir el regreso de embajadores. Esa secuencia permitiría medir avances concretos y evitar que un nuevo cruce retórico congele todo el proceso. La reconciliación será más resistente si primero crea una red de intereses ciudadanos que haga costosa otra ruptura.


Perú y México ensayan una recomposición gradual tras cuatro años de crisis.

La prueba será institucional

El principal obstáculo es que el conflicto no fue meramente protocolar. México cuestionó la legitimidad de decisiones adoptadas en Perú y las autoridades peruanas entendieron esa postura como una intervención en asuntos internos. Ningún comunicado borra esa diferencia. El desafío consiste en diseñar una relación capaz de absorber futuros desacuerdos sin llegar otra vez al retiro de embajadores o al corte formal. Para eso harán falta canales permanentes entre cancillerías, reglas claras sobre asilo y una coordinación presidencial que no dependa de afinidades personales. Normalizar no significa olvidar, sino impedir que una controversia específica vuelva a capturar toda la agenda bilateral.


La Alianza del Pacífico puede convertir el gesto político en acuerdos concretos.

La velocidad del proceso mostrará qué busca realmente cada gobierno. Si los primeros pasos se limitan a fotografías, el acercamiento quedará expuesto a cualquier cambio doméstico. Si aparecen acuerdos consulares, reuniones de la Alianza del Pacífico y mecanismos de cooperación comercial, habrá una estructura más difícil de revertir. Perú gana capacidad de diálogo en un vecindario fragmentado y México recupera influencia sobre la costa sudamericana del Pacífico. La oportunidad es relevante, pero el resultado dependerá de que ambos conviertan la señal política en procedimientos estables. El deshielo será creíble cuando ciudadanos y empresas perciban menos obstáculos, no solamente cuando las cancillerías anuncien una nueva etapa.