Estados Unidos abrió una nueva fase de su ofensiva económica contra Irán al trasladar buena parte de la presión desde Teherán hacia los países, bancos y empresas que todavía mantienen relaciones con la economía iraní. La llamada Operación Economic Outcast amplió el alcance potencial de las sanciones secundarias a cinco sectores: activos digitales, tecnología, oro, aviación y transporte marítimo. Además, Washington sancionó a cerca de 60 personas, empresas y buques vinculados con redes iraníes.
El cambio más importante no está únicamente en esa lista. El Tesoro dejó abierta la posibilidad de castigar a instituciones financieras extranjeras que faciliten operaciones relevantes para actores iraníes sancionados, incluso restringiendo su acceso a cuentas corresponsales en Estados Unidos. Scott Bessent, secretario del Tesoro, evitó por ahora aplicar ese castigo a los principales bancos chinos y explicó que Washington dará un período para que terceros países modifiquen sus vínculos con Irán.
Teherán respondió intentando elevar el costo de colaborar con Washington. Mohsen Rezaei, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, advirtió que el apoyo de otros países a la campaña económica estadounidense podría ser tratado como una participación directa en la confrontación. También amenazó con impedir las exportaciones de petróleo desde el Golfo si los vecinos de Irán se suman a las restricciones.
Ese mensaje coloca especialmente bajo presión a China y a los Estados del Golfo. Pekín ha sido durante años el principal comprador de petróleo iraní y Washington sostiene que ningún país quedará automáticamente fuera del alcance de las sanciones. China, por su parte, rechaza las medidas unilaterales estadounidenses y sostiene que la presión económica no resolverá el conflicto.

La efectividad de la estrategia estadounidense dependerá ahora menos del número de nuevas designaciones y más de si Washington se atreve a aplicar sanciones secundarias contra grandes instituciones financieras de países relevantes. Bessent anticipó que una institución financiera importante podría ser sancionada antes de finalizar la semana, aunque no reveló su identidad.

La nueva etapa crea así un doble riesgo para los socios comerciales de Irán: continuar operando con Teherán puede poner en peligro su acceso al sistema financiero estadounidense, mientras que alinearse con Washington los expone a las represalias prometidas por el gobierno iraní. La disputa deja de ser solamente entre Estados Unidos e Irán y empieza a convertirse en una prueba para toda la arquitectura comercial y energética que rodea al Golfo.