Scott Bessent insiste en que Estados Unidos no atraviesa una crisis en su mercado de bonos. Pero el secretario del Tesoro está poniendo dinero y reputación detrás de esa afirmación: Washington duplicará como mínimo el tamaño de sus recompras de deuda de largo plazo mientras la deuda nacional estadounidense ya supera los US$40 billones. El movimiento convierte al mercado de Treasuries en uno de los principales frentes económicos del gobierno de Donald Trump.
La deuda pública total cruzó el 18 de agosto los US$40,047 billones, de los cuales US$32,266 billones correspondían a títulos en manos del público y US$7,782 billones a obligaciones intragubernamentales. El Congressional Budget Office proyecta además un déficit federal de US$1,9 billones para el ejercicio fiscal 2026 y deuda en manos del público equivalente al 101% del PIB.
El Tesoro anunció el 19 de agosto que elevará las operaciones de recompra sobre determinados bonos con vencimientos de entre 10 y 30 años desde un máximo previo de US$2.000 millones hasta al menos US$4.000 millones por operación. El nuevo esquema comenzará el 9 de septiembre y permanecerá vigente durante el actual trimestre de refinanciación. Oficialmente, el objetivo es mejorar la liquidez del mercado.
Bessent sostiene que no intenta determinar artificialmente cuánto debe pagar Estados Unidos para endeudarse. Su argumento es que el Tesoro puede intervenir para evitar movimientos desordenados sin alterar el precio de equilibrio. La distinción es crucial porque el bono a 30 años llegó a niveles no vistos en 19 años y el rendimiento a diez años rondaba este lunes el 4,76%. Algunos operadores han interpretado las recompras como un intento indirecto de evitar que las tasas largas continúen escalando.

Detrás de la volatilidad existe una cuestión estructural. Estados Unidos continúa colocando enormes cantidades de deuda mientras los déficits permanecen muy por encima de sus promedios históricos. El CBO proyecta que el déficit equivaldrá al 5,8% del PIB este año y que llegará al 6,7% en 2036, impulsado en parte por el creciente costo de los intereses y los programas obligatorios.

Bessent responde que la variable decisiva es el crecimiento económico y rechaza la idea de que los rendimientos actuales demuestren una pérdida de confianza en Estados Unidos. El desafío para el Tesoro será demostrar que puede estabilizar el mercado sin convertir las recompras en un sustituto de la disciplina fiscal. Si los inversores interpretan que Washington necesita intervenir cada vez que las tasas largas suben demasiado, el instrumento diseñado para transmitir tranquilidad podría terminar aumentando las dudas que pretende contener.