La nueva ofensiva económica de Estados Unidos contra Irán comienza a trasladar parte de la presión hacia China. Washington prometió anunciar el lunes 24 de agosto lo que define como el paquete de sanciones más severo aplicado contra Teherán, mientras advierte que también perseguirá a quienes continúen proporcionando dinero, comercio o compradores al país.
El secretario del Tesoro, Scott Bessent, colocó específicamente a Beijing dentro de esa ecuación. La estrategia estadounidense pretende combinar el bloqueo sobre Irán con una presión financiera que dificulte la comercialización de petróleo, el movimiento internacional de dinero y el funcionamiento de las redes utilizadas para evitar las restricciones occidentales.
Beijing respondió este viernes 21 de agosto que se opone a las sanciones unilaterales que no cuentan con respaldo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El Gobierno chino sostuvo además que las sanciones y la presión no resolverán el conflicto y pidió mantener abierta una vía política y diplomática.
La posición china convierte el anuncio estadounidense en algo mayor que una nueva ronda de restricciones sobre empresas iraníes. El verdadero desafío para Washington será determinar hasta dónde está dispuesto a aplicar sanciones secundarias contra compañías, intermediarios financieros, operadores marítimos o compradores extranjeros que mantengan relaciones económicas con Irán.
Estados Unidos ya ha utilizado esa estrategia durante 2026. El Tesoro sancionó empresas de China y Hong Kong vinculadas con adquisiciones militares, redes relacionadas con ventas de petróleo iraní y estructuras financieras que, según Washington, permitían mover fondos mediante compañías pantalla, casas de cambio y activos digitales.

Todavía falta el elemento principal: el Gobierno estadounidense no ha publicado el diseño completo de las nuevas sanciones. Bessent anticipó que los detalles serán presentados el lunes, por lo que todavía no puede determinarse qué países, sectores, bancos, empresas o transacciones serán alcanzados.

La disputa queda así colocada sobre una pregunta más amplia: si Estados Unidos pretende llevar el aislamiento económico de Irán a un nivel sin precedentes, deberá decidir cuánto riesgo está dispuesto a introducir en sus relaciones comerciales con países que no reconocen esas restricciones. China, por su peso económico y energético, aparece como la prueba más importante de esa estrategia.