La economía brasileña creció 0,5% durante el segundo trimestre de 2026, por encima del 0,4% que esperaba el mercado, pero perdió velocidad frente al avance de 1,1% registrado entre enero y marzo. En comparación con el mismo período de 2025, el PIB aumentó 2%, confirmando que Brasil sigue en terreno positivo aunque con señales cada vez más claras de desaceleración.
El dato general es mejor de lo esperado, pero su composición muestra una economía menos equilibrada. La agropecuaria creció 2,8%, mientras los servicios avanzaron apenas 0,2% y la industria 0,1%. El desempeño de productos como soja y café volvió a sostener buena parte de la expansión, mientras sectores más dependientes del crédito, la inversión y la demanda doméstica prácticamente se estancaron.
La señal más delicada aparece en los hogares. El consumo de las familias cayó 0,4% frente al primer trimestre, una variación que muestra cómo el costo del financiamiento empieza a trasladarse directamente a las decisiones cotidianas de compra. Cuando el crédito se encarece, los hogares postergan automóviles, electrodomésticos, viviendas y otros gastos que normalmente empujan la actividad interna.
Brasil inició un ciclo de reducción de tasas en marzo, pero la Selic permanece en 14%, uno de los niveles más elevados entre las principales economías. Aunque la inflación comenzó a moderarse, todavía se mantiene por encima del objetivo del Banco Central, lo que limita el margen para acelerar los recortes y obliga a mantener una política monetaria restrictiva durante más tiempo.

El resultado deja una lectura ambivalente antes de las elecciones presidenciales. Brasil continúa creciendo y supera las previsiones, pero la expansión depende cada vez más del agro mientras los sectores directamente vinculados al consumo muestran menor dinamismo. El riesgo para el Gobierno es que un PIB positivo no necesariamente se traduzca en una percepción positiva entre los hogares.

Para Lula da Silva, el desafío económico no consiste únicamente en mostrar crecimiento antes de octubre. También necesita que la mejora sea perceptible en empleo, ingresos, crédito y consumo. Si las tasas altas siguen presionando a las familias, la desaceleración puede convertirse en un elemento central del debate electoral incluso con una economía que técnicamente continúa expandiéndose.